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24 nov 2016

Felipe II de España (Parte 3)

Formación internacional
Tras la muerte de María Manuela de Portugal, y poco después del cardenal Tavera, Felipe se dedicó de lleno al gobierno. En 1546 falleció Juan de Zúñiga y el 10 de mayo de 1547 murió Francisco de los Cobos. De sus principales consejeros sólo el duque de Alba estaba vivo, pero en 1546 fue llamado a Alemania por el emperador para preparar una nueva campaña contra los protestantes. Para reforzar la autoridad del príncipe, Carlos V le nombró duque de Milán en 1546.

En 1547 acontecieron hechos importantes en Europa. Francisco I, Enrique VIII, Lutero, entre otros, los principales enemigos del emperador Carlos, habían muerto. Pero el propio emperador padecía de gota y veía cerca su final. Era urgente preparar a su heredero para el nuevo panorama político. A principios de 1548, Carlos ordenó que su hijo acudiera a los Países Bajos. La marcha de Felipe provocó disgusto en Castilla, que, teniendo un rey ausente, temían que lo mismo fuera con el príncipe. Maximiliano, el sobrino del emperador, quedo al frente de la administración de los reinos peninsulares y desposó a María, la hija mayor del emperador.

María de Austria, hermana de Felipe

El príncipe disfrutó de los festejos que se hicieron en su honor y se destacó tanto en los bailes como en los torneos. En el viaje por Italia conoció al pintor Tiziano, al que encargó algunos retratos. En Trento, a donde llegó el 24 de enero, el príncipe fue recibido por los prelados dependientes de Carlos V que participaban en el Concilio y por Mauricio de Sajonia. El viaje hacia los Países Bajos duró seis meses llenos de festejos. En abril de 1549 llegó a Bruselas, donde se reunió con su padre y con el principal consejero de éste, Granvela. Felipe tuvo dificultades con el idioma, lo que hizo que los nobles locales se formaran una mala impresión inicial. Pero el joven príncipe supo adaptarse a la situación y se ganó el favor de los nobles gracias a su participación en los festejos. Finalmente, el 12 de julio Carlos V emprendió con su hijo el viaje por los Países Bajos.
A lo largo de 1549 Carlos V y el príncipe Felipe realizaron un viaje por los Países Bajos, con la intención de que tanto Felipe como sus súbditos se conocieran. El príncipe se mostró tolerante con los protestantes, disfrutó de los espectaculares festejos en su honor y sedujo a algunas damas. Felipe quedó impresionado por la riqueza y esplendor de las ciudades flamencas, en especial con Amberes, el principal centro comercial de Europa. La comitiva también estuvo en Rotterdam, la ciudad natal de Erasmo. 

El 8 de julio de 1550 Carlos V y Felipe llegaron a Augsburgo para la apertura de la Dieta Imperial. El príncipe participó en las sesiones políticas de la Dieta, en la que se debatió sobre los problemas religiosos de Alemania y la posibilidad de una invasión turca por el Danubio. En la Dieta se estableció el respeto a la fe luterana en Alemania.


Dieta Imperial

Tras la Dieta, Carlos V reunió a la familia Habsburgo para tratar sobre el reparto de su herencia. Carlos V pretendía que su hijo heredase la corona imperial junto al resto de sus posesiones, pero su hermano Fernando se negó. La reunión familiar duró seis meses, plagados de disputas y negociaciones, tras los cuales se llegó a una solución de compromiso que no sería respetada. Se acordó que la corona imperial pasaría a Fernando de Austria, de éste a Felipe y por último al archiduque Maximiliano. La estancia en los Países Bajos y Alemania se prolongó hasta mayo de 1551, fecha en la que Felipe regresó a la península ibérica para hacerse cargo del gobierno. Para entonces, el emperador estaba convencido de la capacidad del príncipe para el gobierno, pidiendo desde entonces, su opinión en todos los asuntos.

En 1551 estalló una sublevación contra el emperador por parte de los príncipes protestantes de Alemania. Felipe quiso participar en la guerra, pero permaneció en la península reuniendo efectivo para la guerra.

Segundo matrimonio: Rey de Inglaterra


Tras la muerte de Enrique VIII de Inglaterra en 1547 y la de Eduardo VI en 1553, Inglaterra y toda Europa fue testigo de la subida al trono de María Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, nieta de los renombrados Reyes Católicos. La nueva reina era prima del emperador (y antigua prometida) y acérrima católica, en la cual Carlos vio la oportunidad de regresar a Inglaterra bajo el cobijo de la Iglesia Católica. El emperador no podía casarse con María debido a su avanzada edad y al voto de no volver a tomar esposa tras la muerte de Isabel de Portugal, pero estaba decidido a que su hijo Felipe se ciñera la corona inglesa. 

La futura esposa de Felipe de Austria pertenecía la complicada casa de los Tudor, cuyo reino se hallaba desgarrado por facciones religiosas tras el cisma producido durante el reinado de Enrique VIII. Tras la muerte del rey, la sucesión se hallaba en un punto delicado. María Tudor representaba la esperanza de los católicos de retornar al cobijo de la Iglesia. De no ser así, el ascenso al trono de Isabel Tudor supondría un logro para los protestantes. El sector protestante se oponía firmemente a la boda con el príncipe español, siendo apoyados por los franceses, a quienes no les convenía el enlace. Los ingleses se oponían al enlace por temor a que Inglaterra se viera involucrada en las guerras del emperador.  Meses antes de la boda, la reina lidió con la rebelión de Thomas Wyatt, cuyos partidarios se oponían a la decisión de María I de unirse a Felipe de España. La rebelión fue sofocada y sus cabecillas acabaron ejecutados.


María Tudor

María Tudor se enamoró del príncipe Felipe al ver el retrato elaborado por Tiziano. La reina inglesa tenía casi cuarenta años, estaba envejecida y había perdido la belleza de su juventud. Felipe era un joven de veintisiete años, elegante y agraciado. A pesar de la oposición del Consejo al matrimonio con Felipe, la reina se empeñó en casarse con su joven sobrino. Antes de partir a Inglaterra, Felipe ordenó que su hermana Juana, recientemente viuda, se hiciera cargo de la regencia.

