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23 ago 2019

La sexualidad en la Edad Moderna (Parte 2)

Los registros bautismales ingleses revelan que las tasas de concepción prematrimonial, que en los años 1550-1749 llegaban al 20 por 100, se dispararon, en la segunda mitad del siglo XVIII, hasta superar el 40 por 100. Ni las autoridades protestantes ni las católicas miraban con indulgencia tales desafueros. A partir del siglo XVI, y sobre todo después del Concilio de Trento, en 1563, la Iglesia Católica comenzó a librar una sistemática batalla contra todas las formas de relaciones prematrimoniales.

Amor sacro y amor profano (1515). Tiziano. 

Pese a los muchos y repetidos intentos de eliminar el sexo prematrimonial y la cohabitación, las áreas rurales resistieron durante mucho tiempo el modelo "aprobado" de matrimonio, que estipulaba que todas las parejas debían ser acordadas por los padres. La Europa de los siglos XVI y XVII fue testigo de una andanada de regulaciones contra el matrimonio sin el consentimiento paterno, lo cual privó poco a poco a los jóvenes del derecho a elegir pareja, aun cuando se hubieran prometido, se hubiesen entregado alianzas y hasta hubiesen tenido relaciones sexuales. Particularmente eficiente en las áreas urbanas, el modelo paternalista del matrimonio permaneció incólume hasta el siglo XVIII, cuando la "anglomanía" convalidó un movimiento hacia una visión nueva, sentimental, de los afectos conyugales dentro de las clases altas. La Inglaterra aristocrática se colocó un paso adelante respecto del resto de Europa en el desarrollo de una nueva ideología de la familia según la cual la jerarquía patriarcal en vigor desde la Baja Edad Media cedía el paso a unas relaciones más estrechas e igualitarias entre los esposos. Sin embargo, incluso los que defendían estas ideas, se mostraron inflexibles en la condenación de otros dos motivos posibles de matrimonio: el deseo de beneficio monetario y la pasión sexual o romántica.

Relaciones conyugales
Ciertos rasgos del comportamiento sexual del primer periodo moderno son peculiares de Europa. El primero es el intervalo promedio de diez o más años entre la pubertad y el matrimonio. Esta brecha, que tendía a ser mayor entre las clases sociales más bajas que entre las altas, continuó ensanchándose durante los siglos XVII y XVIII. Además, hay una cantidad significativa de personas que nunca se casaron y que va del 10 por 100 entre los campesinos y pobres de las ciudades a más del 25 por 100 entre las elites. Un segundo rasgo particular es la noción de amor romántico sobre la constante biológica del impulso sexual.

Una tercera y última constante fue el predominio  de la ideología cristiana en la legitimación y práctica de la sexualidad. Aunque algo mitigada por reemplazar el ideal medieval de la virginidad por el del sagrado matrimonio, persistió la actitud desconfiada y hostil respecto a la sexualidad.


Las autoridades religiosas consideraban pecado mortal todo acto sexual fuera del matrimonio, así como todo acto conyugal no realizado en función de la reproducción. San Jerónimo declaró que el marido que abrazaba a su mujer con excesivo apasionamiento era un "adúltero" porque la amaba tan solo por el placer que le procuraba, como haría con una amante. Reafirmada por santo Tomás de Aquino e interminablemente repetida por manuales de autores confesionales durante los siglos XVI y XVII, la denuncia de la pasión en el matrimonio condenaba tanto a la esposa apasionada como al marido libidinoso. Hasta las posiciones que adoptara la pareja estaban sujetas a estricto control. La posición denominada retro o more canino (que no debe confundirse con sodomía) se declaraba contraria a la naturaleza humana porque imitaba el acoplamiento de animales. Igualmente "antinatural" era la posición mulier super virum, en la medida en que colocaba a la mujer en una posición activa.

Los textos médicos daban sostén a las regulaciones teológicas. Ambas autoridades estipulaban ciertos días en los que debían evitarse las relaciones sexuales. Para los píos, los días de ayuno, las fiestas religiosas, los domingos, Navidad, Viernes Santo y Pascua, eran días de castidad. También se recomendaba durante toda la Cuaresma, aunque los teólogos del primer periodo moderno ya no esperaban que los fieles fueran capaces de la plena abstinencia. Además, se instaba a las parejas a que evitaran la relación sexual durante los meses calurosos. La intimidad durante los ciclos menstruales y los cuarenta días después del parto se consideraban peligrosos para la salud del marido. La tasa de mortalidad infantil era considerablemente alta durante los dos primeros años de vida, lo que condujo a autoridades médicas y religiosas a prohibir las relaciones sexuales durante el amamantamiento. E igual eran consideradas una amenaza para el producto del embarazo. 

Junto con el coitus interruptus, la homosexualidad y la bestialidad, la masturbación era uno de los cuatro pecados sexuales que desafiaban el imperativo natural de reproducción. La única forma de masturbación autorizada era la automanipulación femenina, ya fuera en preparación para el coito o después de una eyaculación y retiro precoz del marido, a fin de lograr el orgasmo, "abrir" la boca de la matriz y liberar el "semen" femenino que, de acuerdo con las autoridades médicas del siglo XVII, era tan útil como el del varón. Aunque este tema siguió siendo objeto de discusión en los manuales de confesión hasta bien entrado el siglo XVIII, la mayoría de los teólogos aceptaban la teoría médica de Galeno en relación con la deseabilidad de la satisfacción femenina. 




