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2 oct 2022

María de Toledo, Virreina de las Indias

Se desconoce la fecha exacta de su nacimiento, pero se sabe que fue alrededor de 1490. Su padre, Fernando Álvarez de Toledo, era Comendador mayor de León, señor de Villorias y Halconero mayor del rey Fernando II. Su madre fue María Rojas y Pereira.

María de Toledo era sobrina del segundo duque de Alba (quien a su vez era primo hermano de Fernando II). Fue el duque quien consiguió permiso real para que María se casará con Diego Colón en 1508. Tras el casamiento, el duque de Alba intercedió ante el rey por el esposo de su sobrina. En ese mismo año empiezan los famosos Pleitos Colombinos, por los cuales la familia de Cristóbal Colón reclamó los privilegios obtenidos por el descubridor, fallecido en 1506. Sin duda, la posición de Diego se vio fortalecida por su enlace con María Toledo; el 8 de agosto fue nombrado gobernador de las Indias por el rey Fernando, aunque sin título de virrey. El rey también agregó que el nombramiento sería durante "el tiempo que mi merced e voluntad fuere". Diego no quedó satisfecho, pues consideraba que el cargo le correspondía a perpetuidad, e inició un pleito contra la Corona que duraría toda su vida y sería continuado por su esposa. Fray Bartolomé de las Casas nos proporciona una descripción de Diego Colón, a quien conoció muy bien:

Fue persona de gran estatura, como su padre, gentil hombre y los miembros bien proporcionados, el rostro luengo y la cabeza empinada, y que representaba tener persona de señor y de autoridad. Era muy bien acondicionado y de buenas entrañas, más simple que recatado ni malicioso; medianamente bien hablado, devoto y temeroso de Dios y amigo de religiosos, de los de San Francisco en especial, como lo era su padre, aunque ninguno de otra orden se pudiera dél quejar y mucho menos los de Santo Domingo. Temía mucho de errar en la gobernación que tenía a su cargo; encomendábase mucho a Dios, suplicándole lo alumbrase para hacer lo que era obligado.
Diego Colón

Después del nombramiento, María viajó junto con su esposo al Nuevo Mundo, siendo una de las primeras personas de la alta nobleza que atravesaba el Atlántico. Iba acompañada por un grupo de damas, formando así una pequeña corte en la capital de las Indias; de hecho, ella se encargó de trasladar el boato de la corte castellana a las Indias. 

Partieron de Sanlúcar de Barrameda un 3 de junio de 1509 y llegaron al puerto de Santo Domingo el 9 de julio. En la flota viajaban sus tíos, Bartolomé y Diego, su hermano, Hernando, y su esposa. La llegada del nuevo gobernador fue recibida con grandes fiestas y alegría, pero días después, la ciudad fue azotada por un terrible huracán.

Una de las primeras acciones de Diego fue destituir a Nicolás Ovando como gobernador y a su gente. El 5 de mayo de 1511, Diego fue reconocido como virrey de las Indias. En 1515, Diego se vio obligado a viajar a Castilla, resultando una ausencia de cinco años,  “dejando a su mujer doña María de Toledo, matrona de gran merecimiento con dos hijas en esta isla. Entretanto, quedaron a su placer los jueces y oficiales, mandando y gozando de la isla, y no dejaron de hacer algunas molestias y desvergüenzas a la casa del Almirante, no teniendo miramiento en muchas cosas a la dignidad, persona y linaje de la dicha señora Doña María de Toledo”, cuenta Las Casas. No fue una tarea fácil, pues tuvo que enfrentarse a los partidarios del anterior gobernador, Ovando.

En 1518, María hizo un breve viaje a Sevilla, donde se reunió con su marido. En noviembre de 1519, bautizaron a su hija María en la parroquia del Salvador de Sevilla. De este matrimonio nacieron siete hijos: Felipa, María, Juana, Isabel, Luis, Cristóbal y Diego. En 1520, Diego Colón regresó a las Indias, pero tres años después el emperador Carlos lo obligó a regresar a España. 

Alcázar de Colón en Santo Domingo

Diego falleció en 1526. Su testamento fue abierto el 2 de mayo de ese año, en cual nombraba albacea a la virreina, a Juan de Villoria y al dominico fray Domingo de Betanzos. Además, su viuda quedaba como tutora de sus hijos y usufructuaria de los bienes. En 1530, María viajó a España con el fin de proseguir con los Pleitos iniciados por su marido. En los meses siguientes casó a su hija Isabel con Jorge de Portugal, quien contaba con el cargo vitalicio de alcaide de los Reales Alcázares y conde de Gelves. María permaneció catorce años en España, defendiendo los derechos de sus hijos. 

En 1536, las partes se sometieron al laudo dictado por el obispo García de Loaysa, presidente del Consejo de Indias, y de Gaspar de Montoya, Consejero de Castilla. Se confirmó el cargo de almirante a perpetuidad para los Colón, pero suprimiendo el de virrey y gobernador de las Indias. También se otorgó a perpetuidad el cargo de alguacil mayor de Santo Domingo. Se constituyó el señorío colombino con el marquesado de Jamaica (con jurisdicción en toda la isla) y el ducado de Veragua (con veinticinco leguas cuadradas en dicho territorio). Se concedieron 10.000 ducados en rentas anuales a los Colón y una renta anual de 500.000 maravedís a las hermanas del ahora almirante Luis Colón, María y Juana. Para el menor de los hermanos, Diego Colón, se otorgó el hábito en la Orden de Santiago y fue nombrado paje del futuro Felipe II.

Después de que se emitió el laudo, María se encargó de que los restos de su marido y su suegro fuesen trasladados a Santo Domingo. No está claro si le fueron entregados desde 1536 o si fue hasta 1544, cuando regresó a las Indias. Lo cierto es que ella realizó todos los trámites, con el fin de cumplir con las cláusulas del testamento de su esposo. La familia Colón obtuvo del rey una concesión de la capilla mayor de la Catedral de Santo Domingo para enterramiento perpetuo del descubridor y sus sucesores.

En 1544, después de catorce años, regresó a Santo Domingo, donde María encontró que su hacienda había sufrido robos. Murió el 11 de mayo 1549 en Santo Domingo. Fue enterrada en la capilla mayor de la catedral dominicana. Ordenó que su cuerpo fuera enterrado con el hábito de San Francisco y no en la misma sepultura de Diego, sino debajo de él, en el suelo de la capilla. Pidió una sepultura llana y sin fausto. 


