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29 ene 2021

Mitos medievales: ¿Se creía que la Tierra era plana?

Ilustración de la tierra esférica y las cuatro estaciones, del libro "Liber Divinorum Operum" del siglo XII por Hildegarda de Bingen.

Una creencia popular es que Colón pretendía desmentir la teoría de que la Tierra era plana y que a los marineros les aterraba la idea de llegar al borde del mundo. Esto es falso; la gente en la Edad Media sabía que la Tierra era esférica. En la época del descubrimiento, lo que se desconocía era la circunferencia, no la forma. Es por eso que los marineros temían morir de hambre en la exploración del océano desconocido. Copérnico y Galileo tampoco discutían la forma del planeta, sino su posición, de acuerdo con su tesis del sistema heliocéntrico.

Retomando el tema del descubrimiento de América, Fernando e Isabel remitieron los planes de Colón a una comisión real encabezada por Hernando de Talavera, celebrada en Salamanca. Se reunieron tanto miembros del clero como laicos. Plantearon algunas objeciones al proyecto, pero todos asumieron la redondez de la Tierra. Argumentaron que Colón no podía alcanzar las Indias en el tiempo que él establecía, ya que la circunferencia de la Tierra era demasiado grande. Y resultó que tenían razón.

Ninguna persona educada (salvo algunos disidentes) en la historia de la civilización occidental desde el siglo III a. C. en adelante creía que la Tierra era plana. En la Antigüedad, la esfericidad de la Tierra fue reconocida por filósofos como Pitágoras, Aristóteles y Eratóstenes (quien logró calcular la circunferencia). Esto no cambió con la llegada del cristianismo.

Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, escribe "...tanto el astrólogo como el físico pueden concluir que la tierra es redonda. Pero mientras el astrólogo lo deduce por algo abstracto, la matemática, el físico lo hace por algo concreto, la materia". San Agustín menciona, según un fragmento de La Ciudad de Dios: "...y no reparan que aunque se crea o se demuestre con alguna razón que el mundo es de figura circular y redonda, con todo, no se sigue que también por aquella parte ha de estar desnuda la tierra de la congregación masa de las aguas; y aunque esté desnuda y descubierta, tampoco es necesario que esté poblada de hombres, puesto que de ningún modo hace mención de esto la Escritura, que da fe y acredita las cosas pasadas que nos han referido". Aunque San Agustín niega la existencia de pobladores en las Antípodas, no duda de la esfericidad del planeta. Roger Bacon (1220-1292), al igual que otros grandes eruditos de la época medieval, Jean Buridan (1300-1358), Nicholas Oresme (1320-1382) o Beda el Venerable en el siglo VII, afirmaron la redondez de la Tierra. Alfonso X de Castilla escribe en su "General Estoria""Sabuda cosa es por razón e por natura, e los sabios assí lo mostraron por sos libros, que como el mundo es fecho redondo que otrossí es redonda la tierra...". Ahora que mencionamos a un rey, no podemos dejar de lado la evidencia gráfica en el uso del orbe por los monarcas cristianos.

Federico I (1122-1190) emperador del Sacro Imperio Romano Germánico

María I de Hungría (1371-1395)Chronica Hungarorum de 1488

Carlos IV (1316-1378), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, junto a su esposa Blanca de Valois

Sello de la "Bula de Oro" de 1356.

Parece ser que fue el escritor estadounidense, Washington Irving (1783-1859), quien popularizó el mito de la Tierra plana con su obra "Una historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón", en la que narra que el marinero se presentó en la universidad de Salamanca para defender su teoría de la Tierra redonda. Esto es una licencia dramática por parte de Irving. El académico Antoine-Jean Letronne (1787-1848), plasmó esa misma idea en su obra Sobre las ideas cosmográficas de los padres de la iglesia.

Sin embargo, no podemos culpar solamente a Irving o a LetronneUn motivo por el cual se piensa que la gente medieval creía en la Tierra plana  son los mapas de esa época. En estos se observa una Tierra plana en forma de disco, pero la realidad es que los cartógrafos medievales intentaron que el círculo representara el hemisferio superior del globo. Un punto a considerar es que la mayoría de los mapas medievales no estaban destinados a llevar a alguien de un lugar a otro, sino que eran obras de arte colgadas en las catedrales o ilustraciones en manuscritos. Por lo tanto, no eran precisos. Otro motivo por el cual ha perdurado este mito es nuestro propio prejuicio sobre la gente medieval, forjado en los estereotipos de que eran sucios e ignorantes. Muchos conceptos erróneos sobre la Edad Media surgieron en el siglo XIX como parte de una reacción contra la religión.


Fuentes:

Gould, Stephen J. (1997) The late birth of a flat earth, Dinosaur in a Haystack: Reflections in Natural History, disponible: http://www.inf.fu-berlin.de/lehre/SS05/efs/materials/FlatEarth.pdf [29/01/21]

Páez Kano, José Rubén (2003) La esfera de la tierra plana medieval como invención del siglo XIX (Tesis de maestría). Disponible: https://rei.iteso.mx/bitstream/handle/11117/2472/Jos%C3%A9%20Rub%C3%A9n%20P%C3%A1ez%20Kano%20Lista.pdf?sequence=2 [29/01/21]

Livingston, Michael (2002) Modern Medieval Map Myths: The Flat World, Ancient Sea-Kings, and Dragons. Disponible: https://web.archive.org/web/20060209042605/http://www.strangehorizons.com/2002/20020610/medieval_maps.shtml [29/01/21]

Russell, Jeffrey Burton (1997) The Myth of the Flat Earth, Studies in the History of Science (American Scientific Affiliation), disponible en: https://www.asa3.org/ASA/topics/history/1997Russell.html [29/01/21]

15 abr 2018

Enigmas del Titanic

Se cumplen 106 años desde el hundimiento del barco más famoso de la historia, el RMS Titanic. Es por ello que iniciare este artículo acerca la historia y tragedia del transatlántico británico.

Antecedentes
El Titanic empezó a construirse el 31 de marzo de 1909 mediante la orden de construcción número 401 en el astillero Harland and Wolff de la ciudad de Belfast. Pertenecía a la compañía de buques, White Star Line, cuyo presidente era Joseph Bruce Ismay, y se hallaba en competencia con la compañía Cunard Line. Se construyeron tres buques grandes y lujosos, de nombres inspirados en la mitología griega: Olympic, Titanic y Gigantic (después llamado Britannic).