Bibligrafía
Bajo la dirección de Georges Duby y Michelle Perrot, "Historia de las mujeres en Occidente : del renacimiento a la edad moderna", Madrid, España: Taurus; Santillana; 2000, pag.102-108.


22 ago 2019

La sexualidad en la Edad Moderna (Parte 1)


En la Europa del siglo XVII, los pocos baños públicos que quedaban servían a dos finalidades capitales, y lo más probable era que quien no se bañaba por razones de salud se estuviera preparando para una cita amorosa. Análogamente, la cosmética femenina era desaprobada por sus misteriosos poderes de seducción, que, de acuerdo con los moralistas y teólogos, inducían a los hombres a su perdición en las dulces gargantas de la lujuria. 

Amor y Psique. 1589. 
Jacopo Zucchi 

Mientras que la Edad Media había sido testigo de la formulación de una ética sexual basada en el rechazo del placer y la obligación de procrear, solo en el siglo XVI se lanzó una campaña contra todas las formas de desnudo y sexualidad extraconyugal. Entre los años 1500 y 1700, nuevas actitudes respecto del cuerpo y nuevas reglas de comportamiento dieron lugar a una promoción de castidad y timidez en todas las áreas de la vida diaria. Se cerraron los burdeles, se obligó a los bañistas a conservar las camisas puestas y el camisón reemplazó al desnudo como equipo aprobado para dormir. Bajo la doble influencia de la Reforma protestante y la Contrarreforma católica, los artistas renunciaron a la dura batalla de exhibir la forma humana. 

En los siglos XVII y XVIII, las refinadas damas parisinas se desvanecían a la vista de cuerpos masculinos desnudos en las orillas del Sena; mientras introducían leche o salvado en su baño privado para preservar de la vista de la servidumbre su cuerpo desnudo. La timidez se convirtió en signo de distinción social y moral.

Las primeras víctimas de la nueva ola de moralidad social fueron las mujeres. En la Baja Edad Media fueron comunes los burdeles de propiedad municipal o autorizados . La prostitución se alentaba con el fin de combatir la homosexualidad, considerada como una de las mayores enfermedades sociales de la época.

Campesino y prostituta. Lucas Cranach el Viejo

Sin embargo, en el siglo XVI, los mismos municipios que habían estimulado la prostitución, se volvieron en contra de esas mismas cosas que unas décadas antes habían cumplido una función social. Acusadas de expandir el libertinaje y la enfermedad, las prostitutas se convirtieron en uno de los grupos "criminales" de la población (junto con los vagabundos y las brujas) que las autoridades seculares y religiosas habían destinado a ser eliminadas. 

La consolidación de la autoridad legislativa y el poder que caracterizó el Renacimiento no solo se preocupó del derecho penal, sino también de las ofensas morales. En 1560, Fernando I de Austria aprobó una serie de edictos contra las ofensas morales que culminaron en la creación de un Comité de Castidad, mientras que solo cinco años antes, en Francia, la violación a una prostituta se declaraba delito tan insignificante que ya no valía la pena castigarlo. Al mismo tiempo, predicadores católicos y protestantes movilizaban la opinión pública contra las damas de la noche: los luteranos fueron responsables del cierre de prostíbulos en Ulm en 1537, en Regensburg en 1553, y en Nuremberg en 1562. Como era predecible, la cantidad de arrestos y juicios en los tribunales civiles relacionados con delitos sexuales fue en aumento. En 1562, en Ginebra, no menos del 20 por 100 de los casos criminales juzgados implicaban relaciones sexuales ilícitas.

Cortejo y sexualidad prematrimonial
A pesar de las prescripciones normativas de teólogos, médicos y funcionarios, la gente joven no aguardó siempre al matrimonio para experimentar placeres eróticos. La edad cada vez más tardía a la que los hombres y mujeres se casaban durante el primer periodo moderno (con un promedio de veinticinco a veintinueve años) significaba que a menudo tenían una década entera de suficiente madurez sexual antes de experimentar legítimamente el sexo. Los historiadores difieren respecto de la naturaleza de la actividad sexual en estos años. ¿Se apoderó de Europa una ola de castidad, o encontraron las necesidades eróticas otras salidas? Dos importantes cambios con respecto al final de la Edad Media (el cierre de gran parte de los prostíbulos y el descenso en la tasa de nacimientos de niños ilegítimos hasta mediados del siglo XVIII) han llevado a ciertos historiadores a postular una interiorización masiva de las preocupaciones morales de la época. Por otro lado, otros estudiosos han afirmado cambios en el comportamiento sexual que van desde un incremento de la masturbación, a la difusión de una rudimentaria anticoncepción. Sin embargo, los jóvenes de ambos sexos de las clases sociales inferiores no solo podían abandonarse a un cierto volumen de experimentación sexual, sino que también podían "probar" posibles compañeros de matrimonio sin tener que soportar el peso de la reprobación moral.

Conocidas en Inglaterra como bundling y en Francia como maraîchinage, en toda Europa hay documentación relativa a diversas formas de flirteo prematrimonial, de experimentación sexual e incluso de cohabitación. El bundling, consistía, en general, en hacer la corte a una muchacha por la noche, en una habitación apartada del resto de la familia, en la cama, en la oscuridad, semidesnudos. Aunque eso implicaba que dos jóvenes pasaran juntos la noche hablando y acariciándose, el bundling no solía producir embarazo.  El maraîchinage era colectivo, con parejas de amantes en la misma habitación e incluso en la misma cama, donde podían controlar a cualquiera del grupo que amenazara con descarriarse. En Savoya, el muchacho tenía que esforzarse en respetar la virginidad de la muchacha antes de casarse con ella. En Escocia, se ataban simbólicamente los muslos de la chica entre sí. 