Fuentes:

Arranz Márquez, L., María de Toledo y Rojas, en Real Academia de la Historia, disponible: https://dbe.rah.es/biografias/35548/maria-de-toledo-y-rojas

Marquez de la Plata, V. (2018) Damas ilustres en la historia de España, disponible: https://books.google.com.mx/books?id=GgmMDwAAQBAJ&lpg=PP1&dq=Vicenta%20M%C3%A1rquez%20de%20la%20Plata&pg=PP42#v=onepage&q&f=false

Maura, J. (2002) Adelantadas, virreinas y aventureras en los primeros años de la conquista de América, disponible: https://parnaseo.uv.es/Lemir/Revista/Revista6/Maura/Maura.htm




12 oct 2020

Catalina Bustamante, la primera educadora de América

Catalina Bustamante es una figura destacada en la Historia de la Educación en México. Es considerada la primera maestra de América.

Nació en 1490, en Llerena, probablemente en el seno de una familia hidalga. Viajó a las Indias en 1514, acompañada por su marido, Pedro Tinoco, sus dos hijas y dos cuñadas. Llegaron a Santo Domingo, capital de La Española. Ese mismo año, fray Bartolomé de las Casas comenzaba a denunciar los abusos de los encomenderos y tuvo lugar su conversión, renunciando a sus encomiendas para convertirse en defensor de los indios.

En 1526, Catalina ya era viuda y vivía en Texcoco, junto con sus hijas y un yerno. Cuando el obispo de México, fray Juan de Zumárraga, la propuso como directora del colegio de niñas indígenas de Texcoco, la describió como una mujer "de nuestra nación, honrada, honesta, virtuosa, de muy buen ejemplo". Ella pertenecía a la Tercera Orden de San Francisco. Los terciarios podían ser solteros o viudos, pero debían seguir ciertas normas: ser cristianos viejos (no conversos); vestir con decoro y sencillez; evitar las fiestas y espectáculos públicos.

El colegio se estableció en un palacio donado por fray Toribio de Benavente. Aunque sus primeras alumnas fueron hijas de caciques, después fue admitiendo a cualquier niña nativa o mestiza. 

En la primavera de 1529, Juan Peláez de Berrio, hermano del presidente de la Audiencia de México, raptó a dos muchachas indígenas. Indignada, Catalina exigió la devolución de sus pupilas y castigo para los secuestradores. El presidente de la Audiencia maniobró para acallarla. Catalina escribió una carta al rey Carlos I. Era apoyada por el obispo Zumárraga y los franciscanos.

El rey se encontraba fuera de España, pero la carta llegó a manos de Isabel de Portugal, regente en ausencia de su esposo. 

Isabel de Portugal

En la real cédula del 24 de agosto de 1529 al obispo Zumárraga, fechada en Toledo, "rogaba y encargaba que proveyera y cuidara que a las "religiosas" de Texcoco no se les hiciera agravio alguno". Siete días más tarde, la reina envió otra carta a los miembros de la Primera Audiencia de México en la que confirmaba su apoyo a Catalina Bustamante, además de prohibirles "que a la dicha casa [el colegio] y monasterio [de franciscanos] le sean quebrantados sus privilegios e inmunidades, antes en todo se guarden como se hace en estos reinos". Y si no lo hicieran, "serían castigados con el pago de 10.000 maravedíes para su cámara [del colegio y monasterio]".

Además, la reina Isabel ordenó la búsqueda de mujeres letradas y ejemplares que viajarán a Nueva España para educar a las niñas. No era una labor fácil; muchas no estaban dispuestas a dejar su tierra, su familia y cruzar el Atlántico. Además debían contar con cierto conocimiento del náhuatl, pues las alumnas no entendían el español.

Un pequeño grupo, encabezado por Elena Medrano, aceptó la misión. Solamente la viuda Catalina Hernández, quien llegó con su pequeña hija, fue destinada al colegio de Texcoco.

En 1535, ante la falta de apoyo por parte del Virreinato, la misma Catalina viajó a Sevilla para exponer sus quejas: "he trabajado y padecido en administrar y tener a cargo muchas doncellas hijas de los pobladores de la tierra como de las naturales [...]. Y siendo el trabajo abrumador, sola no puedo sufrirlo...". Isabel de Portugal escogió a tres prestigiosas terciarias para que enseñaran en el colegio.

Catalina trajo de España cartillas para enseñar a leer por el método silábico. Además de la enseñanza del castellano y la doctrina cristiana, las niñas indígenas recibían conocimientos de higiene, labores domésticas, bordado de seda o tejido. Catalina inculcó en las jóvenes el derecho a elegir esposo y no dejarse vender o regalar a colonos y caciques.

En 1536, el obispo Zumárraga administraba diez colegios con cuatrocientas alumnas en cada uno. En una carta a Carlos I, relató: "según su maldita y gentílica costumbre, los padres presentan a sus hijas niña a los caciques [...] como tributo y [mantienen] a las jóvenes en lugares soterrandos y escondrijos, donde nadie las puede ver ni hallar [...] y las tienen cuantas quieren y las desechan cuando envejecen". En la actualidad, el testimonio del obispo parece casi feminista, pues en la misma carta argumenta que esa costumbre ofende a la propia dignidad de ellas, siendo rebajadas a objetos de comercio. 

Catalina Bustamante, al igual que muchas maestras y alumnas, murió durante la peste de 1545.


Fuentes:

Gómez-Lucena, E. (2014) Españolas del Nuevo Mundo. Ediciones Cátedra. Disponible en: https://books.google.com.mx/books?id=kZeUBQAAQBAJ&lpg=PP1&pg=PT163#v=onepage&q=bustamante&f=false [12/10/20]

González Ochoa, J. (2015) Protagonistas desconocidos de la conquista de América. Ediciones Nowtilus. Disponible en: https://books.google.com.mx/books?id=StbECgAAQBAJ&lpg=PT30&dq=catalina%20bustamante&pg=PT29#v=onepage&q=catalina%20bustamante&f=false [12/10/20]

León Guerrero, M. (2014) Visión didáctica de la mujer pobladora en América en el siglo XVI. Revista de estudios colombinos. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/4872587.pdf [12/10/20]

Ruíz Banderas, J. (2013) Catalina de Bustamante, primera educadora de América. España, el Atlántico y el Pacífico y otros estudios sobre Extremadura. Disponible en:  https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4763789 [12/10/20]

13 dic 2018

Homosexualidad y prostitución entre los nahuas y otros pueblos del posclásico

Se pinta el rostro, se pinta las mejillas, se oscurece los dientes, se pone grana cochinilla en los dientes, sus cabellos caen sueltos, peinados a la mitad, se hace cuernos con sus cabellos. Se contonea, anda con desvergüenza, anda levantando la cabeza, anda moviendo la cabeza con altanería...
Códice Florentino


El fragmento de este bello texto traducido del náhuatl describe con viveza a una ahuiani, término que significa "alegre" y que los españoles equipararon al de "prostituta". Llama la atención tanto el maquillaje, el hecho de pintarse los dientes y tener el cabello suelto, como las actitudes provocativas al caminar. Todo este retrato contrasta con los ideales de reserva y de discreción que aparecen en los consejos que las madres daban a sus hijas.