La corte española del príncipe estaba formada por las siguientes personas:
el almirante de Castilla,  el marqués del Valle, el duque de Alba el duque de Medinaceli, el marqués de Pescara, el conde de Agamón, el marqués de Aguilar, Don Francisco Enríquez de Rojas, el conde de Saldaña, el hijo del Almirante de Castilla, don Luis Conde de Módica, el conde de Feria, Don Luis de la Cerda, Don Enríquez, Don Antonio de Valencia, Don Diego de Acevedo, Don Pedro Portocarrero, Gutierre López de Padilla, Don Juan de Benavides y Don Pedro Manuel.



Los preparativos del viaje a Inglaterra se organizaron en Valladolid, que era en ese momento la sede de la corte del príncipe Felipe. Desde esta ciudad salió su mayordomo Gutierre López de Padilla el 26 de febrero del año 1554 hacia la ciudad de Laredo para esperar la llegada de los embajadores ingleses. Pasados unos días el príncipe Felipe despachó al Marqués de las Navas, para que llevara a la reina María una serie de joyas de gran valor: un diamante tabla engastado a manera de rosa, apreciado en cincuenta mil ducados; una gargantilla de dieciocho diamantes labrados de punta, apreciado en treinta mil ducados; otro diamante grande con una perla colgante, para colocar en la frente, apreciada en veinticinco mil ducados; además de diversos joyeles y arracadas de pedrería, perlas, diamantes, esmeraldas, rubíes, engastadas en ellas y en los anillos, de inestimable valor. En los días siguientes fueron saliendo con destino a La Coruña los objetos, que habrían de ser utilizados por el príncipe y su corte: camas de brocados y seda, doseles, arneses, armas, jaeces labrados a la morisca y al modo español, una vajilla de oro y otra de plata, blandones de plata sobredorados labrados al romano y al grutesco, candeleros, más de ochenta caballos de distintos colores, cincuenta cuartagos y caballos saltadores. 
El 14 de mayo salió el príncipe de Valladolid, tras despedirse de su abuela la reina Juana, dirigiéndose hacia Alcántara, para reunirse con su hermana, la princesa viuda de Portugal. En Inglaterra le esperaba el mayordomo mayor de la reina, conde de Arundel, que le entregó la Orden de la Jarretera. El príncipe hizo su entrada en la población por Southgate a caballo, acompañado por todos los caballeros españoles e ingleses, dirigiéndose a la iglesia mayor para orar y con posterioridad a una mansión ubicada junto a la iglesia. El lunes 23 de julio partió hacia Winchester, población situada a una distancia  de tres leguas, donde le estaba esperando la reina. 



Poco antes de llegar a Winchester fue recibido en el camino por seis caballeros ingleses acompañados cada uno por más de doscientos jinetes. Desde allí se dirigieron a la iglesia, donde les estaba esperando el obispo de Winchester. El príncipe fue recibido con un Te Deum, dirigiéndose a continuación al altar mayor, donde realizó una oración. Con posterioridad marchó al palacio episcopal, donde le esperaba la reina. Tras saludarse y besarse, como es costumbre en Inglaterra, se sentaron en unas sillas cubiertas por un rico dosel.


Ángela Cremonte Escena de Carlos Rey Emperador

Las capitulaciones matrimoniales basaban su atención en tres cuestiones principales: el reconocimiento y mantenimiento de las leyes y costumbres de Inglaterra; los derechos de sucesión de los cónyuges en el caso del fallecimiento de alguno de ellos, los de los hijos habidos en el matrimonio y los del infante don Carlos; y el mantenimiento del tratado de paz entre Francia e Inglaterra.  Otras cuestiones recogidas en las Capitulaciones eran las siguientes: la dote que la reina recibiría en el caso del fallecimiento del príncipe; la inclusión de un número determinado de nobles ingleses en la corte del príncipe; la prohibición de sacar de Inglaterra a la reina sin su consentimiento; la educación en Inglaterra de los hijos del matrimonio; la prohibición de sacar del país joyas u otros bienes importantes; y el mantenimiento de las fortalezas militares y de la fuerza naval necesarias para la defensa del reino.


  El 25 de julio de 1554, Felipe y María se casaron en la catedral de Winchester. Los esponsales se celebraron en el día de Santiago, lo que se debió a una concesión de la reina por ser ese día una festividad religiosa de especial relevancia en España. La reina iba ataviada con un vestido dorado, ornamentado con perlas y piedras preciosas.

En noviembre de 1554 se restauraba oficialmente el catolicismo, volviendo así a la obediencia de Roma, cosa que el Parlamento de Inglaterra ratificaba en enero del año siguiente. Para tranquilizar a la nobleza, se aseguró que no se reclamarían las tierras expropiadas a la Iglesia Católica y que sólo se devolverían los bienes que habían ido a parar a manos de la corona. Pero María, sintiéndose reforzada por su matrimonio, se dedicó con ahínco a perseguir a los protestantes. Su marido procuró aplacar la dureza de la persecución. Envió mensajes a través de su confesor a los obispos católicos en los que aconsejaba benevolencia y tolerancia. Su objetivo era ganarse la simpatía de sus nuevos súbditos, fuesen católicos o protestantes, por lo que no le convenía nada un excesivo rigor represivo. Logró que su esposa pusiese en libertad a su cuñada Isabel, que estaba encerrada en la Torre de Londres acusada de conspiración. A pesar de la desconfianza que su hermana le inspiraba, María era incapaz de negarle cualquier petición a su marido.

Durante su estadía en Inglaterra, Felipe intento aprender las costumbres de la isla e intento aprender inglés, con poco éxito. Sin embargo, la principal preocupación del matrimonio real era procrear descendencia. Era una cuestión delicada, puesto que María requería un descendiente que apartara del trono a su medio hermana protestante, Isabel Tudor. No era tarea fácil, pues María ya era mayor para concebir y su esposo no se sentía atraído por ella. Aparte, el historial reproductivo de la madre de María, Catalina, no era nada alentador. Y a pesar de ello, a fines de 1554, la reina anunció su embarazo. Su vientre abultado hizo creer a la reina que esperaba un hijo, pero lo cierto es que, al pasar los meses, se comprobó que no había embarazo. La inflamación se debía a una hidropesía. Algún fanático católico, como el obispo Bonner de Londres, atribuyó el chasco a un castigo divino por no ser más contundente con los protestantes, por lo que María reaccionó incrementando la persecución. Se cree que María padeció embarazos psicológicos debido a la presión por procrear un heredero. Pero hoy sabemos la verdadera causa: un enorme tumor en los ovarios. 