En los siglos XVII y XVIII, hubo un aumento de las prácticas prematrimoniales, que se atribuyó a la mayor independencia económica de la gente joven y a una gran demanda de afecto como base del matrimonio. En una sociedad sin medios eficaces de control de la natalidad, el indicador más fiable de las relaciones prematrimoniales es la cantidad de niños nacidos antes de los ocho meses y medio de matrimonio. Puesto que las oportunidades de concepción con un solo acto sexual de una pareja sana oscilan entre el 2 y el 8 por 100, lo más probable es que el embarazo fuera resultado de varias semanas o incluso meses de relaciones sin protección. No obstante, no todos los embarazos prenupciales implicaban el matrimonio con el padre de la criatura. 




Bibliografía:
Bajo la dirección de Georges Duby y Michelle Perrot, "Historia de las mujeres en Occidente : del renacimiento a la edad moderna", Madrid, España: Taurus; Santillana; 2000, pag. 96-101.

8 abr 2019

Personajes célebres de la Literatura: Cervantes y Shakespeare

William Shakespeare es el mayor exponente de la literatura inglesa, tal como lo es Miguel de Cervantes para la literatura española. Hay algunas similitudes entre ambos personajes, además de su notoriedad para el mundo. Ambos crearon a dos relevantes iconos de la literatura universal: Hamlet y Don Qujote. Se ha hablado acerca de una supuesta similitud en el estilo de sus obras. Pero hay que tomar en cuenta que vivieron en la misma época y tuvieron contacto con las influencias culturales que predominaron en Europa. Además, Cervantes se enfocaba en la novela; Shakespeare era principalmente dramaturgo. Entre tantas frases célebres bonitas de ambos autores, figuran “cada uno es como Dios lo hizo, y aún peor muchas veces”, de Cervantes, o “ser o no ser, esa es la cuestión”, de Shakespeare.

"Una retirada no es una derrota" 
Miguel de Cervantes

Cervantes nació en 1547 y Shakespeare en 1564; a mediados del siglo XVI, durante una época de grandes cambios y auge para Europa. Hay mucha información sobre la vida de Miguel de Cervantes, sin embargo, los datos sobre Shakespeare son más nebulosos. Incluso se ha especulado acerca de la verdadera autoría de las obras atribuidas a él. No hay pruebas de que los escritores se hayan conocido o que hayan fallecido en el mismo día, como tradicionalmente se afirma, aunque si murieron en el mismo año, 1616. Cervantes murió el 22 de abril y Shakespeare el 23 de abril. Aunque, en realidad, el 23 de abril de 1616 del calendario juliano, que todavía se empleaba en Inglaterra, corresponde al 3 de mayo del actual calendario gregoriano, ya adoptado en España por aquel entonces. 

"El mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres son meros actores" 
Shakespeare

Los historiadores sugieren que ambos tuvieron matrimonios infelices. Los historiadores sugieren que ambos tuvieron matrimonios infelices. William tuvo un matrimonio precipitado con Anne Hathaway, quien era nueve años mayor que él y ya estaba embarazada de tres meses en el momento de su boda. Entre otros motivos, han dado lugar a especulaciones los rumores sobre la presunta homosexualidad del dramaturgo y la frase en su testamento respecto a Anne: “Le dejo mi segunda mejor cama”. En cambio, Catalina de Salazar y Palacios si dejo constancia de su amor por Cervantes en un fragmento de su testamento, en el que manda ser sepultada junto a su esposo. Sin embargo, Miguel de Cervantes abandonó el hogar conyugal dos años después de la unión, la cual no produjo hijos.

7 abr 2019

El asunto del collar de diamantes

Antecedentes
Jeanne Valois de La Motte, la principal instigadora en la estafa, era la hija de un noble arruinado que vivía de la caza furtiva y una plebeya que tuvo que dedicarse a la prostitución tras la muerte de su marido. La joven realmente descendía del linaje real de los Valois, pero había crecido en la pobreza. Cuando tenía siete años, mientras pedía limosna, se cruzó en su camino la marquesa de Boulainvilliers, con este asombroso lamento: "¡Piedad para una pobre huérfana de la sangre de los Valois!". 

La marquesa de Boulainvilliers, conmovida de ver en la miseria a alguien de sangre real, llevó consigo a la muchacha, junto con una hermana más joven. Les proporcionó educación en un pensionado para hijas de nobles pobres. Tuvo la posibilidad de convertirse en monja; sin embargo, demostraría más tarde, no tenía vocación religiosa. A los veintidós años escapó del convento junto con su hermana. 

Jeanne de Valois-Saint-Rémy, grabado por un artista desconocido

Llegaron a Bar-sur-Aube, donde Jeanne conoció a un oficial de la gendarmería, Nicolas de la Motte, con el cual se casó. Dado que los ingresos de su marido eran modestos, Jeanne se valió de su apellido para seguir escalando socialmente. Recurrió a su protectora, la marquesa de Boulainvilliers, quien la recibió en el palacio del cardenal de Rohan. Gracias a su carisma logró ganarse el favor del cardenal, quien le proporcionó un puesto de capitán a su marido y el pago de sus deudas. Pero la ambición de Jeanne no quedaba satisfecha. 