Ahuianime

Encontramos esta oposición entre mujeres "honestas" y "desvergonzadas" en un contexto ritual, precisamente en la ciudad de Tlaxcala. Se trata de la descripción de la fiesta de quecholli, dedicada a Mixcóatl, dios tutelar de los tlaxcaltecas, cuando "se manifestaban las mujeres públicas rameras y deshonestas". Estas ahuianime eran destinadas al sacrificio y se dice que, al realizar una procesión en las calles de la ciudad, "iban maldiciendo a sí mismas y tratando de deshonestidades infamando a las mujeres buenas recogidas y honradas". Añade el texto que estas mujeres "deshonestas" iban acompañadas "de los hombres afeminados y mujeriles en hábito y traje de mujer".

Porque aun allende de lo que arriba hemos hecho relación a Vuestras Majestades de los niños y hombres y mujeres que matan y ofrecen en sus sacrificios, hemos sabido y sido informados de cierto que todos son sodomitas y usan aquel abominable pecado.

Este juicio de Hernán Cortés aparece en más de un autor españoles, conquistadores en su mayor parte, así como cronistas religiosos o historiadores. Muchos son los que afirman la presencia generalizada del "pecado nefando contra natura" entre los indios. La opinión de la mayoría de los misioneros y de los autores de origen indígena es, sin embargo, muy diferente: destacan la ausencia de "sodomitas" en el grupo indígena al cual se refieren o bien la existencia de castigos rigurosos para los homosexuales.

Estamos sin duda frente a dos discursos opuestos sobre un tema particularmente sensible para la gente de la época. Si la justificación de la conquista requiere la denuncia en bloque de las costumbres indígenas (es notable la asociación frecuente, en los escritos de los conquistadores, de las acusaciones por la práctica de la antropofagia, de los sacrificios humanos y de la sodomía), en el otro extremo, la defensa de los indios se acompaña casi sistemáticamente del elogio de la moral precolombina y de su condena de la homosexualidad.

Sin duda la conquista de América puede considerarse como una prolongación de la reconquista española. No sorprende, entonces, que se pusiera a los indios del Nuevo Mundo en el lugar del enemigo musulmán, a quien frecuentemente se le acusaba de homosexualidad. Así, la práctica del "pecado nefando" constituye uno de los argumentos esgrimidos por Juan Ginés de Sepúlveda en su tratado sobre "las justas causas de la guerra contra los indios". Mientras que los religiosos destacan los aspectos "positivos" de las costumbres precolombinas que pueden servir de base para la creación de una futura cristiandad indígena. 

Las actitudes españolas frente a la prostitución fueron más ambiguas y más complejas. Aunque generalmente mal calificada, la institución misma de la prostitución no fue condenada por la mayoría de los autores españoles. Por ejemplo, el franciscano Toribio Benavente o Motolinía escribe:

Teníase costumbre entre los moradores de la Nueva España que hubiese mujeres públicas permitidas, como entre fieles, de manera que en esto tenían aquella manera que entre fieles se tiene, y era orden política para evitar mayor mal como éste es de adulterios y de estupros, bestialidades...es derecho civil favorecedor de la república por el bien común permitir esto, en lo cual parece que estos naturales no carecían del jus civile gentium.

Por su parte, Fernández de Oviedo, un autor conocido por sus puntos de vista negativos respecto a los indios, dice, al hablar de los nicaraos de América Central: 
"también hay mancebías é lugares públicos para las tales [prostitutas]. Pues aquestas tales lupanarias moradas entre cristianos se admiten por excusar otros daños mayores, no me parece mal que las haya entre aquesta gente, pues que hay cuylones (llaman cuylon al sodomita)".

La idea de que la prostitución era un "mal menor" que impedía la difusión de otros vicios, tales como la homosexualidad, era común en Europa. En Florencia, a principios del siglo XV, se favoreció legalmente la prostitución femenina con el objetivo de evitar que los hombres se desviaran a la homosexualidad.

Los indígenas frente a la homosexualidad y la prostitución
Según hemos visto, en las fuentes españolas dominan los juicios morales acerca de homosexuales y prostitutas. Conviene entonces proseguir con los testimonios redactados en lengua indígena, en particular en náhuatl. Vale la pena citar in extenso la descripción del homosexual que se presenta en la obra de Sahagún:
Sodomita, puto (cuiloni, chimouhcui). Corrupción, pervertido, excremento, perro de mierda, mierducha, infame, corrupto, burlón, escarnecedor, provocador, repugnante, asqueroso. Llena de excremento el olfato de la gente. Afeminado. Se hace pasar por mujer. Merece ser quemado, merece ser abrasado, merece ser puesto en el fuego. Arde, es puesto en el fuego. Habla como mujer, se hace pasar por mujer.

Para las ahuianime, los juicios indígenas parecen igualmente negativos, como lo manifiesta la siguiente descripción:
La prostituta es una mujer malvada. Con su cuerpo se hace lujuriosa.  Es vendedora de su cuerpo, constante vendedora de su carne. Joven malvada, anciana malvada. Borracha, ebria, fuertemente ebria, fuertemente borracha...Es la que se entrega sin reflexión, la que se entrega, flor que copula, anciana lasciva, culo lujurioso, anciana de culo lujurioso, anciana fofa. Mierducha, perrilla de mierda, se echa a perder como una perra.


López Austin nota que la relación entre homosexualidad y enfermedad es evidente en el término cucuxcui, que significa "enfermo, tullido, mustio, puto, afeminado". El rechazo del homosexual se encuentra asimismo en la expresión amo tlacayotl, ayoctlacayotl que significa "inhumanidad, ya no hay humanidad, pecado contra natura".
El repudio a las ahuianime aparece en otro texto de los informantes de Sahagún donde la influencia occidental es casi inexistente; se trata de un violento diálogo entre mujeres donde abundan los insultos, entre ellos se acusan de auiyanito, "pequeña ahuiani". Sin embargo, algunos testimonios hablan también, en algunos contextos, de una cierta "tolerancia" hacia los homosexuales y travestis. Así como el hecho de que las ahuianime estaban integradas de cierta manera a la sociedad.

¿Existió la prostitución en la época prehispánica?
Algunos autores han sostenido que "la existencia de una prostitución comercial en la época prehispánica no es evidente". La pregunta, de alguna manera, empieza por la existencia o ausencia de un pago los servicios de las ahuianime. Es difícil dar crédito al juicio de fray Juan de Torquemada quien afirma que "las que se daban a este vicio [la prostitución] en tiempo de su gentilidad, no era con interés de paga, sino sólo con bestial apetito de sensualidad".