En agosto de 1555, Felipe partió rumbo a los Países Bajos, donde se cuenta que le fue infiel a su esposa. María se sintió desconsolada: su marido no correspondía a su amor, el ansiado hijo no llegaba y se sentía rodeada de conspiradores. Aunque se podría sospechar que los informes del embajador francés, fuente principal de lo que sabemos sobre esas infidelidades, tenían la intención de sembrar la discordia, no deja de ser cierto que María se comportó como una mujer despechada cuando volvió a ver a Felipe en marzo de 1557, tras más de un año de ausencia. Felipe volvió ya como rey de España, sólo para pedirle hombres y dinero para la guerra contra Francia.

Abdicación del emperador


Abdicación de Carlos V

En octubre de ese año, se llevo a cabo la abdicación de Carlos V en Bruselas. El 16 de enero de 1556 el príncipe Felipe se convirtió en rey de España, como Felipe II. Tras cuatro meses de estancia en Inglaterra, y conseguida la ayuda inglesa, Felipe II regresó a Flandes para dirigir la guerra contra Francia. Su mujer le despidió entre besos y abrazos, anhelando su pronto regreso. Nunca volvieron a verse. La reina de Inglaterra envió emisarios a su marido informandole que estaba embarazada. Felipe II no le creyó, por lo que envió al duque de Feria para comprobarlo. Éste desmintió el rumor. María enviaba cartas de amor a su marido, quien respondía con frases protocolarias. La reina María se fue consumiendo en la soledad de sus aposentos. El disgusto por la pérdida de Calais a manos de Francia, la última posesión de Inglaterra en el continente, había mermado sus fuerzas. Felipe envió a su confesor para asegurarse de que nombraría heredera a su hermana, pues el rey veía la posibilidad de casarse con ella. María, pensando que tras el sacerdote llegaría su esposo, se sintió decepcionada al no percibir señales de regreso. El 17 de noviembre de 1558, María I de Inglaterra falleció en Londres.


Bibliografía
Peter Pierson. (1975). Felipe II de España. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica. 

Losada, Juan Carlos . (2005). María Tudor: La reina sanguinaria. Noviembre de 2016, de El País Semanal Sitio web: http://www.estudiocriminal.eu/

Morales Folguera, José Miguel. (2009). El arte al servicio del poder y de la propaganda imperial. Noviembre 2016, de Universidad de Málaga Sitio web: http://www.raco.cat/

http://www.mcnbiografias.com/

17 nov 2016

Felipe II de España (Parte 2)

Regencia de España
En dos ocasiones tuvo a su cargo Felipe la regencia de España: la primera fue ésta que siguió a la partida de su padre y que duró hasta octubre de 1548, cuando éste lo llamó para que se reuniera con él en los Países Bajos. La segunda comenzó a su regreso de este viaje, en julio de 1551, y terminó en junio de 1554, fecha en que partió una vez más al norte. En la primera ausencia habían asumido el cargo, por órdenes de Carlos, su hija María y el archiduque Maximiliano, su marido. En la segunda, la otra hija y hermana de Felipe, Juana. Sin embargo, en su segundo regreso, en 1559, Felipe ya era rey; y Juana era su regente, no de Carlos.

Era costumbre en los dominios de Carlos nombrar un regente cuando el soberano se ausentaba, y de preferencia se escogía al heredero al trono, o a algún miembro de la dinastía, sobre todo cuando se trataba de los dominios importantes como los Países Bajos o España. Para lo demás, Carlos se conformaba con designar virreyes de entre la alta nobleza. 

Antes de entregar la regencia al adolescente Felipe, Carlos debía solucionar dos problemas: conseguir el reconocimiento de su hijo como heredero a la corona de Aragón (ya se le había reconocido en Castilla en 1528), y encontrarle una esposa portuguesa para perpetuar la dinastía y conservar la larga paz con Portugal. Sin duda, Carlos pensaba que ese matrimonio lograría la unión de Portugal con los demás reinos ibéricos. Los hijos de Juan III no tuvieron una larga vida, de suerte que el padre sobrevivió a todos, y le sucedió en el trono su único y malhadado nieto, Sebastián. 

A principios de 1543, Carlos convocó las Cortes generales de Aragón en Monzón para conseguir un subsidio con el cual sostener sus operaciones militares, y para que reconocieran a Felipe, cosa que obtuvo. Quedaba un pequeño detalle que concernía exclusivamente al reino de Aragón, es decir, a la región de este nombre con su capital en Zaragoza, y no al conjunto del reino aragonés que incluía también a Valencia y Cataluña, gobernados por la casa de Aragón. Cada región tenía sus Cortes particulares, que se reunían por separado normalmente. 



Carlos intentaba reforzar el poder de la Corona y debilitar la función del Tribunal de Justicia de Aragón alterando, simbólicamente, la ceremonia en la que Felipe, como heredero, juraría defender los fueros del reino, vestigios éstos del feudalismo que favorecían a la nobleza. Cuando Carlos, en 1518, había hecho el juramento en La Seo, catedral de Zaragoza, la ceremonia se había arreglado de modo que el futuro emperador, de espaldas al altar mayor y arrodillado en un reclinatorio, estaba de frente a los representantes de las Cortes y al Justicia que, de pie, tomó su juramento. Se creó así la impresión de que Carlos se había sometido a la autoridad soberana de la magistratura y del pueblo de Aragón. Esta vez, Carlos se encargó de que Felipe tomara su juramento de frente al altar de La Seo, no a los representantes de Aragón, manifestando así que se sometía sólo ante Dios. En este aspecto, Carlos y su heredero mostraron su inclinación por el absolutismo de derecho divino.

Apariencia y personalidad
Alguien lo describió en la época de su ascenso al trono como un poco más bajo de lo normal, pero bien proporcionado, de buena constitución y rasgos atractivos; aunque se decía que tenía los labios demasiado gruesos. La barba rubia escondía la quijada característica de los Habsburgo que, de cualquier modo, no era tan prominente como la de su padre. 