La pareja se mudó a París, donde Jeanne se presentó como la condesa de Valois de la Motte. Obtuvieron préstamos, con los cuales llevaban una vida acomodada. Se trasladaba constantemente a Versalles, donde no logra ser presentada a la reina, pero sus continuas visitas a la corte hacen creer lo contrario. Alrededor de 1783, Jeanne y su esposo planearon el gran golpe.

Comienza la estafa
En ese tiempo, el cardenal Rohan anhelaba el cargo de primer ministro de Francia. Como confidente del cardenal, Madame de la Motte averiguó que el único obstáculo temido por Rohan era la antipatía de la reina María Antonieta. En abril de 1784, Jeanne comenzó a hacer observaciones sobre su "querida amiga", la reina. El cardenal, deseoso de reconciliarse con la reina, se convenció de que la falsa condesa podría interceder por él ante la soberana. En mayo, Jeanne de Valois le prometió a Rohan que su "íntima amiga" le dirigiría un saludo discreto en la próxima recepción de la corte, como señal de reconciliación. Cuando se desea crear alguna cosa es grato creerla; cuando se desea su vista, también se llega a verla fácilmente. En efecto, el  cardenal recibió una leve inclinación de cabeza por parte de la reina, la cual interpretó como la señal que Jeanne le había prometido. 

Retrato de Louis René Édouard, cardenal de Rohan (1734-1803)

Para meterse aún con mayor seguridad al cardenal en el bolsillo, le mostró una prueba escrita. La pareja fue respaldada por su supuesto secretario, Marc Rétaux (amante de la condesa), quien redactó una carta en la que María Antonieta perdona al cardenal: "Me alegro mucho de no tener que considerarte a usted ya como culpable; todavía no puedo conceder a usted la audiencia que desea. Tan pronto como las circunstancias lo permitan se lo comunicaré. Sea usted discreto". El prelado apenas pudo contener su alegría. Recibió más cartas falsificadas, y mientras más convencido estaba de gozar con el favor de la reina, más le aligera los bolsillos a los De la Motte.

La situación se complicó cuando el cardenal insistió en que Jeanne concretará un encuentro con la reina. Los "condes" pronto encontraron la solución en el Palais Royal de París: una prostituta de nombre Nicole, con cierto parecido a la reina. En la noche del 11 de agosto, introdujeron a la prostituta en los jardines de Versalles, disfrazada con un traje de muselina y sombrero de ala ancha que da sombra a su semblante. La falsa reina recibió al cardenal, quien se inclinó respetuosamente ante ella. Nicole cumplió con su papel y pronunció: "Puede usted confiar en que todo lo anterior está olvidado".

No cabe en el cardenal Rohan tanta felicidad. Finalizado el encuentro, se veía ya como primer ministro de Francia. Poco tiempo después, Jeanne le comentó al cardenal que la reina tenía el deseo de hacer entrega de 50,000 libras a una familia noble empobrecida, pero carecía de fondos para ello. Al cardenal no le asombró, pues todos sabían que la reina siempre estaba metida en deudas. Rohan no demora en conseguir el dinero, del cual hace entrega a la condesa, creyendo, ingenuamente, que esta lo hará llegar a "su querida amiga". Las monedas de oro tintinean sobre la mesa de los De la Motte.


El collar de diamantes
El cardenal partió a Alsacia para atender asuntos de su diócesis. Pero, para entonces, los Valois de la Motte vivían plácidamente con el dinero que le sacaron al ingenuo príncipe de la Iglesia. Adquirieron una residencia en Bar-sur-Aube, con un magnífico jardín.

En una de sus reuniones, se enteró de que los joyeros de la corte, Boehmer y Bassenge, se encontraban en un gran apuro; han invertido todo su capital en el más soberbio collar de diamantes que se haya visto jamás sobre la tierra. Fue encargado por Luis XV como regalo para su amante Madame du Barry, quien lo hubiese adquirido de no ser por la muerte del rey. Lo ofrecieron a la corte de España y, por tres veces, a la reina María Antonieta. Pero Luis XVI no había querido adelantar el millón seiscientas mil libras que el collar costaba. El 29 de diciembre de 1784, los joyeros mostraron el collar a la condesa, con la intención de que convenza a su regia amiga de comprar tan valiosa mercancía.   

"The Queen's necklace", reconstruction, Château de Breteuil, France

El cardenal apenas está de regreso de Alsacia, cuando Jeanne de Valois le hace saber de una nueva oportunidad para ganarse el favor de María Antonieta. La reina desea comprar un precioso collar, sin que lo sepa su marido, y para ello necesita un discreto intermediario. El cardenal Rohan está dispuesto a ayudar una vez más a la soberana; días más tarde, la condesa comunica a los joyeros que ha encontrado un comprador para el collar. El 29 de enero de 1785 se cierra el trato en el palacio del cardenal. El monto asciende a un millón seiscientas mil libras, pagaderas antes de dos años en cuatro plazos semestrales. La joya sería entregada el primer día de febrero y el primer plazo de pago vencería el primer día de agosto. El cardenal rubrica de su propia mano las condiciones del contrato y se lo entrega a la condesa para que ésta lo presente a su «amiga» la reina.