En cambio, entre los nicaraos, Fernández de Oviedo afirma que "hay mujeres públicas que ganan é se conçeden a quien las quiere por diez almendras de cacao de las que se ha dicho que es su moneda". Otro testimonio del pago a las ahuianime se encuentra en un pasaje relativo a la fiesta de izcalli, fiestas religiosas que se llevaban a cabo cada 20 días, en las que algunos esclavos o cautivos de guerra eran sacrificados como representantes de deidades. En el caso de la veintena de izcalli, un joven guerrero, personificador del dios del fuego Ixcozauhqui, iba a ser inmolado: 

Y una ahuiani se hacía su guardia [del representante de Ixcozauhqui]; lo divertía constantemente, lo acariciaba, le decía bromas, lo hacía reir, le hacía cosquillas, gozaba en su cuello, lo abrazaba, lo bañaba, lo peinaba, arreglaba su cabello, destruía su tristeza. Y cuando era el momento de la muerte del bañado [del futuro sacrificado] la ahuiani se llevaba todo. Envolvía, guardaba todas las pertenencias del bañado, todo lo que había usado para vestirse.

Testimonio excepcional en verdad por su realismo, que nos hace penetrar en la intimidad de un hombre a punto de morir y de la mujer que compartía sus últimos momentos. El término usado para referirse al "pago" de la ahuiani es tlatquitl que significa "hacienda o vestidos". Parecería entonces que la mujer obtenía las propiedades del guerrero sacrificado, o bien sus vestidos y atavíos. Esta última posibilidad -quedarse con la vestimenta del dios- abre perspectivas de interpretación que van más allá de un simple pago. En efecto, especulando un poco se podría plantear la posibilidad de que la ahuiani apareciese en este contexto como la vencedora del guerrero. Numerosos mitos ilustran los peligros que corren los dioses guerreros al tener contacto con mujeres y no se puede descartar que la ahuiani, en contextos rituales, representara a una de estas diosas que provocaron la caída y muerte de valerosos guerreros divinos.

Travestismo en Mesoamérica
Uno de los primeros testimonios se debe a Alvar Núñez Cabeza de Vaca quien describe para la región de Texas "hombres casados con otros, y éstos son unos hombres amariconados, impotentes, y andan tapados como mujeres y hacen oficio de mujeres". Fray Antonio Tello nos ofrece interesantes datos sobre los indios de Sonora donde los españoles "hallaron mozos en traxe de mujeres". Cuando un español amenazó con quemarlos, varias mujeres intervinieron para tomar valerosamente la defensa de los jóvenes travestis, lo que no dejó de sorprender a los conquistadores. La actitud de las mujeres de proteger a los berdaches es muy llamativa. Recuerda la profunda integración o incluso la amistad que describe María Chona, mujer pápago, hacia un berdache a finales del siglo XIX. La viveza del testimonio justifica esta larga cita:
Las muchachas solíamos pasar todo el día con el hombre-mujer, Noche Brillante. Iba con nosotros a cortar quelites, y podía cargar más y aguantaba más tiempo escarbando que cualquiera de nosotras...Nuestros maridos nos hacían bromas. "¿Cómo vamos a saber si estos niños que andan corriendo en la casa son de nosotros? Siempre estamos en los cerros y en los campos. El que está con las mujeres es Noche Brillante." Luego se reían...Cuando estábamos ya a solas, nos preguntaban: "¿De veras se porta bien?". Y contestábamos: "Sí, tal como una mujer. Ya hemos olvidado que es un hombre".
Varios trabajos etnográficos confirman, más de cuatro siglos después de la conquista, la persistencia de los berdaches en las zonas septentrionales. Regresando al siglo XVI, Bernal Díaz del Castillo describe hombres vestidos de mujer en la costa del Golfo de México. Y señalemos, para acabar, un encuentro singular de Nuño de Guzmán con un guerrero disfrazado de mujer, notable por su valentía, entre los guerreros de Cuitzeo (Jalisco). Con el pretexto de que, así vestido, se entregaba a la prostitución, el conquistador lo condenó a la hoguera.
Si bien algunos testimonios mencionan berdaches en el México central, en particular en la región de Tlaxcala, muchos otros presentan al travestismo como una práctica infamante o en relación con leyes que lo condenan. Así, cuando los habitantes de Coyoacán quieren provocar a los mexicas, los invitan a una fiesta solemne:

donde después de haberles dado una muy buena comida y festejado con gran baile a su usanza, por fruta de postre les enviaron ropas de mujeres, y les constriñeron a vestirselas y volverse así con vestidos mujeriles a su ciudad, diciéndoles que de puro cobardes y mujeriles, habiéndoles ya provocado, no se habían puesto en armas.

Siguió una guerra entre ambas ciudades. Por supuesto, no se hizo esperar la respuesta de los mexicas y poco después de vencer a los de Coyoacán "toda la nobleza guerrera de los tenochcas [llevaron] naguas de algodón y camisas mujeriles de algodón para dárselas como presentes". En otras circunstancias, los mexicas expresaron de manera metafórica su derrota frente a los españoles declarando que estos últimos les pusieron "naguas de mujeres". Esta relación entre travestismo y humillación se encuentra en la provincia de Michoacán en donde se obligaba al cazador torpe a ponerse una falda que lo excluía simbólicamente del mundo masculino.

De manera general, la moral precolombina exalta la virilidad y reprueba todas las manifestaciones afeminadas. Varios autores mencionan una ley que castiga con la muerte "al hombre que andaba vestido en hábito de mujer y la mujer que andaba vestida en hábito de hombre". 

Y, en efecto, encontramos algunos ejemplos de mujeres travestistas, siempre en relación con actividades viriles. Al morir Carocomaco, señor de Tzacapu (Michoacán), lo sucedió su mujer Quenomen. Para hacerse temer, Quenomen revistió las insignias militares características de su nuevo poder: se pintó "dos bandas de negro por la cara" y llevó "una rodela y una porra en la mano". Entre los mexicas aparece un fenómeno similar aunque invertido, puesto que el personaje político más importante después del tlatoani era el cihuacóatl, individuo masculino pero representante de la diosa de la tierra.



Bibliografía
Pablo Escalante Gonzalbo y Pilar Gonzalbo Aizpuru, (2004) Historia de la vida cotidiana en México. Mesoamérica y los ámbitos indígenas de la Nueva España. México: Fondo de Cultura Económica.

9 dic 2018

La cortesía, afectos y sexualidad en la antigua sociedad nahua

Saludos
El gesto más enfático de bienvenida, un auténtico homenaje, que era empleado por los representantes de una comunidad que recibía a un visitante distinguido, consistía en besar la tierra. Se hacía una genuflexión y una reverencia, de tal manera que la cabeza quedara cerca del piso. Con una mano se tomaba algo de tierra y esta tierra se acercaba a la boca para besarla. A este saludo se le llamaba tlalcualiztli, o "comimiento" de tierra.