En la conversación, Felipe parecía siempre escuchar atentamente, aunque casi no hablaba; y cuando lo hacía, era con lentitud, como si estuviera pensando cada palabra con detenimiento. En su atuendo, Felipe era pulcro y elegante; aunque, a medida que envejecía, comenzó a usar exclusivamente el negro, sin ornamento alguno, excepto por el emblema del Toisón de Oro suspendido del cuello con un listón negro.
Felipe gozó de más o menos buena salud en su juventud. Procuró evitar la gota y otros achaques parecidos que abrumaron a su padre, con una dieta frugal y viajando lo menos posible, ya que los médicos atribuían la gota y la mala salud de Carlos a sus numerosos viajes. Felipe evitaba el pescado y la fruta, alimentos que, se decía, provocaban malos humores; y recibió una dispensa papal que le permitía comer carne incluso en los días de vigilia. Bebía poco vino; y ese poco, con agua. No obstante, Felipe no repudiaba la buena mesa, y así en una ocasión le pidió al príncipe de Orange que le ofreciera a su famoso chef como regalo.



Al describir el carácter de Felipe, sus contemporáneos usaron los términos "flemático" y "melancolía". Sin duda, Felipe revelaba muy raras veces sus emociones. Parece ser, precisamente, que la imagen de dominio de sí mismo era la impresión que quería dar Felipe. Desde la infancia, Felipe consideró muy importante adoptar un aire de dignidad, aunque él y su madre no dejaran de hecho de manifestar su cariño en el ámbito familiar. Una vez Felipe describió a sus hijas cómo había saltado de su carruaje y corrido a abrazar a su hermana, la emperatriz María, antes de que ella hubiera podido descender del suyo: llevaba veintiséis años sin verla. Hay razones para suponer que Felipe necesitaba mucho cariño, pero que, dada la naturaleza de sus funciones, no podía recibirlo sino de poca gente. A los doce años perdió a su madre, y en toda su niñez y juventud vio muy poco a su admirado padre. Tuvo dos hermanas y, a los dieciocho, un hijo varón. 

Respecto a la naturaleza hesitativa de Felipe, aunque todos los testimonios prueban que en general era lento para tomar decisiones, no hay acuerdo en las fuentes sobre las causas de esta actitud. Testigos contemporáneos, pero no tan cercanos suyos, atribuían su naturaleza hesitativa a la prudencia. Sin embargo, para el historiador y médico del siglo XX, Gregorio Marañón, la "prudencia" en el caso de Felipe se debe interpretar como "timidez" o como "indecisión". Marañón sostiene que Felipe era una persona insegura, abrumadoramente impresionada por su padre y por los modelos y criterios que éste había impuesto; y con terror de tomar decisiones por miedo a que se viera que no estaba a la altura del emperador.
Un estudio de las notas y de la correspondencia de Felipe revela que tenía una asombrosa memoria y que disponía de una información detallada sobre todo y sobre todos. Según Felipe, la preocupación principal de un príncipe con respecto a la comunidad era la protección de la religión católica, la administración de la justicia y el mantenimiento de la paz.

Primer matrimonio
La idea del casamiento entre Felipe de Austria y María Manuela de Portugal seguramente fue una idea bien recibida por el príncipe desde el principio. María Manuela y Felipe eran primos por partida doble (Catalina, madre de Manuela, era hermana del emperador, y su padre, Juan III, era hermano de la emperatriz). El compromiso se consolidó tanto por motivos políticos como sentimentales. Desde el punto de vista político, la unidad peninsular era una perspectiva deseable para los reinos ibéricos. Por un lado, el emperador veía con buenos ojos que la corte portuguesa, la misma que le había proporcionado la dicha de entregarle a Isabel, aportara a la nueva princesa consorte de Asturias. 



La fama de bella y amable que tenía su prima había inclinado el ánimo de Felipe a unirse a ella en matrimonio. Según las descripciones, María Manuela era alta, gordezuela y agraciada. El 14 de noviembre de 1543 se celebraron los esponsales. La princesa vestía un traje de raso de color carmesí, larga cola, también de rojo carmesí, bordada de oro, puños de encaje, gorra de terciopelo negro adornada con una pluma blanca y broche de brillantes. Por su parte Felipe parecía una sinfonía en blanco: traje, gorra, jubón, calza y zapatos blancos, incluso las hebillas de estos últimos eran de plata. La ceremonia religiosa fue breve y fue seguida de un banquete y baile.



Los jóvenes desposados, de dieciséis años cada uno, entraron en la cámara nupcial. A las tres de la madrugada, Juan de Zúñiga, antiguo preceptor de Felipe, penetró en la habitación y obligó a los cónyuges a continuar el sueño en habitaciones separadas. ¿Por qué esta decisión? El emperador Carlos I tenía miedo de que con Felipe sucediese lo mismo que con el príncipe Juan, hijo de los Reyes Católicos, cuyo matrimonio duró siete meses, según se decía por haberse entregado el príncipe a los placeres del amor con demasiada asiduidad.

Los príncipes emprendieron viaje hacia Valladolid, deteniéndose antes en Tordesillas para visitar a la reina Juana I, llamada la Loca, que por casualidad tenía en el momento de la visita uno de sus escasos momentos de lucidez. Pidió a los jóvenes que bailaran y admiró la gracia con que lo hacían. 
En las indicaciones que la reina Catalina envia a su hija le sugiere que adopte los gustos y costumbres de la difunta madre de su esposo. Esta sugerencia demuestra que perduraba en la corte el recuerdo de la emperatriz Isabel. La reina le indica que jamás de impresión de celos, pues eso acabara con su paz. Bien lo sabe Catalina, cuya madre había sufrido unos celos tormentosos. El príncipe llegó a tratar con sequedad a su esposa. 

Nace Juan de Austria
En septiembre de 1544 se anunció el embarazo de la princesa. El 8 de julio de 1545, la princesa dio a luz un niño después de un parto difícil, resultando víctima de una infección. María Manuela fue sometida a sangrías. Al parecer, las comadronas no actuaron con diligencia para bajar la fiebre de la princesa lo que provocó un empeoramiento de su situación. El 12 de julio, en Valladolid, falleció María Manuela de Portugal, sin llegar a ser reina de España.


Carlos de Austria

El hijo nacido de la infanta portuguesa fue nombrado Carlos. Huérfano de madre a los cuatro días de nacer, el príncipe Carlos quedó bajo la custodia de sus tías, las hijas de Carlos V. Felipe fue un padre ausente, como lo había sido el emperador, y sólo estuvo bajo la tutela de sus tías mientras éstas permanecieron solteras.



Bibliografía
Peter Pierson. (1975). Felipe II de España. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica. 

Carlos Fisas. (1988). Historias de las reinas de España. España: epublibre.