Tratándose de un millón seiscientas mil libras, no es una bagatela, ni para el príncipe más dilapidador de la época. Al día siguiente, Jeanne de Valois vuelve a traer el contrato: cada cláusula lleva al margen, manu propria, la palabra "aceptado", y al final del documento, la firma "autógrafa": "Marie-Antoinette de France". Un aristócrata de su categoría, siendo gran limosnero de la corte, antiguo embajador y príncipe de la Iglesia, debía saber que la reina de Francia firmaba con su nombre solamente. Pero Rohan volvió a caer.
Diseño del collar de diamantes

El 1° de febrero, el joyero entregó el estuche al cardenal, el cual, por la noche, lo llevó con la condesa de Valois. Rohan observó cuando la condesa entregó el collar a un joven vestido de negro, que se hace pasar por mensajero de la reina (no se trata de nadie más que Rétaux, el secretario de los condes). La embaucadora Jeanne y su marido cuentan con una gran fortuna en sus manos; proceden a deshacer el collar y vender los diamantes por separado. A los pocos días, los joyeros se quejan ante la Policía de París de que cierto Rétaux de Villete ofrece magníficos diamantes a precios tan bajos, que es forzoso pensar en un robo. Sin embargo, cuando Rétaux comparece ante la Policía y declara que ha recibido los diamantes para su venta de la condesa de Valois, la Policía lo deja libre. Pero, en todo caso, la condesa se da cuenta de que sería peligroso continuar deshaciéndose de las piedras preciosas desmontadas del collar en París. Por ello, envía a su esposo a Londres para que venda los diamantes.

Con los ingresos obtenidos de la venta, la pareja se traslada a su rica residencia en Bar-sur-Aube. Según el inventario de su vestuario (que pudo ser comprobado más tarde por los documentos del proceso), no se registran menos de dieciocho trajes de seda o de brocado, adornados con encajes de Malinas y botones de oro cincelados. El estilo de vida de la pareja no levanta sospechas. Solamente el cardenal empieza a preguntarse por qué la reina no utiliza el collar. La astuta mujer responde que la reina no quiere usar el collar hasta que esté completamente pagado. El cardenal se da por satisfecho con esa respuesta. 

Se descubre la estafa
La condesa se convence de que, al descubrir la estafa, el cardenal Rohan preferirá no hacer mucho ruido sobre el asunto, a fin de evitar una humillación. Preferirá pagar el collar antes que se sepa que fue estafado por los Valois de la Motte. Se acerca el 1° de agosto, el primer plazo para las cuatrocientas mil libras. Para ganar tiempo, la condesa comunica a los joyeros que la reina ha pedido una rebaja de 200,000 mil libras. 

Los joyeros aceptan la rebaja. Con lo que no cuenta la condesa, es que Boehmer se lo va a comunicar directamente a la reina. El 12 de julio, Boehmer entrega una carta a María Antonieta: "Señora, nos encontramos en el colmo de la dicha al atrevernos a pensar que las últimas condiciones de pago que nos han sido propuestas, y a las cuales nos hemos sometido con celo y respeto, son una nueva prueba de nuestra sumisión y obediencia a las órdenes de Vuestra Majestad, y tenemos una verdadera satisfacción al pensar que la más bella joya de diamantes que existe en el mundo servirá para la más alta y mejor de todas las reinas". La carta resulta incomprensible para quien no conozca el asunto. Pero la reina no indaga más y arroja el papel al fuego.


Conforme se acerca el día del primer pago, la condesa se da cuenta de que la situación ya es insostenible y decide destapar la estafa. Les hace saber que el escrito de garantía de pago que posee el cardenal es falso, pero él, siendo rico, podría pagar el collar. Con ello espera que los joyeros acudan al cardenal exigiendo su dinero y, como se ha mencionado anteriormente, el prelado cederá a pagar por temor al ridículo.  El 13 de agosto, Boehmer acude a Versalles y pide audiencia con la reina. Al cabo de unos minutos, el joyero descubre que la reina ni tiene el collar ni sabe nada del asunto. Según los testimonios del proceso, es indudable que María Antonieta no tuvo ni la más leve sospecha de la intriga que se urdió en su nombre. 

Proceso
La reina se enfurece al descubrir que el collar fue comprado por el cardenal Rohan en su nombre. Ella está convencida de las malas intenciones de aquel ingenuo. En Versalles no creen en la culpabilidad de Rohan y pronto circula un rumor de que la reina se ha querido deschacer de un incómodo testigo. 
El odio contagiado por su madre ha llevado a María Antonieta a una irreflexiva precipitación. Olvida la reina que Louis René Édouard, cardenal de Rohan, es portador de uno de los más antiguos y gloriosos nombres de Francia. Como es natural, todas las familias de abolengo se sienten ofendidas de que uno de los suyos haya sido detenido en palacio como un vulgar ratero.

María Antonieta, retratada en 1783 por Marie Louise Élisabeth Vigée Lebrun

El 15 de agosto de 1785, cuando el cardenal se preparaba para celebrar la fiesta de la Asunción, fue detenido por orden del rey (instigado por su esposa) y llevado a la Bastilla. No solo la nobleza estaba ofendida, la Iglesia tampoco estaba dispuesta a permitir que se manchara el buen nombre de uno de sus siervos más prominentes. El pueblo de Francia está indignado; mientras ellos sobreviven con un ínfimo salario, los nobles gastan millones de libras en collares. 

Poco después de la detención de Rohan, la condesa de Valois de la Motte es detenida, mientras que su esposo ha podido huir a Londres con los restos del collar. Rétaux de Villette logra escapar a Suiza. Incluso Nicole, la prostituta que fingió ser la reina, es arrestada, al igual que Cagliostro, sospechoso de cómplice en la estafa.
 