La genuflexión y la reverencia eran formas de saludo muy usadas frente a personas jerarquía superior, y en ocasiones iban claramente acompañadas del propósito de evitar el contacto visual con la persona a quien se saludaba. Por ejemplo, ningún cortesano o mensajero que se aproximara al tlatoani podía mirarlo a los ojos, e igualmente en la educación de las doncellas se les insistía mucho en mantener la cabeza agachada a la hora de saludar o cruzarse en el camino con cualquier otra persona. Quien levantaba la cabeza y se atrevía a mirar al rey podía recibir la pena de muerte; la muchacha que se atreviera a mirar a los ojos a alguien con quien se cruzaba en el camino era reprendida con un pellizco. Estos pellizcos eran una especialidad de las viejas ayas que acompañaban a las doncellas a todas partes y las hostigaban constantemente. 

En primer lugar es interesante observar que existen algunas diferencias en las palabras de saludo de nobles y macehuales, así como las hay entre hombres y mujeres. No todas son perceptibles, sin embargo, en la traducción al español. Los nobles, hombre y mujer, dicen ma nimitznotlaxillitzino (no te vaya yo a empujar), mientras que los hombres macehuales dicen ma nimitznotlaxilli (con el mismo significado). Los hombres nobles dicen ma timovetzitzino (no te vayas a caer), y las mujeres nobles dicen ma timococotzino (no te vayas a lastimar); mientras que los macehuales, ambos, dicen, ma timovetziti (no te vayas a caer). En todos los casos, los nobles están usando el elegante reverencial verbal —tzino, imposible de traducir al español, fórmula que no suelen usar los macehuales en contextos comunes. La expresión de saludo usada por los macehuales, ma nimitzmauhti, "no te vaya yo a asustar", exprese un temor de tipo mágico por la salud del interlocutor; pues se creía que el susto podía ocasionar que el alma superior, llamada tonalli, se saliera de la cabeza, lo cual daría pie a una peligrosa enfermedad. Es interesante que la expresión "no te vaya yo a asustar" no se ponga en boca de los nobles, y pudiera indicar que desde la época prehispánica "el susto" era una enfermedad más propia de la creencia popular que de la ideología de las elites. 

En general, los saludos consisten en la expresión de interés o preocupación por la otra persona y en la demanda de aproximación.

La prohibición del pleito
Las escenas de pleito entre macehuales y las presuntas riñas de los nobles son tan diferentes que será necesario referirnos a ellas por separado. Veamos primero las palabras que el documento atribuye a los nobles que tienen un altercado.
Así riñen los pipiltin. Cuando ya se enojaron, se dicen: "iMi hermanito! ¿Qué me dices? Nada más asienta, calla tu palabra. No te lastimes. Primero escucha, mi hermanito; eso que dices, tu palabra, en verdad se muestra como si fueras ciego; vas a caer en un agujero. Sólo ándate con cuidado, no vayas desvariando. Sé prudente, busca ser respetado. Tal vez nuestra manera de vivir/debes adquirirla/. No consideres la baba, la saliva. No escuches palabras mujeriles, ¿Qué dices? iOh, cómo! Acaso tu lugar de hablar no es otro que el lugar de las cuatro piedras, el lugar del metate. Tú eres hombre; sólo sé robusto), mi hermanito. Quizá ya en algo se acaba el enojo de tu palabra, mi hermanito. Ya asienta tu corazón, ya descansa". De esta manera hablan cuando se encuentran.
Las mujeres pipiltin así riñen cuando por algo se agreden. Se dicen: "Mi niñita, mi venerable mujer pilli. Sólo siéntate, mi niñita. Solamente ve aprendiendo; reconoce la enfermedad. ¿Qué dices? Acaso ése es nuestro oficio. Ve conociendo el que es tu modo de vivir, tú que eres una mujer pilli, lo que no es conveniente que hagas. Busca ser respetada; hónrate, mi muchachita. Asienta tu venerable corazón. Quizá algo te lastimarás". Termina el reñimiento.

Los hombres macehualtin así riñen. Se dicen: 
"Apártate, bellaco, hombrecillo; no sea que te empuje. Vete por allá perrote, perrote; no sea que te patee, no sea que te moje la nariz. Vete por allá, bobo, torpe; gordo macehual, gordo huérfano. ¿Quién eres tú? ¿A quién conoces? Pavote. Ciertamente eres un bellaco. Bobo. Vete por allá. ¿Qué me vas a hacer, hombrecillo? Me lo harás, bellaco. ¿Acaso me morderás? ¿Acaso me tragarás?. Aquí él anda burlándose, anda gritando, anda dando voces. Acaso aquí [le dice]. Eres tonto. Estás desvariando. Gran canasto de tontería. Ya no sabes nada. Atolondrado. ¿Acaso bebiste mucho? Beodo, desembriágate; no suceda que caigas sobre nosotros. Borracho. No sea que te acabe el pulque. Mierdota haraposa, mierdota andrajosa. Desmelenadote. Gran escandaloso. Gran ocioso. Gran huidizo. Dos son sus lenguotas: anda divulgando las cosas entre la gente. Carota de piedra de moler. Cabezota rasguñada. Tuertote, ciegote. Gran adúltero. También dice: ¡De manera que bien eh! Seso tes de papel viejo. Gran ladrón. Gran escandalizador de la gente. Gran mentiroso. Desollado. Gran tlacatecolotl ¡Cómo! ¿Nos lo harás, bellaco? ¿Qué nos harás? ¿Acaso serás el agua, serás el cerro? ¿Tít, macehualucho? Aunque ya es mucha su difamación, acaso [le dice todavía] ¿Cómo nos lo harás? ¿Acaso así nos despreciarás? ¿Acaso tú eres nuestro noble, nuestro señor? Pues eres semejante a un perro, a un pavo. En donde la mierda, en donde la basura está tu lugar de vivir. ¡Quédate ahí, bellaco! Se va gritando".

Sexualidad y matrimonio
Aquella imagen bien conocida del Códice Mendocino, en la cual aparecen un hombre y una mujer, sentados en una estera y unidos por medio de un nudo que enlaza sus ropas, representa una boda tal como se describen también en las fuentes escritas. Todos los parientes se congregaban en el patio y asistían a un fabuloso banquete, comían y bebían durante toda la noche mientras los jóvenes esposos permanecían sentados en el petate. La madre de la novia se levantaba para alimentar al muchacho, tomaba la comida con su mano y la ponía en la boca de él; otro tanto hacía el padre del novio con la muchacha. Concluido el banquete (suponemos que en la mañana del día siguiente), los parientes se retiraban, y la joven pareja se quedaba, recluida en una habitación. Durante cuatro días permanecían sin tener relaciones sexuales; se bañaban al alba y a la media noche. Al llegar el quinto día, la pareja consumaba el matrimonio. Para la gente del pueblo ésa era toda la fiesta; pero entre los nobles se acostumbraba una tornaboda, que tenía lugar el sexto día. Si la esposa resultaba no ser virgen, lo cual habría descubierto el esposo el quinto día, el hecho era comunicado a los parientes en la tornaboda, de la siguiente manera: a todos los comensales se les entregaba un canastillo con tortillas, pero uno de los canastillos repartidos tenía una oradación en la base. Todos comían y, en algún momento del banquete, uno de los invitados descubría que las tortillas se le salían del canasto, y le caían migajas. Al verificar que el canasto estaba roto, el comensal lo arrojaba lejos de sí con desagrado; de ese modo todos conocían la noticia, y manifestaban su reprobación a la familia. Después de ello, el joven tenía derecho a repudiar a la esposa. 