Eran necesarios 20 caballos en tierra firme para halar cada una de las tres anclas del Titanic, cuyo peso individual era de 15 toneladas y media. Para engrasar los rieles por los que el Titanic se deslizó hacia el mar fueron usadas 23 toneladas de sebo, aceite y jabón. El banquero estadounidense J.P Morgan había invertido 1.500.000 de libras esterlinas de la época para su construcción. Poseía 269 metros de eslora (largo) y 28.2 metros de manga (ancho). No fue construido para destacar en velocidad, pero, durante su breve existencia, fue el más grande del mundo. 

Se emplearon unos diez meses en completar el interior: maquinaria, acabado de decoraciones, etcétera. Sólo tres de las cuatro chimeneas del barco eran funcionales; la cuarta estaba destinada a la ventilación y fue añadida por motivos estéticos. El coste total de la construcción del Titanic: 7,5 millones de dólares de la época, unos 170 millones de dólares de la actualidad o 130 millones de euros al cambio, ajustado todo ello a la inflación.

Viaje inaugural
Contrario a la creencia popular, la fama del Titanic no era tan significativa en el momento de su partida. La leyenda del tristemente célebre transatlántico comenzó tras su naufragio. El Titanic zarpó de Southampton, Inglaterra, el 10 de abril de 1912. Antes de salir del puerto, el Titanic estuvo a punto de chocar contra el New York. "La colisión se evitó por sólo 2 pies (61 centímetros), algo que obviamente es indicativo del desastre que se preparaba", aseguró Tim Maltin. Se dirigía a Nueva York, Estados Unidos. Cruzó el Canal de la Mancha e hizo escala en Francia (Cherburgo) y en Irlanda (Queenstown).



El barco consumía alrededor de 600 toneladas de carbón. El capitán Edward John Smith estaba al mando (también comandó el Olympic), quien esperaba fuese su último viaje, ya que pensaba jubilarse.

La división de clases en el Titanic
Ya sea en tierra o en el mar, las diferencias entre clases sociales se hacían patentes e imprescindibles. Era una sociedad en la que cada quien debía tener presente cual era su lugar. Ni siquiera en las últimas y angustiosas horas del Titanic logró quebrarse esta barrera.

Primera clase

Disfrutaron de todo el lujo y comodidad del transatlántico. Contaban con piscina, baños turcos, gimnasio, biblioteca, proyector de películas, restaurantes, tres ascensores y elegantes camarotes. Había una sala de fumadores para los caballeros (si una mujer fumaba, debía hacerlo en privado). Tenían a disposición la estación de telegrafía. Eran los únicos pasajeros que podían llevar mascotas y eran paseados por dos miembros de la tripulación. Las escaleras principales estaban rematadas por una cúpula de cristal que permitía el paso de la luz natural. 


Estas escaleras pertenecían al Olympic, cuyo interior era idéntico al del Titanic


Sala de fumadores de primera clase

Varios salones fueron decorados temáticamente para reflejar diferentes periodos y movimientos como Luís XV, el jacobiano, victoriano y renacentista. Los solteros no eran separados según su género, como en la tercera clase, pues de ellos se esperaba el máximo decoro.
¿Cuánto costaba un billete de primera clase? Un billete en primera clase del Titanic tenía un precio de 4.350 dólares. El camarote de Charlotte Drake Cardeza, una sobreviviente, consistía en una suite de tres habitaciones, dos dormitorios, una sala de estar, dos vestidores y un baño. Contaba con un balcón privado. El menú de primera clase incluía ostras, cordero, salmón y pato.

Segunda clase
Esta es la categoría que menos se menciona cuando se trata del Titanic. Se habla de los privilegiados de la primera clase y los desafortunados de la tercera. Pero, ¿qué tan cerca estaba la segunda clase del pasaje más adinerado del transatlántico? 



Sala de fumadores para segunda clase.

La segunda clase contaba con un ascensor de marca Otis y un comedor casi tan grande como el de primera, de igual forma, con platillos casi tan exquisitos. No podían llevar mascotas, pero podían recibir primeros auxilios, un privilegio en común con la primera clase. Su lujo rivalizaba con las instalaciones de primera clase de cualquier otro buque de la época. La orquesta, célebre por tocar mientras el Titanic se hundía, eran pasajeros de segunda. El boleto costaba 1.750 dólares.

Tercera clase
Es verdad que la tercera clase fue la más desafortunada en el momento del naufragio. Pero en el momento de zarpar, los pasajeros de esta categoría podían considerarse afortunados. Las instalaciones eran, por mucho, mejores que las de muchos barcos. A fin de cuentas, resultaba más rentable para la compañía un pasaje de tercera, que no demandaba demasiado, en comparación con las comodidades exigidas por la clase alta. 

Salón de tercera clase


Del lado de la proa se alojaban los hombres solteros y en la sección de la popa las mujeres solteras y las familias. Solo había dos baños para los pasajeros de esta clase. No contaban con elevador, por lo que tenían que conformarse con las escaleras. El boleto podía llegar a costar 30 dólares.

Hundimiento 
Una serie de circunstancias desfavorables, o más bien, una cadena de negligencia, arrastró al Titanic hacia su desgracia. Por principio de cuentas, la tripulación recibió múltiples advertencias de icebergs. Además, un capitán experimentado como Edward Smith debía conocer los riesgos de tal ruta.  

El capitán Edward John Smith

El barco contaba con un telégrafo marca Marconi, el cual estaba a cargo de Jack Phillips y su asistente, Harold Bried. Alrededor de las 9:00 del 14 de abril, el Titanic recibió un informe de icebergs por parte del Caronia. En el transcurso de la tarde, el Baltic, propiedad de White Star Line, envió un mensaje a la 1:40 pm acerca de la presencia de icebergs en latitud 41.51 norte, longitud 49.52 oeste. El Amerika y el Noordam también se comunicaron. Esa tarde, Phillips se encontraba muy ocupado enviando mensajes de los pasajeros hacia Cape Race, pues se le habían acumulado del día anterior, cuando el aparato se dañó. Phillips recibió mensajes del barco de vapor Mesaba, que también ignoró. 