Absolución y consecuencias
El Parlamento había sido restablecido a sus funciones por Luis XVI. Conformado por miembros de alta nobleza, se reunió en mayo para deliberar sobre el caso. La nobleza, el clero y el pueblo esperan la absolución del cardenal. En absolverlo, porque ha sido víctima de un fraude, están todos de acuerdo; la diferencia de opiniones impera solo en lo que se refiere a la forma de absolución. Los partidarios de la corte desean que la absolución venga ligada con una reprensión por el mal uso que ha hecho del nombre de la reina, lo cual implica que el cardenal presente sus excusas y la dimisión de sus cargos. El partidario adverso, conformado por los enemigos de la reina, desea la absoluta absolución. Sin embargo, tras una larga deliberación que dura alrededor de dieciséis horas, el tribunal decide absolver al cardenal y a Nicole Leguay (la prostituta que fingió ser la reina). Cagliostro, aunque fue absuelto al no poder demostrarse su conexión con el caso, fue exiliado de Francia. La resolución supone una humillación pública para la reina, así como el desprestigio de la monarquía francesa. Solo Jeanne de Valois es condenada por unanimidad a ser azotada públicamente, a ser marcada con un hierro candente que le imprima una "V" (voleuse, ladrona) y a permanecer encerrada de por vida en Salpêtrière.


Al oír el veredicto, alguien se precipita fuera de la sala de audiencia y lo comunica a las masas. Con tanta violencia se desborda el júbilo, que sus gritos llegan hasta la otra orilla del río. "¡Viva el Parlamento!", grito que sustituye al habitual "¡Viva el rey!", resuena por toda la ciudad. A los jueces les cuesta defenderse de la entusiasta gratitud. La gente los abraza, su camino es cubierto de flores; magníficamente se desarrolla el cortejo triunfal de los absueltos. Diez mil personas escoltan al cardenal, nuevamente vestido de púrpura, hasta la Bastilla, donde todavía debe pasar aquella noche.

En vano se esfuerza la reina por ocultar su desesperación. Mercy comunica a Viena que el dolor de la reina es "mayor de lo que razonablemente parece exigir la causa". El rey, para dar a su esposa una especie de satisfacción, envía al cardenal al destierro. Tal acto, visto como un atropello a la decisión del Parlamento, disgusta al país. El destierro, no obstante, sólo durará tres años, ya que el 17 de marzo de 1788 el rey lo autorizará a regresar a su diócesis.

Pocas semanas después, Jeanne logra salir de prisión y huye a Inglaterra. El mismo día de su llegada, un editor de Londres le ofrece grandes sumas de dinero a cambio de sus revelaciones sobre el asunto que ha sacudido a Francia y a toda Europa. La duquesa de Polignac, favorita de la reina, es enviada a Inglaterra para comprar el silencio de la ladrona a cambio de doscientas mil libras, pero la embaucadora recibe el dinero y hace publicar varias veces el libro de sus Memorias. En estas memorias se encuentra todo lo que un público ávido de escándalo podía esperar: nadie sino la reina ha encargado el collar y lo ha recibido de manos de Rohan, mientras que ella, por amistad, ha echado sobre sí el delito de proteger el desacreditado honor de la reina. En ellas atribuye a María Antonieta todo tipo de infidelidades, orgías y derroches. 

Tras estallar la Revolución Francesa en 1789, los clubs intentaron traer a París a la fugitiva, bajo su protección, para abrir nuevamente el proceso del collar, pero esta vez con María Antonieta en el banco de los acusados. Jeanne de Valois no tuvo oportunidad de regresar a Francia como trágica heroína, pues la muerte la sorprendió en 1791 al caer de su balcón, posiblemente tratando de huir de unos acreedores. Sin esta intervención del destino, el mundo habría asistido a una comedia de justicia más grotesca aun que el proceso del collar: la condesa de Valois, espectadora aclamada en la decapitación de la reina calumniada por ella.


Fuente:
Zweig, Stefan, María Antonieta, segunda edición, México: Editorial Porrúa, 2016
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22 mar 2019

El peinado en tiempos de María Antonieta de Austria

Fue a finales del siglo XVII cuando se fijó la moda del peinado Fontange, que perduró hasta el siglo XVIII. Debe su nombre a la duquesa de Fontange, amante de Luis XIV. Se cuenta que la moda surgió después de una cacería en Fontainebleau, cuando a la duquesa se le deshizo el peinado mientras cabalgaba y lo ató con una cinta de una forma que agradó al rey. Las damas de la corte empezaron a peinarse igual; posteriormente, se extendió por Europa.

María Angélica de Scorailles, Duquesa de Fontanges

Hasta 1714, con la llegada de la duquesa de Shrewsbury a Versalles, el Fontange fue cayendo en desuso, cuando la dama inglesa apareció frente a Luis XIV sin fontange, con el cabello ligeramente rizado. El mismo rey alentó el uso de este peinado y el resto de las damas no tardaron en imitarlo. Con esta nueva tendencia, los cabellos quedaban alisados en torno a la cabeza, como puede apreciarse en el retrato de Madame de Pompadour, hecho por François Boucher.

Madame de Pompadour, hecho por François Boucher

A mediados del siglo XVIII, el peinado empieza a elevarse en un alto tupé sobre la frente y largos bucles que caen por detrás de las orejas. A partir de 1770 esta moda se torna cada vez más exagerada. Los peinados se convirtieron en construcciones más complicadas que requerían las manos de peluqueros, así como de elementos que permitiera que los peinados se mantuvieran tiesos. En 1772 el periódico de modas parisiense Currier de la Mode publicaba diversas clases de peinados en sus cuadernos lo que dio para un año 3.744 modelos, quedando patente la locura que supuso la moda por los grandes tocados. Cualquier motivo por muy extravagante y absurdo que fuere se colocaba sobre las cabezas de las damas.