Entre la nobleza nahua, la virginidad de la mujer era muy importante. Es por ello que las familias pillis vigilaban constantemente a sus hijas doncellas, que debían salir acompañadas por guardas. La que se atrevía a salir sola le punzaban los pies con unas púas. Sus guardianas las pellizcaban o flagelaban con ortigas si levantaban la mirada o volvían la vista atrás.


Códice Mendoza.

Los monarcas parecen haber sido los primeros en practicar castigos ejemplares. Se dice que, en Tetzcoco, un joven pilli saltó la barda del recinto en que se criaban las hijas del tlatoani para conversar con una de las muchachas. Mientras hablaban (y la fuente destaca que estaban ambos de pie, sin hacer otra cosa que conversar), fueron descubiertos. El muchacho huyó, evitando el castigo, pero la joven no corrió con la misma suerte. El señor de Tetzcoco pensó que quedaría "muy deshonrado si a tan mal hecho no le diera su castigo", por lo que ordenó que su hija fuera ejecutada.

Conjuro para atraer a la amada
En el cristalino cerro donde se separan las voluntades, busco una mujer y le canto amorosas canciones, fatigado del cuidado que me dan sus amores...Y traigo en mi ayuda a mi hermana la diosa Xochiquétzal...Este amoroso cuidado me trae fatigado y lloroso ayer y antier, esto me tiene afligido y solícito. Pienso yo que es verdaderamente diosa, verdaderamente es hermosísima y estrenada; me hela de alcanzar no mañana, ni esotro día, sino luego al momento...Yo el mancebo guerrero que resplandezco como el sol y tengo la hermosura del alba; ¿por ventura soy yo algún hombre de por ahí?...Yo vine y nací por el florido y transparente sexo femenil...¿por ventura traigo yo guerra? No es guerra la mía sino conquista de mujer.
Hernando Ruíz de Alarcón, Tratado de las supersticiones..., tratado III, cap. II.

En cuanto a los hombres, parece ser que también se cuidaba su castidad estrictamente. Sin embargo, sabemos que a los pillis, "los hijos de señores y principales, o de hombres ricos", "permitíaseles o disimulábase con ellos tener mancebas". Había para el efecto una práctica establecida. El joven solicitaba a los padres de la muchacha que le otorgaran a su hija como manceba; generalmente el asunto se hablaba con la madre. Esta relación sin compromiso matrimonial duraba mientras la muchacha no quedara embarazada. Cuando esto último ocurría, el joven podía tomar a la muchacha como esposa o repudiarla, en cuyo caso los padres buscaban otro marido para su hija. Esta relación era claramente asimétrica, se establecía entre un hombre noble y una mujer popular.
Ahora bien, ¿en qué circunstancias podría un joven noble haber aceptado casarse con una muchacha del pueblo que había quedado embarazada? Después de casarse con una mujer noble, lo cual era obligado, el joven pilli podía seguir teniendo relación con otras mujeres (el adulterio ocurría sólo cuando una mujer casada tenía relaciones con otro hombre), así que podía seguir frecuentando a alguna de sus antiguas mancebas, y eventualmente aceptarla como esposa adicional. El número de esposas adicionales que un noble podía tener no parece haber tenido otro límite que su capacidad para mantenerlas. Los grandes señores llegaban a tener cientos de ellas.

Es interesante observar que las restricciones que se le marcan a los hombres solteros, y muy especialmente a los nobles, no son rígidas y no señalan la imposibilidad absoluta de una relación prematrimonial. Es decir, mientras que a la joven se le impone una prohibición absoluta, cuyo incumplimiento acarreaba la muerte, al joven se le indica que por su salud es conveniente que espere a la edad adecuada para tener relaciones sexuales, para que "amacice" bien y no pierda la salud. Es probable que los nahuas vieran la pérdida de la salud como el principal motivo para pedirles a los jóvenes que tuvieran paciencia, pero también es probable que les haya preocupado la posibilidad de que los adolescentes muy jóvenes y atrabancados fueran a tener relaciones con una mujer casada, en cuyo caso les esperaba la pena de muerte, no por la relación sino por el hecho de haberla tenido con una mujer casada.



Bibliografía
Pablo Escalante Gonzalbo y Pilar Gonzalbo Aizpuru, (2004) Historia de la vida cotidiana en México. Mesoamérica y los ámbitos indígenas de la Nueva España. México: Fondo de Cultura Económica.

17 ene 2018

Los conventos en la Nueva España


Los conventos de monjas fueron en la época virreinal una institución característica, diferente a los cenobios fundados en la Edad Media y aun a los monasterios españoles, de cuyas características, sin embargo, participaban. El convento mexicano femenino participó, también, en la obra de catequización emprendida por los misioneros ocupándose de la enseñanza de las niñas indias, fue un refugio para la mujer soltera sin vocación para el matrimonio y centro de cultura y de trabajo a pesar de todos los inconvenientes que pueden señalarse en la enclaustración. 

El convento mexicano fue a un tiempo, lugar de oración y penitencia, centro de reunión social, taller de artes y oficios y escuela de enseñanza primaria para niñas que venían de fuera. 

Margo Glantz, Sor Juana Inés de la Cruz: Saberes y placeres, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura, 1996

Cada una de las órdenes masculinas tenía su correspondiente convento femenino. La orden franciscana inspiró y aun dirigió los conventos de Santa Clara, San Juan de la Penitencia, San Felipe de Jesús, de las capuchinas, Nuestra Señora de Guadalupe y Corpus Christi; la agustina, el de San Lorenzo; la dominicana, el de Santa Catalina de Sena; la carmelitana, el de San José o Santa Teresa la Antigua y el de Santa Teresa la Nueva; los jesuitas, los llamados de la Compañía de María, que fueron el de Nuestra Señora del Pilar o de la Enseñanza y el de Nuestra Señora de Guadalupe o la Enseñanza Nueva. Además hubo monasterios independientes de las órdenes establecidas como el de la Orden concepcionista, el más antiguo de México y seminario de otros muchos y el de la Orden del Salvador o de las Brígidas. 