A las 23:00, Phillips fue interrumpido de nuevo por Cyril Evans, el operador del SS Californian, reportando habían sido detenidos y rodeados por el hielo. Para ese entonces, Phillips ya estaba muy irritado, por lo que respondió descortésmente al operador del Californian: "Cállese, cállese, estoy trabajando con Cape Race". A las 23:30, Evans apagó el aparato y se fue a dormir. El trato poco cordial entre Phillips y Evans resultó fatal para las personas del Titanic, ya que, a las 23:40, el transatlántico chocaría contra el iceberg.  
Frederick Fleet fue el primer vigía que divisó el iceberg y dio aviso de éste. Hay cierta controversia respecto a los vigías, pues Fleet testificó que de haber tenido binoculares (que no le fueron provistos), habría visto el iceberg mucho antes. 

El Titanic chocó contra el iceberg por el lado de estribor el 14 de abril de 1912. Se calcula que si el Titanic no hubiese llevado las puertas estancas diseñadas por el ingeniero Thomas Andrews y que aislaron los diferentes compartimentos, se hubiera hundido en tan solo media hora. El primer oficial, William Murdoch, estaba al mando del buque mientras el capitán descansaba. La película de Cameron me parece una joya, pero la única mancha que le veo es la representación que se hizo del oficial Murdoch, siendo que gracias a él se salvaron muchas personas. 

Posición de los barcos

El Californian, que estaba a menos de 20 millas del lugar, no captó los mensajes de SOS que enviaban los telegrafistas del Titanic, aunque el vigía si vio las bengalas blancas.  A las 23:30, la tripulación del Californian intentó comunicarse por medio del código Morse, sin obtener respuesta. Ese era el buque más cercano al lugar del desastre, pero el único que respondió al llamado de socorro fue el RMS Carpathia, que se encontraba a 58 millas de distancia y tardaría cuatro horas en llegar (a pesar de que iba a máxima velocidad). El Carpathia era propiedad de Cunard Line, la empresa rival de White Star Line. El Olympic estaba demasiado lejos para acudir al rescate de su gemelo.

Más tarde, el capitán Lord del Californian, con tal de limpiar su imagen, alegó que había visto un tercer barco más cerca del Titanic. De ser cierta cierta la teoría del tercer barco, se ha sugerido que éste pudo ser el Samson, un velero que cazaba focas furtivamente. Sin embargo, recientemente se descubrió que el Samson estuvo en Islandia el 6 de abril de 1912, por lo que es improbable que estuviese en el lugar del naufragio.

A pesar de la eficiencia de las puertas, el Titanic cedió ante el océano Atlántico a las 2:20 de la madrugada del 15 de abril, después de dos horas y 40 minutos del choque. Hubo sobrevivientes que afirmaron que el barco se había hundido en una pieza, mientras que otros se percataron de que se había partido en dos. Años después se comprobó que, efectivamente, el barco se había partido cerca de la tercera chimenea, pero casi debajo del agua, razón por la cual no todos los pasajeros lo notaron. 

Según una expedición de History Channel por medio del barco ruso Keldish en 2005, el barco no se levantó 45° grados sobre el nivel del mar, sino 11°.
Murieron 1517 personas por ahogamiento e hipotermia. De 2223 pasajeros y miembros de tripulación, sólo 706 personas habían sobrevivido. Las normas de seguridad de la época contribuyeron a la tragedia, ya que no se exigía que hubiese botes suficientes para todos los que iban a bordo. Sólo había botes salvavidas para 1178 pasajeros. Era el peso del barco lo que determinaba el número de botes, no el número de pasajeros. Aparte, en el momento de abandonar el barco, la mayoría de los botes no iban llenos. Había unos que no transportaban ni la mitad de su capacidad. La evacuación del Titanic fue retrasada, ya que la tripulación no estaba lo suficientemente capacitada.


White Star Line tuvo que pagar 3.500.000 libras esterlinas en compensación por las vidas y los bienes perdidos. La noticia del hundimiento del barco más grande y lujoso conmocionó al mundo. Y aún más a la enlutada Southampton, ya que, la mayoría de los miembros de la tripulación provenían de esa ciudad. 

Mitos sobre el Titanic

1. El insumergible
Este es, probablemente, el mito más extendido sobre el famoso transatlántico. En la película de Cameron se menciona repetidamente. En realidad, la empresa nunca declaró que el barco fuese imposible de hundir. Fue algo que se menciono después del hundimiento, para mayor sensacionalismo.  

2. El Titanic trataba de batir un récord de velocidad
White Star Line no pretendía construir el transatlántico más veloz. La compañía rival, Cunard Line, los superaba en este aspecto. Fue construido para ser el más lujoso y grande. Aunque es verdad que una pasajera de primera clase, Elizabeth Lines, escuchó una conversación entre Bruce Ismay y el capitán Smith acerca de mantener la velocidad del Titanic. Los horarios no dejaban de ser una prioridad.

3. El primer barco en usar la señal SOS
Eso no es verdad, hubo otros barcos que utilizaron esta señal antes que el Titanic. SOS significa "save our souls", que era más fácil de reconocer en Morse. Aunque esta señal raramente fue usada por los operadores británicos, que preferían el CQD.

4. Los pasajeros de tercera clase fueron retenidos
Si existían rejas que separaban a los pasajeros de tercera clase de los demás, pero por motivo del cumplimiento de las leyes de inmigración de Estados Unidos. Fue la clase que más decesos registró. Pudo ser debido a que la sección de tercera clase estaba más lejos del acceso a la cubierta de botes. 
Otra dificultad en el momento de su evacuación fue la barrera del idioma, ya que muchos de tercera clase eran inmigrantes no angloparlantes que no pudieron entender las instrucciones de la tripulación, que sólo hablaba inglés. 





Fuentes:
Valencia, J. A. (2012) “Titanic: 100 años después, conozca los 100 datos curiosos de un naufragio histórico”, El País.
SobreHistoria
National Geographic
Traveler
La Nueva España

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19 ene 2018

¿Cómo era la apariencia de Cristóbal Colón?

"El Almirante era un hombre apuesto, de estatura más que mediana, de rostro alargado y mejillas bien definidas; ni delgado ni grueso. Tenía nariz fina y ojos muy claros; el tono de la piel también era claro (a veces un poco sonrosado). De joven tuvo cabellos rubios, pero encaneció a los 30 años de edad. En cuanto a bebida, mujeres y ropa siempre dio señales de ser razonable y modesto."


Monumento a Cristóbal Colón en el Paseo Colón de Lima.