María  Antonieta

Las damas de Francia tenían donde elegir, la moda abarcó tanto y con tan diferentes nombres que no  había motivo para la repetición; podían optar por “le pouf au sentiment”, “les bonnets au parterre”, “au parc anglais”, “les coiffures à la candeur”, “à la Minerve”, “à la Flore”, “à la Cleopâtre”, “à la Diane”, “à la belle poule”, “à la mappemonde”, “à la calèche”, etc. Cualquier motivo era factible: desde mitológico hasta los acontecimientos actuales como “la coiffure à l’inoculation” después de que el rey es vacunado contra la viruela o “la coiffure à la Iphigénie” haciendo alusión a la presentación de la ópera de Gluck. Cuando son saqueadas las panaderías de París, a los frívolos cortesanos se les ocurre mostrar este acontecimiento en los bonnets de la révolte.  Fueron muchas las damas parisienses que se abonaron a diferentes peluqueros para que confeccionaran estas imposibles arquitecturas como Madame Matignon quien pagó al peluquero Beaulard 24.000 libras anuales.


Las pelucas, tanto de hombres como de mujeres, por lo regular eran fabricadas con cabello humano, pero también se incluía pelo de animales (como el caballo o la cabra) o de fibras vegetales. Tuvieron su auge durante la época del Rococó. Debían cargar con rascadores, debido a la proliferación de piojos. Llevaban grandes agujas con joyas incrustadas, que servían como adorno y a la vez sujetaban las pelucas. Eran empolvadas con harina para que se mantuviesen blancas. La gran demanda de polvo provocó el encarecimiento de la harina, perjudicando gravemente a la población más humilde de Francia.

Monsieur Léonard fue el peluquero favorito de la reina María Antonieta. Como un gran señor, se trasladaba todas las mañanas, en carroza de seis caballos, de París a Versalles. Con enormes agujas y pomada, elevaban los cabellos, desde su raíz, sobre la frente, rectos como cirios, hasta una altura aproximadamente doble de la de una gorra de granadero prusiano.

Poco a poco, las torres capilares, gracias a refuerzos y postizos, se hacen tan altas, que las damas ya no pueden sentarse en sus carrozas, sino que tienen que ir de rodillas, levantándose las faldas. Los dinteles de los palacios se hacen más altos a fin de que las damas no necesiten siempre inclinarse al pasar. 

En una de las tantas misivas que la emperatriz María Teresa envía a María Antonieta, su hija, menciona sus extravagantes peinados: "No puedo impedirme de tocar un punto que, con mucha frecuencia, encuentro repetido en las gacetas: me refiero a tus peinados. Se dice que, desde la raíz del pelo, tienen treinta y seis pulgadas de alto y encima aun hay plumas y lazadas". La reina de Francia responde evasivamente, alegando que en Versalles están tan acostumbrados que a nadie sorprende tales peinados. 

Retrato de María Antonieta, por Élisabeth Vigée Le Brun

Con el tiempo, la misma María Antonieta abandona esa moda y usa simplemente unos largos bucles, debido a que había perdido mucho cabello tras el parto. Sin embargo, las pelucas son sustituidas por los grandes sombreros. Las plumas de avestruz se ponen de moda y resultan tan costosas como las elaboradas pelucas. Con el estallido de la Revolución en 1789, la moda se simplifica en todos los sentidos, quedando atrás el lujo del Antiguo Régimen. 


Fuentes:
Hernández Delgado, Ana Lorena. "La moda femenina en el retrato: un estudio iconográfico de la moda en Francia 1715-1815" (2016-2017). Url: https://bit.ly/2TrubQv

Zweig, Stefan, María Antonieta, segunda edición, México: Editorial Porrúa, 2016.

19 ene 2018

¿Cómo era la apariencia de Cristóbal Colón?

"El Almirante era un hombre apuesto, de estatura más que mediana, de rostro alargado y mejillas bien definidas; ni delgado ni grueso. Tenía nariz fina y ojos muy claros; el tono de la piel también era claro (a veces un poco sonrosado). De joven tuvo cabellos rubios, pero encaneció a los 30 años de edad. En cuanto a bebida, mujeres y ropa siempre dio señales de ser razonable y modesto."


Monumento a Cristóbal Colón en el Paseo Colón de Lima.

Ninguno de sus contemporáneos -escritor o pintor- se afanó por dar un retrato de Cristóbal Colón medianamente auténtico. Las imágenes que han llegado hasta nosotros -obras de composición literaria o imaginativa más que testimonios auténticos- son todas tardías y fueron forjadas después de la muerte del héroe por escritores que, en su mayoría, no lo conocieron y rinden pleitesía a cierto género sin preocuparse mucho por decir la verdad. En todos esos retratos se perciben claramente el artificio o el encargo y, casi siempre, el deseo de exaltar virtudes extraordinarias en un hombre llamado a realizar elevadas hazañas. 

Parafraseando y adornando -según su costumbre- el Diario del primer viaje, Las Casas nos ofrece una descripción del primer encuentro entre españoles e indios, que no ha perdido celebridad y se cita hasta en manuales destinados a niños de escuela primaria.