Felipe II de España (Parte 1)



Nacimiento y primeros años
Felipe nació en Valladolid el 21 de mayo de 1527; dos semanas después recibió el bautismo en una ceremonia digna del primogénito de Carlos V y de Isabel, infanta de Portugal. El parto fue díficil y largo. Según las crónicas, la comadrona que asistía a la emperatriz Isabel la instó a que gritara, a lo que Isabel contestó en su portugués natal: “No me pidáis tal, comadrona, que yo moriré más no gritaré”. Como padrinos ejercieron el condestable de Castilla, el duque de Béjar y la hermana mayor del Emperador, Leonor.

Un mes más tarde los festejos se cancelaron súbitamente: Carlos recibió noticias de que sus tropas -concentradas en Italia para luchar contra la coalición de Francisco I de Francia y Clemente VII-, fuera de control, habían saqueado Roma. Aunque en privado Carlos culpaba al Papa del desmán, en público hizo penitencia. Las predicciones de paz y prosperidad hechas para el príncipe Felipe por los astrólogos de la corte, que veían al Sol en conjunción con Géminis, se oscurecieron pronto con horóscopos pesimistas de otros videntes que no consideraban buen augurio las lluvias torrenciales que habían caído el día de su nacimiento: Felipe, en efecto, recibiría no sólo las vastas posesiones de su padre, sino también sus numerosos y crecientes problemas. Era por herencia que Carlos había adquirido la mayor parte de sus posesiones, lo que había provocado la envidia y el temor de sus contemporáneos. 

En 1506, cuando tenía seis años, Carlos heredó los Países Bajos y el Franco Condado (condado libre de Borgoña) de su padre, Felipe el Hermoso, con cuyo nombre bautizó a su primogénito. Carlos y Felipe no era nombres comunes entre los reyes españoles; provenían de la línea de los Valois, duques de Borgoña, a cuyos dominios e intereses Carlos unió el destino de España y el resto de la monarquía católica.


Ésta se componía de Castilla y Aragón (más sus reinos, Sicilia, Cerdeña y Nápoles), que se unieron gracias al matrimonio de Isabel, reina propietaria de Castilla, y Fernando, rey de Aragón. La madre de Carlos, Juana, se convirtió en heredera con la inesperada muerte de su hermano y su hermana mayores. Fernando no contaba con esto cuando concertó el matrimonio de ella con Felipe (hijo único del emperador Maximiliano) para afianzar la alianza que había conseguido con éste en contra del rey de Francia. 

Isabel murió en 1504. Juana y su esposo (entonces rey consorte, Felipe I) regresaron a Castilla inmediatamente para asumir el gobierno. Felipe el Hermoso intentó desplazar a la excéntrica Juana, arguyendo que era incompetente para gobernar a causa de su locura; pero las Cortes castellanas se resistieron. Dos años después murió Felipe, y Fernando usó, ahora con éxito, sus mismas tácticas. La temperamental Juana, quebrantada por la muerte de su marido, terminó confinada en Tordesillas. Fernando gobernó Castilla como regente, y reintegró así la monarquía católica. Para suceder a Fernando en 1516, Carlos mantuvo en confinamiento a Juana. Luego persuadió a las Cortes para que lo aceptaran como cogobernante, es decir rey, junto con su desdichada madre, y para que le permitieran el ejercicio total del poder, ya que ella no estaba en condiciones de gobernar. 

En 1519 murió Maximiliano, su abuelo paterno, dejándole en herencia los ducados de Austria. El mismo año se eligió a Carlos Sacro Emperador Romano, título que los Habsburgo ya empezaban a considerar de su propiedad. De sus abuelos, Carlos recibió algo más que tierras. Heredó una guerra con Francia, la obligación de proteger a la Iglesia Católica contra la herejía protestante, y la tarea de defender a la Cristiandad de su enemigo tradicional, el Islam, que en el siglo XVI encabezaban con nuevos bríos los turcos otomanos. En este ambiente, Carlos alimentó su sentido misionero, para el que, creía, la Providencia le había concedido su extraordinaria herencia. 

Carlos V e Isabel de Portugal

Poco sabemos de los primeros años del príncipe. De 1529 a 1533 Carlos no estuvo en España, y no pudo vigilar la crianza de su hijo ni hacer sentir a éste su autoridad. Felipe y sus hermanas (María y Juana, nacidas en 1529 y 1535) estaban al cuidado de su madre, Isabel, una mujer de maneras reales, carácter fuerte y severamente católica. Carlos la había desposado en marzo de 1526 por conveniencias políticas, pero con el tiempo llegó a quererla y respetarla profundamente. La emperatriz recordaba con insistencia a Felipe que era hijo del emperador más grande que el mundo hubiera conocido, y que debía comportarse como tal. Aunque veleidoso, Carlos podía ser simpático y afable; Isabel, en cambio, guardaba su amabilidad para el círculo íntimo de familiares y amigos. En esto Felipe se parecía más a su madre: en público era digno; pero con su familia y algunos amigos era capaz de gran ternura y afecto. Isabel no carecía, sin embargo, de humor. El primer maestro de Felipe, Pedro Gonzáles de Mendoza, escribió a Carlos en 1535 contándole que él y el marqués de Lombay (Francisco de Borja, más tarde superior general de los jesuitas) habían llevado a Felipe montado en un burro por las calles de Toledo, mientras la multitud hacía bromas y la emperatriz, que les seguía, reía a carcajadas. Felipe, como su madre, también reía de las travesuras; pero evitaba las mojigangas desenfrenadas, muy populares en los Países Bajos, que divertían tanto a su padre. Sin duda, los hábitos y el temperamento maternos influyeron en él; pero adoraba a Carlos, el padre y emperador poderoso, fue siempre afectuoso cuando lo veía. 

Educación
En 1535, Carlos sacó a Felipe de la tutela materna para que comenzara su educación en un ambiente masculino. Estableció casa para el príncipe y le asignó como ayo principal a Juan de Zúñiga, comendador mayor de Castilla. Los mejores datos sobre esta época de la vida de Felipe se encuentran en las cartas que Estefanía de Requeséns, esposa de Zúñiga, escribió a su madre. Estefanía habla ahí de las enfermedades de Felipe, de sus juegos con otros niños de la corte: en una de ellas cuenta cómo Felipe y su paje, Luis de Requeséns, hijo de Estefanía, trataban de construir una iglesia con naipes. Al parecer, la diversión preferida de Felipe era inventar torneos, lo que no le impedía interesarse en los asuntos de Estado como atañían a sus padres. 