Ninguno de sus contemporáneos -escritor o pintor- se afanó por dar un retrato de Cristóbal Colón medianamente auténtico. Las imágenes que han llegado hasta nosotros -obras de composición literaria o imaginativa más que testimonios auténticos- son todas tardías y fueron forjadas después de la muerte del héroe por escritores que, en su mayoría, no lo conocieron y rinden pleitesía a cierto género sin preocuparse mucho por decir la verdad. En todos esos retratos se perciben claramente el artificio o el encargo y, casi siempre, el deseo de exaltar virtudes extraordinarias en un hombre llamado a realizar elevadas hazañas. 

Parafraseando y adornando -según su costumbre- el Diario del primer viaje, Las Casas nos ofrece una descripción del primer encuentro entre españoles e indios, que no ha perdido celebridad y se cita hasta en manuales destinados a niños de escuela primaria.

El gran número de indios que allí se encontraba quedaron embobados al mirar a los cristianos. Contemplaron estupefactos sus barbas, la blancura de su piel y su ropa. Se dirigieron a quienes llevaban barba y, sobre todo, al Almirante, al darse cuenta de que era el personaje de mayor consideración, porque sobresalía, por la autoridad que emanaba de su persona y porque estaba vestido de escarlata. Le tocaron las barbas con los dedos, y se maravillaron porque ellos no tenían. Contemplaron con gran atención la blancura de manos y rostros. Al ver su candor, el Almirante y los suyos complacientemente los dejaron hacer.

Es una escena muy bella del género idílico. En todo caso, la imagen que pinta Las Casas contradice en algunos puntos la que se debe a Fernando Colón. Aquí aparece un hombre que se coloca en primera fila y es de gran prestancia; el color escarlata, rojo vivo de su vestimenta no responde en absoluto a la virtuosa modestia tan alabada por el hijo.  

Los responsables de la exposición de Chicago, consagrada en 1893 a Cristóbal Colón y al descubrimiento de América, pudieron, por consiguiente, ofrecer a los visitantes 71 retratos (originales o copias). Por supuesto, no existía entre ellos ningún parecido. Todos presentaban rasgos diferentes: tez clara o morena, e incluso aceitunada; tipo mediterráneo (incluso oriental), o nórdico (dentro de la tradición de los más célebres bárbaros); rostro ovalado o alargado (a veces con perfil de directa herencia griega).


Virgen de los Navegantes (Alejo Fernández), 1531-37. Óleo sobre tabla. 

Cristóbal Colón

Unos cuantos dibujos o pinturas de caballete han logrado retener más la atención debido a cierto aroma de autenticidad. Morison, con cierta simpática ingenuidad, demuestra gran ternura por un cuadro pintado en 1520 por un artista cordobés, Alejo Fernández, para la confraternidad de marinos, armadores y pilotos de Sevilla. Se trata de una Nuestra Señora del Buen Aire, donde aparece una virgen muy joven y sonriente, que envuelve entre los pliegues de su capa a varios personajes arrodillados. Uno de esos hombres, a la izquierda, según se dice es Cristóbal Colón. Se trata sin duda de una seductora hipótesis, pero no tiene otra base que el suponer que el pintor conoció en su juventud al Almirante, el cual entonces residía en Córdoba. En 1520 ese encuentro había tenido lugar, por lo menos, 30 años atrás, y el propio Colón ya tenía 15 de muerto.

Otro retrato a menudo considerado "auténtico": éste, se afirma, fue pintado entre 1530 y 1540, o sea, más tarde que el anterior, para el obispo de Como, Paolo Giovo. Este prelado, humanista y médico, había reunido una galería de retratos de hombres célebres en aquella época, descritos, por otra parte, en su Elogío de hombres ilustres, publicado el año de 1551, donde efectivamente habla de Colón. Ahora bien, la colección de retratos de la galería Giovo compuesta e ilustrada en esa época, las Musei Joviani Imagines, la cual reúne en cuatro gruesos volúmenes 130 grabados en madera con sus respectivos comentarios, asignan al Almirante un tipo físico e incluso una ropa (el hábito franciscano) muy diferentes a los de la pintura de caballete conocida hoy en día.

S. E. Morison nos lo presenta en estos términos: "...Esbelto, bien puesto, pelirrojo, de faz encendida con algunas pecas, nariz de trazo firme, rostro alargado, ojos azules, pómulos salientes..."

Durante el siglo XVI (incluso más tarde) el descubrimiento y la conversión: el Almirante con atuendo cortesano, casaca entallada, gran sombrero, la ropa siempre adornada con cintas y encajes, desembarca en tierra desconocida; lo acompañan dos soldados con arcabuz al hombro; otros plantan una cruz en el suelo; un cacique -casi siempre el célebre cacique Guacanagari, según afirman los textos explicativos-, acompañado de algunos salvajes más o menos desnudos, le lleva presentes de oro y plata: magníficas piezas de orfebrería ricamente labradas, cofrecillos, copas e incensarios, todo ello del más puro estilo europeo de aquella época. 


Bibliografía:

Heers, Jacques. (1992). Primera colonización de las Indias Occidentales. En Cristóbal Colón(pp. 9-12). México: Fondo de Cultura Económica.


30 dic 2013

El atuendo de la reina Elizabeth I

La reina Isabel I de Inglaterra era muy cuidadosa con su imagen personal. Con su aspecto debía representar a una Inglaterra imponente. Ella era un símbolo de la nación inglesa. Debe recordarse que Enrique VIII buscaba transmitir una imagen de poder y realeza. 


Guardarropa
La reina Elizabeth es famosa por su magnífico guardarropa. Se dice que ella poseía 3.000 vestidos, aunque muchos de ellos eran regalos que nunca fueron usados. A medida que envejecía, sus trajes se hicieron cada vez más espectaculares. Sus collares y gorgueras almidonadas crecieron, e incluso en la vejez, disfrutó con vestidos muy escotados. Los vestidos de Elizabeth fueron hechos con los materiales más finos (seda, terciopelo, tafetán, o de tela de oro) y eran cubiertos con piedras preciosas, perlas y bordados de oro y plata. 
Debajo de sus prendas, ella llevaba una camisa de lino fino para proteger sus vestidos (que nunca podrían ser lavados) de la transpiración. La reina también era atada con un corsé de hueso de ballena, y llevaba una enagua rígida conocida como miriñaque, haciendo que caminar y sentarse fuera desafío. Las medias de Elizabeth eran de seda (la mayor parte de sus súbditos tenían medias de lana) y su zapatero real le hacía un nuevo par de zapatos cada semana.