El primero en fundarse fue el de la Concepción. Cuatro monjas venidas del convento de Santa Isabel de Salamanca: Paula de Santa Ana, Luisa de San Francisco, Francisca de San Juan Evangelista, dirigidas por la superiora Elena Medrano o Mediano, arribaron a México acatando la cédula del Emperador Carlos V de 1540 y la bula de Paulo III y auxiliadas por Fray Antonio de la Cruz. 

El obispo Zumárraga se había empeñado mucho en la fundación de este monasterio. El Papa sólo había otorgado a las monjas los votos simples; pero a partir de 1586 ya se concede a ellas los solemnes y en 1760, adquiere el título de Real Convento de la Concepción y el derecho a usar de las armas reales en la portada. Fueron favorecidas con las limosnas que recogió Fray Juan de Zumárraga y gozaron del patronato de Tomás Aguirre de Suanzabar y de su esposa Isabel Estrada y Alvarado. El patronato para los conventos femeninos fue de singular importancia. Ricos mineros, comerciantes, viudas ricas, encomenderos, hacendados más tarde, acuden en auxilio de los conventos dando el dinero necesario para la construcción de los edificios, celebrando un contrato con la comunidad que se elevaba a escritura pública ante notario eclesiástico, con la autorización del prelado y en el que se estipulaban las multas, obligaciones y derechos. Es curioso este tipo de contrato porque una de las partes se obligaba a la prestación de servicios materiales, como era la de proporcionar el dinero necesario para la construcción del convento y por la otra se especificaban prestaciones de carácter espiritual: rezos por el bienestar del patrono y su familia en vida y por la salvación de sus almas. El entierro de los donantes se hacía en lugar preferente de la iglesia; sus armas se colocaban en lugar visible y los benefactores disponían de lugar de honor en todas las ceremonias. El patronato era, además, hereditario.

¿Cuáles eran las reglas que normaban la vida de las monjas en los conventos mexicanos? Las mismas en realidad que las seguidas en los europeos, levemente modificadas por las condiciones especiales del medio mexicano. Desde luego con excepción del de Corpus Christi y la Enseñanza Nueva, que se destinaron a las indias, los monasterios mexicanos estaban dirigidos para:

  • Españolas y criollas.
  • Hijas legítimas.
  • Gozar de buena salud.
  • Saber leer y escribir.
  • Manifestar su voluntad, libre de toda coacción de profesar.
  • Pronunciar votos de castidad, pobreza y obediencia.

En algunos conventos como los dependientes de la orden franciscana, el voto de pobreza era absoluto; en otros, como el de las concepcionistas, el voto era particular pues el convento podía poseer bienes propios. Las monjas estaban sujetas a la clausura que sólo podía romperse en casos excepcionales, por ejemplo, incendio, terremoto, o salida a otras casas para fundar nuevos conventos. 

Guido Caprotti, Monjas carmelitas ante Ávila, 1937
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

La admisión de las solicitantes al monjío la concedía el consejo del convento mediante votación secreta. La edad mínima para entrar como novicia era la de 12 años. Después de dos años de instrucción cambiaba el velo blanco por el negro de las profesas, siempre que hubiera cumplido los 16 de edad. La joven era confiada a alguna familia honorable conocida del monasterio para que la llevase a lo que entonces se llamaba "el paseo". Casi siempre se encargaba de eso la madrina; la vestía de sus mejores galas, la alhajaba con sus mejores riquezas y después de haberla paseado por la ciudad la presentaba al monasterio en donde se despojaba de sus galas en solemne ceremonia y vestido el hábito de la orden hacía su profesión. La dote que otorgaban las monjas o sus padrinos al entrar al convento generalmente era de 2000 a 4000 pesos. Algunas se les dispensaba, por ejemplo, si demostraban conocimientos matemáticos útiles en la administración o buenas voces aprovechables en el coro. La autoridad dentro del convento era la abadesa, priora o superiora que se elegía dentro de la comunidad de profesas, por voto secreto y ante la autoridad del delegado arzobispal cuando la vigilancia del convento recaía en el ordinario o de la del delegado de la orden masculina cuando correspondía a ella la dirección. La superiora estaba asistida por la vicaria, la maestra de novicias, la portera mayor y la contadora. 

Generalmente los conventos de monjas en México ocuparon amplios solares, ya que al primitivo claustro se le fue agregando casas vecinas hasta constituir pequeñas villas en las que las monjas vivían con cierta independencia. 

Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz,
Miguel Cabrera, ca. 1750 (castillo de Chapultepec).

Famoso fue el convento de San Jerónimo por haber vivido en él una de las más claras inteligencias femeninas que haya producido el mundo de habla española: Sor Juana Inés de la Cruz. Aportaron dinero para la fundación don Diego de Guzmán y su mujer doña Isabel de Barrios. El 29 de septiembre de 1585, cuatro religiosas del convento de la Concepción fundaban solemnemente el convento bajo la advocación de Santa Paula. Estaba sujeto a la vigilancia del ordinario. Podían ingresar a él españolas y criollas, mediante el pago de 3000 pesos de dote. Tenían dormitorios comunes y la regla era menos austera que la de los conventos de capuchinas y carmelitas. Podían poseer libros y el consejo estaba formado por la priora, las vicarias, las correctoras, las procuradoras y las definidoras.

El hábito que usaban es el que muestra el retrato tan conocido de Sor Juana: hábito blanco, doble manga, manto y escapulario de "paño de buriel negro", toca blanca, cinturón de cuero, medias y zapatos lisos, rosario al cuello con la cruz cayendo hacia el hombro derecho, escudo con el santo de la advocación de la religiosa con el marco de carey.

El convento de monjas contribuyó eficazmente en dar a la niñez femenina una educación que tenía que ser, naturalmente, la de la época, religiosa de preferencia; fue centro de actividad social y artística. Contribuyó en buena parte a la exaltación del arte barroco en el adorno de sus retablos, en el primor que alcanzaron las artes del bordado y de la costura y coadyuvó a la creación de una cocina y de una repostería mexicana de la que todavía disfrutamos en sus guisos, sus postres y pasteles. 



Bibliografía:
Jimenez Rueda, Julio. (1960). La Iglesia y el Estado. En Historia de la cultura en México(pp.128-135). México: Cvltvra.

16 ene 2018

Portugal y España: Repartición del Nuevo Mundo


Biblioteca Estense Universitaria, Modena, Italy, 1502

Los soberanos realizaban una campaña diplomática de gran envergadura para asegurarse derechos indiscutibles. El descubrimiento de islas, costas y golfos en tierra firme abría inmensas posibilidades a la expansión española. Pero los portugueses, omnipotentes en el mar, habían reafirmado su ambición de descubrir y dominar nuevos mundos. Además -y sobre todo- había que evangelizar a los pueblos paganos, por lo cual el Papa debía tomar una decisión sobre las intenciones y proyectos de los dos reinos ibéricos. No era asunto fácil. Casi un año se dedicó a las negociaciones, al intercambio de misivas y de embajadas, a los discursos y a las advertencias.