La primera labor de Zúñiga en la educación de Felipe concernía a su instrucción en la vida de la corte y en las artes varoniles. En esto, Zúñiga llegaba a ser muy duro con Felipe, lo que Carlos apreciaba, porque al parecer él no podía ser severo con su hijo. Con la guía del comendador, Felipe aprendió a montar, a cazar, a participar en diversos tipos de torneos, como las justas y el juego de cañas morisco que requería más habilidad con el caballo que fuerza bruta. En otras artes, Felipe aprendió a actuar con galanura, elegancia, gracia y cortesía, como correspondía al ideal de un príncipe del Renacimiento. Tocaba la guitarra, aunque, al parecer, no cantaba. Se aficionó a los pájaros, las flores, los bosques; aspecto de su carácter más acorde con los Países Bajos que con España; y de Carlos adquirió el gusto por las bellas artes y la buena música. 

La instrucción académica de Felipe estuvo a cargo de Juan Martínez Siliceo, un clérigo de origen humilde, amable, pero fanático. Había estudiado filosofía y teología en España y en París, y dejó su cátedra en Salamanca para convertirse en tutor de Felipe. Aunque conocía latín y más tarde escribió algunos tratados religiosos, su interés principal eran las matemáticas, por lo que no es de extrañar que esa disciplina haya sido el lado fuerte de Felipe.

Carlos (Álvaro Cervantes) y Felipe (Pablo Arbués), serie Carlos Rey Emperador

Ayudaba a Siliceo en la educación del príncipe dos renombrados estudiosos, el humanista Honorato Juan, discípulo de Vives, y el aristotélico Juan Ginés de Sepúlveda, quien posteriormente escribió en latín la crónica de los reinados de Carlos y Felipe. 

Felipe continuó sus estudios en privado y en pequeños grupos de cinco o seis niños, hijos de personajes de la corte. Entre ellos se encontraba el joven Requeséns, y, por algún tiempo, el primo de Felipe, Maximiliano, hijo de Fernando de Austria, nacido en Viena el 31 de julio de 1527. Interesaba particularmente al emperador que Felipe dominara el latín y hablara francés con soltura, porque él había tenido que aprender varias lenguas sobre la marcha, al tiempo que heredaba reinos que hablaban idiomas y dialectos diversos. El latín, lengua que conocían todos los europeos cultos, era vital; el francés era importante para los Países Bajos e inclusive para las provincias flamencas; porque el español se entendía sólo en Portugal e Italia. No hay prueba de que Carlos haya intentado enseñar alemán o algún dialecto holandés a su hijo. Éste nunca dominó las lenguas como su padre.  

Felipe aprendió a leer latín y a hablarlo con la fluidez necesaria para mantener una conversación. Comprendía y hablaba portugués, lengua de su madre; pero titubeaba con el francés y no lo entendía muy bien. Aunque podía leerlo, generalmente se hacía traducir al español la correspondencia en español. Sólo manejaba con soltura el español. Su estilo, sin embargo, dejaba que desear: su escritura corría con el hilo de su pensamiento, y era tarea de sus secretarios corregir todo lo necesario según lo que exigía la burocracia de la época. Luis Cabrera de Córdoba opinaba que el rey, dueño de un Imperio, quería hacer del español una lengua universal, como había sido el latín durante el Imperio Romano y el griego durante el  macedonio. Como precedente, Felipe tenía aquella ocasión en que su padre, en 1536, se había dirigido al Papa y a los cardenales en español, no en latín. 

Felie (Pablo Arbués)  e Isabel (Blanca Suárez), serie Carlos Rey Emperador 

La niñez de Felipe terminó abruptamente. Antes de cumplir los doce años murió su madre. Carlos permaneció poco tiempo al lado de sus hijos, porque asuntos de Estado lo obligaron a fines del otoño a partir hacia los Países Bajos. Dejó, pues, a Felipe en España como símbolo de su compromiso con sus reinos de la Península. El joven comenzó a participar en asuntos de gobierno asistiendo a las reuniones de los consejos reales. Su instrucción política estaba a cargo de Zúñiga, el cardenal Tavera y Francisco de los Cobos. 

Felipe y Francisco Borja (Víctor Clavijo) ante el féretro de la emperatriz, serie Carlos Rey Emperador

Conversión del Duque de Gandía (Francisco Borja), Moreno Carbonero. Museo del Prado

Carlos regresó a España a fines de 1541, y partió en mayo de 1543 hacia Alemania y los Países Bajos para hacer frente a sus numerosos enemigos: el rey de Francia, la liga protestante alemana y los turcos otomanos. Felipe, que no cumplía aún los dieciséis años, recibió entonces de su padre la regencia de España y la obligación de responder por sus actos. 



Bibliografía
Peter Pierson. (1975). Felipe II de España. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.

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2 sept 2016

Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico (Parte 2)

Rey de España y Sacro Emperador
En enero de 1519, cuando estaba camino de Barcelona, Carlos recibió la noticia de la muerte de su abuelo, el emperador Maximiliano. Así, en medio de sus negociaciones con las Cortes de Cataluña, se vio metido en el combate por la corona imperial. El 27 de junio, en Francoforte, los electores alemanes lo eligieron por unanimidad Sacro Emperador Romano. La noticia llegó a Barlona diez días después, e inmediatamente cambió todos sus planes. 



Desde Calahorra, mientras recorría otra vez la Península en sentido inverso, Carlos convocó, en febrero de 1520, a las Cortes de Castilla para que se reunieran en Santiago, en la remota Galicia, en un plazo de cuatro semanas. Se escogió aquel lugar únicamente porque estaba cerca de La Coruña, que era el puerto de salida escogido, pero eso provocó la ira de las ciudades de Castilla, que por fin se reunieron el 31 de marzo, apenas cinco días después de la llegada de la corte a Santiago. Votaron de mala gana los fondos pedidos, destinados sobre todo a pagar el costo de la enorme flota de 100 naves que zarpó de La Coruña con Carlos a bordo el 20 de mayo. En el centro de Castilla ya había estallado una revolución.

La brevísima estancia de Carlos en España fue el preludio de un destino que, debido a sus nuevos compromisos imperiales, hizo de él un monarca siempre ausente. Ahora se reunían con él más reinos que hubiera acumulado jamás un gobernante europeo: toda la herencia borgoñona, centrada en los Países Bajos; los inmensos territorios hereditarios de los Austrias, que comprendían Austria dentro del Imperio y Hungría fuera de él; toda la España peninsular, además de sus posesiones mediterráneas, en especial Nápoles y Sicilia, y el continente de América. Sus obligaciones lo llevaban a todas partes; en su memorable abdicación de Bruselas, en 1555, recordó que había hecho nueve expediciones a Alemania, sies a España, siete a Italia, cuatro a Francia, diez a los Países Bajos, dos a Inglaterra, otros dos a África, y que había hecho once viajes por mar.