Maquillaje y pelucas
La práctica de Elizabeth de enyesar su rostro con maquillaje se remonta a su temprana edad media. Su ataque de viruela, cuando ella tenía 29 años, le había dejado con las mejillas llenas de cicatrices de forma permanente y -se informó- en parte calva. Después de su recuperación, ella adoptó una nueva forma de presentarse ante el mundo. En lugar del estilo natural de sus veinte años, ella ahora llevaba mucho maquillaje y una serie de elaboradas pelucas y postizos.



Las damas isabelinas comúnmente se aplicaban un "blanqueamiento" de loción para la cara y los pechos. Este compuesto se hace a menudo de albayalde, una mezcla de vinagre y el plomo blanco, que tuvo el indeseable efecto secundario de la intoxicación. Otras lociones que blanquean se hicieron a partir de cáscara de huevo en polvo, semillas de amapola y bórax. Los labios y las mejillas enrojecidas usando colorantes naturales como la rubia, la cochinilla y el ocre, pero bermellón (sulfuro de mercurio) era la opción más popular para las damas de la corte. Las mujeres insertaban gotas de belladona en los ojos para hacerlos brillantes y esbozaban sus párpados con antimonio en polvo. 

Las cejas fueron arrancadas para formar un arco alto y también se arrancaban el pelo para crear una frente alta. Las pelucas y postizos eran rizados y conformados en estilos elaborados y adornados con perlas y otras joyas. Las pelucas fueron hechas de cabello humano, y las chicas eran advertidas sobre cubrir su cabello al caminar por la ciudad en la noche.




Fuente:
Bingham, Jane: The Tudors, Metro Books, New York.

2 ago 2013

Los pretendientes de María Tudor


File:Queen Mary I of England.jpg

Durante su vida, María Tudor fue comprometida o estuvo a punto de estarlo con diversos personajes de la realeza. E incluso fue relacionada con algunos nobles ingleses. Todos esos intentos de casamiento durante la juventud de María fracasaron, ya que su padre, Enrique VIII, siempre frustraba los planes. Fue hasta el 25 de julio de 1554 cuando la reina María se casó con Felipe de España, hijo de Carlos V. Estos son de los más conocidos, si me hace falta uno, agradecería mucho que me lo hicieran mencionar en un comentario. 

El delfín francés
La reina Catalina encarnaba en todos salvo un sentido —el aporte de un heredero varón— el ideal de la consorte de comienzos del siglo XVI. En 1518 pareció que remediaría su única deficiencia. En algún momento de la primavera, tal vez a fines de febrero, volvió a quedar encinta. 


El momento de ese embarazo de la reina tenía un sabor especial ya que, el 28 de febrero de 1518, la reina francesa había dado a luz un heredero. El rey de Inglaterra aceptó ser el padrino del delfín. Pero había otro aspecto en el nacimiento de un príncipe francés que valía la pena considerar puesto que existía una princesa inglesa de aproximadamente la misma edad: el diplomático. 

El propuesto compromiso del bebé delfín de Francia con la princesa María de Inglaterra, de dos años, fue la expresión simbólica de un nuevo acuerdo entre sus respectivos países, finalmente expresado en el Tratado de Londres el 4 de octubre de 1518. En el momento existía la convicción optimista de que Catalina daría a luz a un príncipe sano, por lo que María no era vista por entonces como la potencial heredera del trono inglés. 

La princesa María y el delfín, Los Tudor

La alianza con Francia era el sueño de Wolsey, no de la reina; él era ahora el confidente más íntimo del rey en cuestiones de política, así como su diligente servidor. En cuanto a la posición de la reina, su prestigio político siempre era mayor cuando Inglaterra se inclinaba por una alianza con España, no cuando el clima diplomático era favorable a Francia, enemigo ancestral de su familia. Por la misma razón, no podía desear ver a su hija casada con un príncipe francés. Su sobrino Carlos seguía siendo el soltero más elegible de Europa. Pero también ella parecía haber aceptado el objetivo pacifista del tratado como auténtico. Luego, el 18 de noviembre, ocurrió la tragedia. El "príncipe" esperado tan confiadamente resulto ser una princesa que nació muerta. 

La alianza con Francia resultaba incómoda para muchos de la nobleza inglesa; luego estaba la posición de la princesa María como prometida del delfín. Aunque es importante comprender que, a comienzos de 1520, de ningún modo se habían perdido por completo las esperanzas de que la reina diera a luz a un heredero varón. Además había también disputas sin resolver entre Inglaterra y Francia que iban de lo material, a lo político. 

El emperador Carlos
Asegurar la reunión de su sobrino y su esposo se convirtió en el principal objetivo diplomático de la reina. El emperador llegó a Dover el 26 de mayo. El instinto político de Catalina no falló: el breve encuentro entre el emperador y el rey de Inglaterra fue un éxito. 


El muchacho serio, más bien desgarbado, de cara alargada con el prominente labio inferior de los Habsburgo, que ella abrazó con éxtasis en las afueras de Canterbury, acompañada de una cabalgata de sus damas, se presentó con aire desconfiado ante su magnífico tío. En un largo desayuno, se discutió el tema de la paz de Europa. Es muy posible que en esa ocasión se tocara el tema del compromiso de la princesa María con su primo Carlos. 

Es cierto que en aquel momento la niña estaba oficialmente comprometida con el delfín francés, pero nadie mejor que esas tres figuras de la realeza conocía la naturaleza evanescente de tales compromisos. Contratos inflexibles se habían fundido con notable rapidez cuando las razones de Estado lo requerían. 

Con una hipocresía muy común en la época, el rey Enrique permitió que continuaran las ociosas conversaciones relativas al destino matrimonial de su hija María, a pesar de su compromiso con el "rubio...grande...y feliz" delfín. 



María Tudor

A comienzos de 1521, la princesa María, que cumplió cinco años en febrero, aún estaba técnicamente comprometida con el delfín de Francia. Pero el rey Enrique se inclinaba de modo creciente hacia lo que consideraba, comprensiblemente, un destino mejor: el matrimonio de María con su primo hermano (dieciséis años mayor). En agosto, el cardenal Wolsey, en Brujas, negoció el tratado de matrimonio como parte de la "Gran Empresa" por la cual Enrique y Carlos harían la guerra contra Francisco. Como siempre, los arreglos relativos a la dote fueron objeto de duras negociaciones. Se afirmaba: "En caso de que el rey de Inglaterra muera sin heredero varón, y la princesa María se convierta en reina de Inglaterra, el emperador electo no tiene derecho a ninguna porción del matrimonio". El texto del tratado se refería a la otra posibilidad —"Si nace un heredero varón del rey de Inglaterra, de modo que la princesa María no puede sucederlo en el trono"— que confirmaba la posición de la princesa. 