El Papa era español: Alejandro VI, de la familia de los Borgia. No era creación de los soberanos católicos pero sí les debía mucho, empezando por su elección. Dedicó a este asunto cuatro bulas sucesivas, lo cual pone de manifiesto la importancia de la cuestión y las vacilaciones de Roma. La primera bula, del 3 de mayo de 1493, Inter caetera, escrita cuando Colón se hallaba en Barcelona, fue enviada inmediatamente a España y debía llegar a la corte antes de que terminara el mes. Contenía, a título probatorio, largos resúmenes de la famosa Carta o relato del Almirante. El documento pontificio se contenta con afirmar que nadie había tenido antes conocimiento de la existencia de las tierras recién descubiertas; que los habitantes de aquellas regiones, "pueblos muy numerosos y pacíficos que viven desnudos y no comen carne humana", están dispuestos a recibir la fe cristiana. El Papa confirma asimismo la soberanía de los reyes de Castilla sobre esas tierras descubiertas o por descubrir. Una fórmula bastante ambigua. Por una parte, el mencionar a Castilla sin aludir ni a Cataluña ni a Aragón, puede parecer un mero arcaísmo: sólo Castilla, antes del matrimonio de los Reyes, se había interesado en los viajes atlánticos, y la bula se adaptaba a la costumbre de la época. Muchos comentaristas e historiadores se han preguntado si los catalanes no quedaron en alguna forma excluidos de esos privilegios. Incluso subrayan que aun cuando Colón estuviese de visita en la corte, entonces en Barcelona, su descubrimiento no había tenido gran eco en Cataluña: los cronistas o no hablan de él o lo hacen mucho después. Por otra parte, Alejandro VI parece haber olvidado totalmente los derechos adquiridos por Portugal y los privilegios que les había concedido la Santa Sede, en la época de sus viajes a África y las islas, sobre todo a Madera. 

Alejandro VI

Por esto la bula pontificia provocó muy pronto una virulenta protesta por parte del rey de Portugal, Juan II, ya enterado del paso de Colón por Lisboa y de algunas partes del Diario.  El embajador portugués hizo valer una bula de fecha anterior (1481), Aeterni Regis, que confería a Juan II todos los territorios por descubrir al sur de las Canarias, a fin de proteger los derechos portugueses sobre las costas y territorios africanos, pero que también podía aplicarse muy lejos hacia el Poniente, más allá del mar océano. Complicaba y envenenaba la situación el descubrimiento de esas islas por parte de los españoles. 

Por aquellas fechas, también los Reyes Católicos enviaron embajadores: el arzobispo de Toledo y Diego López de Haro. Ambos llegaron a Roma el 25 de mayo y, tres semanas después, adelantándose a tomar la ofensiva, reprocharon públicamente al Papa su mala administración en Italia, la venalidad de sus funcionarios y la corrupción que reinaba en la corte romana. En ese mismo momento, Carvajal ensalzó en un verdadero sermón, pronto impreso, las acciones de los soberanos en apoyo y gloria de la Iglesia, y reivindicó para ellos el descubrimiento "de las islas desconocidas del lado de las Indias". Lo hizo tan bien Carvajal que en vez de recurrir a los privilegios portugueses, el Papa cedió y promulgó una tras otra dos bulas en las que se establece una partición muy favorable a España. En primer lugar, Eximiae devotionis, donde sencillamente se confirma que las tierras descubiertas le tocaban a Castilla. Después, otra bula también titulada Inter caetera, que traza una línea de demarcación entre los dos futuros imperios. Esta línea debía pasar a 100 leguas al oeste y a 100 leguas al sur de todas "las tierras denominadas Azores e islas de Cabo Verde". Un poco después, en una cuarta bula, Alejandro VI, el 26 de septiembre de 1493, extendió en forma bastante vaga las "posesiones" de España y le garantizó, en algún sentido, todas las tierras por descubrir, sin importar donde se encontrasen. Roma tomó partido y, sin matizar, se puso al servicio de los intereses españoles. El prestigio logrado con la toma de Granada y con el regreso triunfal de Colón favoreció mucho a los Reyes Católicos. Los portugueses no podían dar su anuencia y se propusieron tratar directamente sin recurrir al arbitraje pontificio. 



Nuevas y muy vivas protestas de Juan II hicieron que Fernando e Isabel decidieran llegar a un entendimiento. El 7 de junio de 1994, por el tratado que se firmó en Tordesillas, Portugal, la separación entre ambas potencias se fijó en una línea meridiana que va mucho más lejos que la anterior, a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde, lo que para nosotros equivaldría a 46° y medio de longitud oeste. Esta línea asignaba a España todas las islas descubiertas o por descubrir en las Indias Occidentales, y cortaba el continente sudamericano en Brasil, un poco al este de la desembocadura del Amazonas. Por lo demás, la línea de 100 leguas (38° oeste) pasaba entre los sitios actuales de Recife y de Salvador. En principio, los negociadores de Tordesillas habían previsto que dos carabelas, una por cada nación, llevando a bordo pilotos, astrólogos, patrones, marinos y cartógrafos partirían de las Canarias, se dirigirían a Cabo Verde, de donde singlarían en dirección oeste para llegar a la línea a 370 leguas de distancia. Era una actitud muy optimista, y los soberanos pronto reconocieron que tales navegaciones y mediciones en línea recta eran utópicas. 

Las decisiones de Tordesillas se oponen a las ideas y pretensiones del genovés, quien, en diversas ocasiones, justificó la línea de 100 leguas y le atribuyó validez absoluta. La Relación dirigida a los reyes en agosto de 1498, por tanto mucho después de Tordesillas, dice e insiste con toda claridad: 
...Recordé muy bien entonces que cada vez, rumbo a las Indias, pasaba algunos centenares de leguas al oeste de las Azores, notaba cómo, en ese lugar, la temperatura cambiaba a lo largo de una línea que va de Norte a Sur.

Así puede verse con claridad que los límites jurídicos fijados a la expansión española se situaban al contrario de lo que deseaban ambiciosos navegantes, pobladores o monjes. Las disposiciones de Tordesillas que contradecían una opinión muy arraigada no constituyeron un éxito diplomático. Pero en el terreno de los hechos, durante algún tiempo, dejaron un vasto campo de acción totalmente libre, y no lograron desviar la voluntad de los Reyes Católicos, quienes, sin reticencia y con muchos medios, acometieron la aventura. 



Bibliografía:
Heers, Jacques. (1992). Primera colonización de las Indias Occidentales. En Cristóbal Colón(pp. 370-373). México: Fondo de Cultura Económica.