Es cierto que de todos sus reinos al que más tiempo dedicó fue a España, donde pasó diecisiete años en total, frente a doce en los Países Bajos y sólo nueve en Alemania. Pero también era el país del que más veces se ausentó, con una ausencia asombrosa de catorce años, de 1543 a 1556. Estuvo en España de septiembre de 1517 a mayo de 1520, de julio de 1522 a julio de 1529 (su estancia más larga), de abril de 1533 a abril de 1535, de diciembre de 1536 a principios de 1538, de julio de 1538 a noviembre de 1539, de noviembre de 1541 a mayo de 1543, y de septiembre de 1556 hasta su muerte en septiembre de 1558.


La salida de Carlos en mayo de 1520 fue la señal de la revuelta de las Comunidades, que paralizó todo el gobierno de Castilla durante más de un año. Pese a la derrota de los rebeldes en Villalar (1521), pasaría algún tiempo antes de que quedara terminada la pacificación. Tras su regreso, en 1522, el emperador vivió en España los siete años siguientes. Los castellanos se reconciliaron con un rey que ya hablaba castellano y gobernaba con personal castellano.

Revuelta de las Comunidades
La incertidumbre, las facciones y las revueltas locales continuaron después de la muerte de Fernando y durante la breve regencia de Cisneros. La proclamación de Carlos en Bruselas inició un lento desplazamiento a esa ciudad de españoles (como De los Cobos), que deseaban congraciarse con el nuevo gobernante; en cambio, en España eran muchos los partidarios de los derechos de la reina Juana, que deseaban que su sucesor fuera el infante Fernando. En Castilla volvieron a aflorar a la superficie las divisiones de intereses que Isabel I había ayudado a enterrar. A fin de reforzar la seguridad interna, Cisneros puso en práctica un plan de recluta de una milicia ciudadana de 30.000 hombres, voluntarios procedentes de cada región de Castilla, financiada, sobre todo, por las ciudades. El proyecto hubiera dado a la Corona la independencia militar respecto de los grandes, que, en consecuencia, utilizaron sus influencias para provocar la resistencia de las ciudades. En febrero de 1517 una insurrección que estalló en Valladolid y se difundió rápidamente a otras ciudades, obligó a Cisneros a renunciar al plan.

En la próspera ciudad mercantil de Burgos los comerciantes, que se lucraban con las grandes exportaciones de lana a Flandes, podían aspirar a nuevos favores; sin embargo, su éxito era objeto de envidia en las ciudades del centro de Castilla, cuya frágil industria textil, centrada en Segovia, se veía amenazada por el paño extranjero importado a cambio de la lana. Esas diferencias de intereses económicos adquirieron una importancia crucial durante las Comunidades.

El primer contacto entre el rey y su reino, efectuado en las Cortes de Valladolid de febrero de 1518, no fue desfavorable en absoluto. No se miraba a Carlos como a un extranjero. Después de todo, hacía muy poco que Castilla había tenido un rey borgoñón, y los castellanos deseaban aceptar a su nuevo rey, pero eran cautelosos. Le recordaron que Juana seguía siendo la reina, con derechos superiores a los suyos. Como rey, tenía determinados poderes, pero también determinadas obligaciones. "Muy poderoso señor", decían abiertamente, "...nuestro mercenario es"; se trataba, palabra por palabra, de lo que le habían dicho las Cortes de Ocaña al débil Enrique IV en 1469. Era necesario reformar la Inquisición. Había que detener la exportación de metales preciosos; los cargos públicos y eclesiásticos debían ocuparlos únicamente castellanos. El rey debía aprender a hablar castellano. 

La instalación de asesores proborgoñones y flamencos en los carlos oficiales desilusionó rápidamente a los españoles. En los meses siguientes la oposición se centró en tres quejas principales:
  • El carácter excesivo de los impuestos.
  • El nombramiento de extranjeros para altos cargos.
  • La ausencia del rey.
El primer cargo produjo reacciones inmediatamente después de las Cortes de febrero. Se concedieron  a los flamencos decenas de puestos lucrativos; algunos, como el médico personal de Carlos y su preceptor, el cardenal Adriano, recibieron obispados. El nombramiento que más irritó a la opinión pública fue el de Guillaume Jacques de Croy, sobrino de Chiévres, que tenía diecisiete años en 1518 y ya era cardenal y obispo de Cambray, para ocupar la sede más rica de España, el Arzobispado de Toledo, que acababa de dejar vacante Cisneros (fue un arzobispado breve; Croy murió en Alemania en 1521).


Adriano de Utrecht

Los grandes de Castilla estaban ofendidos. Algunos, como Fadrique Enríquez de Cabrera, Almirante hereditario de Castilla, e Iñigo Fernández de Velasco, condestable de Castilla, expresaron su descontento abiertamente.

El rapidísimo paso del rey por Castilla, su salida para Aragón en marzo y su regreso igual de breve antes de embarcarse en La Coruña parecían ser muestras de desprecio por su herencia castellana. La elección al Imperio y el que pusiera su título imperial por delante del español sugerían que España iba a quedar relegada a un papel menor. Mientras que Carlos, al igual que los anteriores reyes de España, había tenido el título de "Señor" o "Alteza", ahora había que darle el de "Majestad". Toledo rechazó la larga fórmula nueva de Sacra Cesárea Católica Majestad. 

Ejecución de los Comuneros

Antes de marcharse, Carlos pasó nueve meses en Zaragoza y un año en Barcelona; en ninguna de esas ciudades chocó con los privilegios locales. En Castilla era diferente. El descontento estalló en otoño de 1519. En Valladolid, se predicaron en los púlpitos sermones airados contra los flamencos. En Salamanca un grupo de frailes importantes establecieron una lista de instrucciones para sus procuradores en las Cortes convocadas por Carlos en Santiago: "se dilaten las Cortes...que los oficios no se den a extranjeros...que no se conviertan en servicio ni repartimiento que el rey pida...que las Comunidades destos reynos no caigan en mal caso, mas es su servicio [de Su Alteza] estar en ellos a governarlos por su presencia, que no absentarse...". La palabra clave, Comunidades, no significaba más que eso, las comunidades, las ciudades y villas del reino, pero ahora empezó a adoptar un tono más imonoso.