De modo que el rey Enrique se pasó jubilosamente al campo del emperador. Entretanto, la visita de Carlos V a Inglaterra en junio de 1522 constituyó un triunfo público para la reina Catalina. El emperador llegó con un séquito de 2.000 cortesanos y 1.000 caballos a Dover, donde el rey lo esperó y le mostró sus naves, que el joven elogió mucho. Sin embargo, el 2 de junio de 1522, ahí estaba ese gran emperador arrodillado ante Catalina a las puertas del palacio de Greenwich, pidiéndole su bendición: "Porque ésa es la tradición de España entre tía y sobrino". La reina Catalina sabía que los dos estaban unidos no sólo por la "consanguinidad" sino también por el "amor". Además, ese príncipe omnipotente se convertiría un día en el esposo de la niñita que había sido llevada a Greenwich para conocerlo. A los seis años y tres meses, la princesa María le dio a su prometido obsequios: caballos y halcones. 


Thomas Wolsey
El cardenal Wolsey

Después de la visita del emperador, el lenguaje de los ingleses, incluido el del cardenal Wolsey, hace evidente que la idea del matrimonio resultaba más atractiva con el paso del tiempo. Sobre todo el sueño de un nieto que gobernara toda Europa, "como Europa no había sido gobernada desde los tiempos de los romanos", sería "magnífica compensación" para Enrique VIII por su falta de un hijo varón. Ahora Enrique hablaba habitualmente de Carlos como su hijo, y fue especialmente afortunado que Carlos V no tuviera ningún padre vivo que compartiera con las pretensiones de Enrique. 



Para la reina Catalina, el matrimonio imperial prometía mucho y no era amenazador. Ni la reina ni el rey parecían haber prestado demasiada atención a la diferencia de edad de la pareja, aunque podría habérseles ocurrido que la necesidad práctica de Carlos V de un heredero haría el periodo de espera demasiado largo para el. El duodécimo cumpleaños de la princesa María (la edad mínima para la cohabitación, suponiendo que la muchacha estuviera lo suficientemente madura físicamente  no se celebraría hasta febrero de 1528). La reina descartaba tales pensamientos en favor de educar a su hija para ser reina de España, como una vez Isabel la había educado a ella para que fuera reina de Inglaterra. 



Jacobo V, rey de los escoceses 
Catalina seguía escribiéndole amorosamente a su sobrino y futuro hijo político. Pero para el rey y Wolsey, la maniobrabilidad de la hija era como una moneda de oro valiosa: otras negociaciones con la misma moneda no afectarían a su valor, en tanto no fuera entregada. Por tanto, comenzaron las negociaciones entre los ingleses y los escoceses por otra unión: la de María y otro primo hermano por el lado paterno, el joven Jacobo V de Escocia.





Esa pareja hubiese sido una de las probabilidades más interesantes de la historia británica; ¿no habría adelantado en más de cincuenta años la unión de las coronas? Durante un tiempo parece que fue una opción seria, al menos para algunos escoceses y muchos ingleses. 

El obispo de Dunkeld, por los escoceses, predijo que ese "matrimonio conveniente" "uniría los reinos de Escocia e Inglaterra en perpetuo amor y unidad". En cuanto a los ingleses, muchos de ellos era suficientemente realistas para comprender que el ascenso de Jacobo V al trono de Inglaterra, con María a su lado, no conduciría necesariamente a que Escocia devorara Inglaterra, sino más bien a lo opuesto. Jacobo era medio inglés (a diferencia del emperador); por parte de su madre, era en realidad el heredero varón Tudor más cercano. La princesa María ni siquiera sería cogobernante: simplemente, proporcionaría la misma validez, por su ascendencia real, que Isabel de York había proporcionado a Enrique VII. Pero había un problema: la antipatía profundamente arraigada entre las dos naciones arrojaba ciertas dudas sobre la predicción esperanzada del obispo Dunkeld. Los escoceses temían el imperialismo inglés y se aferraban a su antigua relación con Francia como medio para preservar su independencia. Los ingleses, por su parte, sentían disgusto y desdén por los escoceses. 


Las negociaciones no comenzaron formalmente hasta 1524, cuando el rey Jacobo cumplió doce años. A fines de noviembre se declaró una tregua entre Escocia e Inglaterra; ya en diciembre hubo enviados escoceses en la corte inglesa que manifestaron el tierno amor del joven rey por su tío y cómo necesitaba ayuda para salvaguardar su herencia "mediante un apropiado matrimonio". En enero, la reina Margarita Tudor escribía sobre "la perpetua Pax" que ese matrimonio establecería entre los dos países. Pero tal "Pax" no estaba destinada a establecerse. 

No hay razón para dudar de que el compromiso del rey Enrique con el matrimonio imperial hubiera sido absolutamente serio desde el comienzo, a pesar de sus maniobras con los escoceses. En la Navidad de 1524, Louis de Praet, el embajador imperial, al encontrarse con los embajadores escoceses en la corte inglesa, preguntó sin tapujos en qué dejaba eso al tratado imperial. Tanto el rey como el cardenal Wolsey le aseguraron que no tenían ninguna intención de romper la alianza: el juego era simplemente impedir que Jacobo V se casara con una princesa francesa. Y eso parecía la verdad. El matrimonio angloescocés se frustró por el deslumbramiento del rey Enrique con la idea de su hija convertida en emperatriz y de un nieto emperador. 

El emperador rompe el compromiso inglés
Sin embargo, el reservado emperador parecía apartarse del proyecto inglés. Necesitaba una reina que contentara a sus Cortes y pacificara a los súbditos españoles; necesitaba una esposa con una gran dote y, además, la necesitaba cuanto antes para empezar a tener hijos. Su candidata era otra prima hermana: Isabel de Portugal, hija de María de Aragón, la hermana de Catalina. Tenía veintitrés años y una espléndida dote de un padre con acceso a la riqueza colonial; su mezcla de sangre portuguesa y española, que prometía unidad ibérica, agradaba a las Cortes. 

Isabel de Portugal 

Carlos V se comprometió oficialmente con Isabel en julio de 1525 después de romper el compromiso inglés en mayo. Se casó con ella al año siguiente, resultando una unión amorosa, que además trajo beneficios políticos y económicos. Los hechos era muchísimo menos felices desde el punto de vista del rey Enrique y la reina Catalina.

Henry Fitzroy, duque de Richmond
Años más tarde, Enrique VIII se afanaría en anular su matrimonio con Catalina de Aragón. El derecho al trono de la princesa María constituía una amenaza para los hijos del segundo matrimonio del rey. Evidentemente, los asesores del rey hicieron algunos torpes esfuerzos relativos a la situación ambivalente de la princesa.

Henry Fitzroy

Uno de los más extraordinarios fue la extraña idea faraónica de que los hermanastros —María y Henry Fitzroy— se casaran. Eso era contrario al derecho canónico. Pero el Papa parece haberse inclinado a otorgar una dispensa para tal matrimonio, a condición de que el rey abandonara el proyecto de divorcio: lo que demuestra lo flexibles que podían ser las leyes de parentesco, supuestamente estrictas.

El cardenal Campeggio le mencionó el tema en una carta al secretario del Papa, el 17 de octubre. Wolsey le había dicho que "ellos habían pensando en casarla [a María] con una dispensa de Su Santidad con el hijo natural del rey, si ello podía hacerse". A lo que replicó Campeggio: "También yo pensé en eso al principio" como un medio para asegurar la sucesión. "Pero no creo que este plan sea suficiente para acabar con el principal deseo del rey", agregaba, evaluando con mucho acierto la pasión privada de Enrique VIII.


Posibilidades de matrimonio 
El 23 de mayo de 1533, Thomas Cranmer declaró inválido el matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón. Ese mismo año, Ana Bolena fue coronada reina de Inglaterra, quien dio a luz en septiembre a una criatura sana, Isabel.


Enrique VIII y Catalina de Aragón, padres de María Tudor

La antigua reina quedaba apartada de la corte y la princesa mayor ya no era la presunta heredera de su padre. María perdió la posición que había ocupado desde su nacimiento en 1516, en vista del alumbramiento de la nueva reina. Si bien la disolución formal del matrimonio de sus padres en Dunstable, en mayo de 1533, había vuelto a María teóricamente ilegítima, hasta ese momento no se había tomado ninguna medida para remarcar el hecho. 

Durante todo ese período, la posibilidad de su matrimonio siguio siendo un factor: María, a los diecisiete años y medio en el verano de 1533, era ya mayor que su madre en la primera de sus bodas. En enero de 1532, por ejemplo, el chambelán del duque de Cleves había hecho una visita exploratoria a la corte inglesa, y al menos Chapuys había pensado que esa boda era una posibilidad. Unos meses más tarde, Chapuys informó de que el nombre de la princesa estaba siendo vinculado una vez más al de su primo hermano, el rey de los escoceses.

La Ley de Sucesión
Esta ley declaraba formalmente la validez del matrimonio del rey Enrique y la reina Ana, y el derecho de su vástago legal a la sucesión. Tampoco ahora se declaraba específicamente a la princesa María ilegítima, aunque los términos de la ley sugerían que ése era el caso. Esa omisión probablemente fuera una precaución de Cromwell, cauteloso debido a la mortalidad infantil o, práctico como siempre, para evitar que se redujeran las perspectivas de María en los grandes mercados matrimoniales, como el de Francia.

Lady Bryan presentándole la princesa Isabel a lady María, serie Los Tudor

La nueva "lady María", que había usado el título de princesa desde que tenía uso de razón, fue humillada. Además, se le exigía que presentara sus respetos a su hermanastra Isabel: oficialmente una princesa real pero para ella no más que la hija de la odiada concubina. La salud de María se resintió. 

Enrique VIII y Jane Seymour se comprometieron secretamente en Hampton Court, en la mañana del 20 de mayo, veinticuatro horas después de la ejecución de Ana Bolena. El 30 de mayo se celebró el matrimonio entre el rey y Jane, rápida y discretamente, en "el gabinete de la reina", en Whitehall. Los futuros hijos de su último matrimonio debían ser, naturalmente, los herederos del reino. La segunda Ley de Sucesión, que reemplazaba la de 1534, no debía ser derogada o alterada.

Esa nueva ley significaba que Isabel era ahora ilegítima, como María. Pero las posiciones relativas de ambas jóvenes en ese punto eran muy diferentes. Con la rehabilitación de María, la cuestión de su matrimonio naturalmente volvía a tener importancia.


Don Luis de Portugal



En mayo de 1537, don Diego Hurtado de Mendoza llegó como enviado especial de Carlos V, encargado de negociar un matrimonio adecuado para María: se sugería a don Luis, heredero del trono de Portugal y hermano de la esposa de Carlos V. Chapuys, al retirarse de la presencia del rey, fue a presentar una cálida carta del emperador dirigida a la reina. Según el embajador, la reina Jane "demostró gran placer, y dijo que siempre haría todo lo posible por ayudar en los asuntos del emperador y en los de la princesa [María]". Luego le comentó a Chapuys que había tratado de persuadir al rey para que abandonara su antigua amistad con Francia y buscara la del emperador. 

La reina Jane murió el 24 de octubre de 1537, sólo doce días después del nacimiento de su hijo. El rey Enrique pasó la Navidad de 1537 en Greenwich "en traje de luto": de hecho, no abandonó el negro hasta el día siguiente a la Candelaria, el 3 de febrero de 1538. Para entonces, las prácticas averiguaciones de Cromwell sobre las princesas de Francia, inmediatamente después de la muerte de la reina Jane, se habían convertido en una caza a escala internacional de una nueva mujer que compartiera la cama matrimonial del rey inglés.

Cristina de Milán


John Hutton, embajador en Holanda, fue uno de aquellos a quienes se encargó que elaboraran una lista. Hutton recomendaba en particular a la duquesa Cristina de Milán, de dieciséis años: "una belleza excelente". Era la sobrina nieta de Catalina de Aragón, pero en dificultades como el grado de parentesco fue en lo último en lo que pensó el rey Enrique cuando oyó hablar de la deliciosa Cristina. 

Pero las negociaciones para la unión del rey con aquella maravilla se prolongaron enloquecedoramente. Lo que se contemplaba ahora era la doble unión del rey con la sobrina del emperador (la duquesa Cristina) y de su hija María con el cuñado del emperador, don Luis de Portugal.