Un mes antes de que el emperador saliera de España, Toledo se levantó. Sus regidores, entre ellos Pedro Laso de la Vega (pariente de los Mendoza) y Juan Padilla, ayudados por María Pacheco (esposa de Pacheco, hija del segundo conde de Tendilla), se hicieron con el mando de un movimiento comunitario amplio y popular, expulsaron a mediados de abril al corregidor del rey y proclamaron la Comunidad. En Segovia, en mayo, la multitud capturó a uno de los procuradores que habían votado el servicio y lo asesinó; en otras ciudades hubo motines parecidos. En Burgos, en cambio, la situación se mantuvo en orden cuando el condestable aceptó la jefatura de la Comunidad. En junio Toledo convocó a todas las ciudades de las Cortes a una reunión, pero en la primera reunión de la Santa Junta de Comunidad, celebrada en Avila en agosto, no estuvieron representadas más de cuatro. A fin de impedir que aumentara la oposición, el gobierno, encabezado por Adriano de Utrecht como regente, decidió castigar a Segovia por el asesinato de su procurador y envió un ejército contra la ciudad. La Comunidad de Segovia, encabezada por Juan Bravo, pidió ayuda; en respuesta, Toledo envió una fuerza al mando de Padilla. Los realistas enviaron un destacamento a Medina del Campo para que se apoderase de la artillería de esa ciudad e impidiera que cayese en manos de los rebeldes; cuando Medina resistió, las tropas, posiblemente de forma accidental, causaron un incendio y media ciudad ardió en llamas (21 de agosto de 1520).


Juan Bravo

La indignación causada por el incendio destruyó la escasa autoridad que todavía tenían Adriano y el Consejo. Las ciudades que se habían mantenido al margen enviaron ahora delegaciones a Avila. "Tú, tierra de Castilla muy desgraciada y maldita eres, al sufrir, que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor", era el texto que figuraba en las iglesias.

Los comuneros ante la reina Juana
Una semana después del incendio de Medina, los belicosos dirigentes de la Santa Junta, acompañados por Padilla y sus hombres, obtuvieron audiencia de la reina, en Tordesillas. Septiembre y octubre de 1520 fueron el momento de máximo éxito de la Junta de Tordesillas. 
La reina Juana vivía apartada del mundo, bajo el yugo del marqués de Denia. Ya llevaba once años recluida en Tordesillas, donde también vivía su última hija, la infanta Catalina. Le informaron que su padre, el rey Fernando, había fallecido. Los Comuneros pretendían devolverle el poder que le había sido arrebatado. En un principio, la causa de los Comuneros parecía ser apoyada por la reina. Pero el movimiento necesitaba algo más que palabras, requerían la firma de doña Juana, que legitimara la revuelta y pusiera fin al reinado de Carlos. La reina daba muestras de lucidez mental, además, la expulsión del marqués de Denia benefició mucho a Juana y su hija Catalina. Pero Juana se negó a firmar documento alguno, lo que restaba legitimidad al movimiento. 



"Ya, después que Dios quiso llevar para sí a la Reina Católica, mi señora, siempre obedecí y acaté al Rey, mi señor, mi padre, por ser mi padre y marido de la Reina, mi señora; y ya estaba bien descuidada con él, porque no hubiera ninguno que se atreviera a hacer cosas mal hechas. Y después que he sabido cómo Dios le quiso llevar para sí, lo ha sentido mucho, y no lo quisiera haber sabido, y quisiera que fuera vivo, y que allí donde está viviese; porque su vida era más necesaria que la mía. Y pues ya lo había de saber, quisiera haberlo sabido antes, para remediar todo lo que en mí fuere posible.

Yo tengo mucho amor a todas las gentes y pesaríame mucho de cualquier daño o mal que hayan recibido. Y porque siempre he tenido malas compañías y me han dicho falsedades y mentiras y me han traído en dobladuras, e yo quisiera estar en parte en donde pudiera entender en las cosas que en mí fuesen, pero como el Rey, mi señor, me puso aquí, no sé si a causa de aquella que entró en lugar de la Reina, mi señora, o por otras consideraciones que S.A. sabría, no he podido más. Y cuando yo supe de los extranjeros que entraron y estaban en Castilla, pesóme mucho dello, y pensé que venían a entender en algunas cosas que cumplían a mis hijos, y no fue así. Y maravíllome mucho de vosotros no haber tomado venganza de los que habían fecho mal, pues quienquiera lo pudiera, porque de todos lo bueno me place, y de lo malo me pesa. Si yo no me puse en ello fue porque ni allá ni acá no hiciesen mal a mis hijos, y no puedo creer que son idos. Y mirad si hay algunos dellos, aunque creo que ninguno se atreverá a hacer mal, siendo yo segunda o tercera propietaria y señora, y aun por esto no había de ser tratada así, pues bastaba ser hija de Rey y de Reina. Y mucho me huelgo con vosotros, porque entendáis en remediar las cosas mal hechas, y si no lo hiciéredes, cargue sobre vuestras conciencias. Yo así os las encargo sobrello. Y en lo que en mí fuere, yo entenderé en ello, así como en otros lugares donde fuere. Y si yo no pudiere entender en ello, será porque tengo que hacer algún día en sosegar mi corazón y esforzarme de la muerte del Rey, mi señor; y mientras yo tenga disposición para ello, entenderé en ello. Y porque no vengan aquí todos juntos, nombrad entre vosotros de los que estaís aquí, cuatro de los más sabios para esto que hablen conmigo, para entender en todo lo que conviene, y yo los oiré y hablaré con ellos, y entenderé en ello, cada vez que sea necesario, y haré todo lo que pudiere." 

Así respondió la reina Juana a los comuneros. La decisión de Juana evitó, posiblemente, una guerra civil. Pero su vida no mejoro, pues el marqués de Denia volvió a su cargo, y la reina viviría treinta y cinco años más de cautiverio en Tordesillas.


Bibliografía
Henry Kamen. (1984). Una sociedad conflictiva: España, 1469-1714. Madrid: Alianza.

Sanz y Ruiz de la Peña, N. and Vallejo Nágero, A. (1939). Doña Juana I de Castilla. Zaragoza: Ediciones Luz.

http://www.artehistoria.com/