El conde de Devon
Entretanto, el rey de Inglaterra se volvía cada vez más paranoico; dada su preocupación por la continuidad de la dinastía Tudor, no sorprende que diera rienda suelta a su paranoia atacando a sus primos de sangre real que vivían en Inglaterra: la familia Courtenay, encabezada por el marqués de Exeter; los De la Pole, encabezados por lord Montagu.

El conde de Devon

En cuanto a Exeter, Cromwell le aseguraría luego al embajador francés que había planeado casar al joven conde de Devon (su heredero) con María, matar al príncipe Eduardo y "usurpar el trono". Nunca se presentó ninguna prueba de la existencia de aquel plan tan letal y bien pensado.


El duque de Cleves
Los sueños de la adorable Cristina por una parte y la alianza imperial por la otra habían distraído la atención de la posibilidad de que el ducado de Cleves proporcionara la nueva reina. En todo caso, había sido la familia gobernante de Cleves la que había hecho el gesto: en 1530, por ejemplo, el duque Juan III había propuesto un matrimonio entre su hijo y María; en 1532 su chambelán había visitado la corte inglesa. En junio de 1538 se reflotó brevemente la idea de un doble matrimonio, de María con Guillermo y del rey Enrique con alguna parienta no especificada. 


En febrero de 1539, el duque Juan murió, dejando los territorios Cleves-Guelderland, ahora consolidados, a su hijo de veintidós años, Guillermo. Holbein regresó a Inglaterra a fines de agosto; sus obras fueron mostradas al rey, que pasaba el verano en Grafton. A Enrique le gusto lo que vio o, al menos, como su reacción no quedó registrada, no le disgustó. Estuvo conforme con que se arreglaran los detalles de la alianza. 

En la noche del 6 de enero de 1540 se celebró en Greenwich el matrimonio entre Enrique VIII y Ana de Cleves. Pero antes, Enrique había tenido un encuentro desastroso con Ana en Rochester y se mostró decepcionado de su nueva esposa. 


Entretanto, la situación internacional en 1540 no proporcionaba la justificación para el matrimonio que hubiese podido consolar al rey. En cuanto al duque Guillermo de Cleves, sus ojos se habían alejado de la hija del rey, María. Otra princesa era una posibilidad mucho más atractiva como esposa. Juana de Albret, de doce años, hija de Margarita de Angulema en su segundo matrimonio con el rey de Navarra, era no sólo la heredera de ese reino sino también sobrina del rey de Francia. 


El duque Felipe de Baviera


Pero Inglaterra tenía la posibilidad de conseguir un aliado realmente luterano entre los príncipes germanos. Mientras el rey Enrique aguardaba ansiosamente en Greenwich que se calmaran los mares tempestuosos que lo separaban de la reina Ana, su hija María, de veintitrés años, se había encontrado en la inesperada situación de recibir a un pretendiente. El duque Felipe de Baviera, sobrino del elector palatino (el Palatinado era un principado más poderoso que Cleves), se presentó por propia iniciativa a cortejarla. Si bien la pía y católica lady María no le agradaba particularmente la religión luterana de su pretendiente, conversaba graciosamente con él en latín y en alemán por medio de un intérprete. 

María Tudor y Felipe de Baviera, serie Los Tudor


El excitado embajador francés en realidad creía que se habían intercambiado besos en los jardines invernales del abad de Westminster; comento que "ningún señor de este reino se ha atrevido a ir tan lejos" desde la muerte de Exeter, del que se suponía que planeaba casar a María con su hijo; eso ilustraba el peligro de conspiración, imaginaria o no, que implicaba casarse con la hija mayor del rey. Según su costumbre reciente, María dijo que se sometería a los deseos de su padre, cualquiera que fuese la religión de su pretendiente, de modo que, cuando el rey nombró al duque Felipe Caballero de la Jarretera y le presentó obsequios, pareció existir una clara posibilidad de un vínculo luterano con Inglaterra. Era probable que eso causara un gratificante fastidio al emperador, al que tampoco le agradaría que se diera la mano de su prima en tal dirección. 

Thomas Cromwell
La magia que lo había protegido tanto tiempo, la confianza del rey en la capacidad de su servidor, se había debilitado fatalmente por el asunto del matrimonio con Ana de Cleves. Cromwell debía ser sentenciado a muerte en aplicación de la Ley de Proscripción, sin juicio previo. Irónicamente, era el nuevo método de proceder que el propio Cromwell había sugerido usar con Margaret, condesa de Salisbury, que aún seguía languideciendo en la Torre. 




La Ley de Proscripción incluía la acusación de que Cromwell había jurado casarse con la hija del rey, María, en 1538, y usurpar el trono, lo que sin duda debió dejar boquiabierto incluso a los cortesanos más leales.


Últimos años de Enrique VIII
En cuanto a las alianzas extranjeras cimentadas con tratados matrimoniales, en esos tiempos ya era más importante el hecho de que el rey tuviera tres hijos casaderos a los que apostar: lady María, de veintiséis años, cuyas perspectivas siempre mejoraban en ausencia de una reina que pudiera tener otros hijos que la alejaran de la sucesión; lady Isabel, que se acercaba a los nueve, y el príncipe Eduardo, cuya posición como heredero indudablemente legítimo lo hacían maduro para esa clase de negociaciones, a pesar de su tierna edad. 



María Tudor aproximadamente a la edad de 28 años

La salud de lady María se había resentido a causa de sus reveses de fortuna: aunque ahora estaba oficialmente confirmada en la sucesión. Pero sería un error creer que a la "doncella" de veintisiete años era una solterona fea y frustrada: por ejemplo, le gustaba apasionadamente el juego y era aficionada a la ropa y las joyas, así como a la música y la danza.


Thomas Seymour
El rey Enrique VIII murió el 28 de enero de 1547. Thomas Seymour había sido uno de los favoritos del viejo rey, su cuñado, que lo había nombrado lord gran almirante de Inglaterra en 1544. La verdadera debilidad de Seymour eran sus celos enfermizos por su hermano mayor Somerset, distinguido primero por sus victorias militares antes de elevarse a la posición de protector. 




Thomas Seymour

En la campaña de derribo posterior, cuando Seymour cayó en desgracia, también se sugirió que había tratado de casarse sucesivamente con lady María y con lady Isabel antes de poner los ojos en la reina viuda. Pero no hay ninguna evidencia en las actas del Consejo Privado de que Seymour hiciera tal cosa. Lady María señalaría que nunca había hablado con Seymour, aunque lo había visto.



Bibliografia                                                                                         Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.