El gran número de indios que allí se encontraba quedaron embobados al mirar a los cristianos. Contemplaron estupefactos sus barbas, la blancura de su piel y su ropa. Se dirigieron a quienes llevaban barba y, sobre todo, al Almirante, al darse cuenta de que era el personaje de mayor consideración, porque sobresalía, por la autoridad que emanaba de su persona y porque estaba vestido de escarlata. Le tocaron las barbas con los dedos, y se maravillaron porque ellos no tenían. Contemplaron con gran atención la blancura de manos y rostros. Al ver su candor, el Almirante y los suyos complacientemente los dejaron hacer.

Es una escena muy bella del género idílico. En todo caso, la imagen que pinta Las Casas contradice en algunos puntos la que se debe a Fernando Colón. Aquí aparece un hombre que se coloca en primera fila y es de gran prestancia; el color escarlata, rojo vivo de su vestimenta no responde en absoluto a la virtuosa modestia tan alabada por el hijo.  

Los responsables de la exposición de Chicago, consagrada en 1893 a Cristóbal Colón y al descubrimiento de América, pudieron, por consiguiente, ofrecer a los visitantes 71 retratos (originales o copias). Por supuesto, no existía entre ellos ningún parecido. Todos presentaban rasgos diferentes: tez clara o morena, e incluso aceitunada; tipo mediterráneo (incluso oriental), o nórdico (dentro de la tradición de los más célebres bárbaros); rostro ovalado o alargado (a veces con perfil de directa herencia griega).


Virgen de los Navegantes (Alejo Fernández), 1531-37. Óleo sobre tabla. 

Cristóbal Colón

Unos cuantos dibujos o pinturas de caballete han logrado retener más la atención debido a cierto aroma de autenticidad. Morison, con cierta simpática ingenuidad, demuestra gran ternura por un cuadro pintado en 1520 por un artista cordobés, Alejo Fernández, para la confraternidad de marinos, armadores y pilotos de Sevilla. Se trata de una Nuestra Señora del Buen Aire, donde aparece una virgen muy joven y sonriente, que envuelve entre los pliegues de su capa a varios personajes arrodillados. Uno de esos hombres, a la izquierda, según se dice es Cristóbal Colón. Se trata sin duda de una seductora hipótesis, pero no tiene otra base que el suponer que el pintor conoció en su juventud al Almirante, el cual entonces residía en Córdoba. En 1520 ese encuentro había tenido lugar, por lo menos, 30 años atrás, y el propio Colón ya tenía 15 de muerto.

Otro retrato a menudo considerado "auténtico": éste, se afirma, fue pintado entre 1530 y 1540, o sea, más tarde que el anterior, para el obispo de Como, Paolo Giovo. Este prelado, humanista y médico, había reunido una galería de retratos de hombres célebres en aquella época, descritos, por otra parte, en su Elogío de hombres ilustres, publicado el año de 1551, donde efectivamente habla de Colón. Ahora bien, la colección de retratos de la galería Giovo compuesta e ilustrada en esa época, las Musei Joviani Imagines, la cual reúne en cuatro gruesos volúmenes 130 grabados en madera con sus respectivos comentarios, asignan al Almirante un tipo físico e incluso una ropa (el hábito franciscano) muy diferentes a los de la pintura de caballete conocida hoy en día.

S. E. Morison nos lo presenta en estos términos: "...Esbelto, bien puesto, pelirrojo, de faz encendida con algunas pecas, nariz de trazo firme, rostro alargado, ojos azules, pómulos salientes..."

Durante el siglo XVI (incluso más tarde) el descubrimiento y la conversión: el Almirante con atuendo cortesano, casaca entallada, gran sombrero, la ropa siempre adornada con cintas y encajes, desembarca en tierra desconocida; lo acompañan dos soldados con arcabuz al hombro; otros plantan una cruz en el suelo; un cacique -casi siempre el célebre cacique Guacanagari, según afirman los textos explicativos-, acompañado de algunos salvajes más o menos desnudos, le lleva presentes de oro y plata: magníficas piezas de orfebrería ricamente labradas, cofrecillos, copas e incensarios, todo ello del más puro estilo europeo de aquella época. 


Bibliografía:

Heers, Jacques. (1992). Primera colonización de las Indias Occidentales. En Cristóbal Colón(pp. 9-12). México: Fondo de Cultura Económica.


17 ene 2018

Los conventos en la Nueva España


Los conventos de monjas fueron en la época virreinal una institución característica, diferente a los cenobios fundados en la Edad Media y aun a los monasterios españoles, de cuyas características, sin embargo, participaban. El convento mexicano femenino participó, también, en la obra de catequización emprendida por los misioneros ocupándose de la enseñanza de las niñas indias, fue un refugio para la mujer soltera sin vocación para el matrimonio y centro de cultura y de trabajo a pesar de todos los inconvenientes que pueden señalarse en la enclaustración. 

El convento mexicano fue a un tiempo, lugar de oración y penitencia, centro de reunión social, taller de artes y oficios y escuela de enseñanza primaria para niñas que venían de fuera. 

Margo Glantz, Sor Juana Inés de la Cruz: Saberes y placeres, Toluca, Instituto Mexiquense de Cultura, 1996

Cada una de las órdenes masculinas tenía su correspondiente convento femenino. La orden franciscana inspiró y aun dirigió los conventos de Santa Clara, San Juan de la Penitencia, San Felipe de Jesús, de las capuchinas, Nuestra Señora de Guadalupe y Corpus Christi; la agustina, el de San Lorenzo; la dominicana, el de Santa Catalina de Sena; la carmelitana, el de San José o Santa Teresa la Antigua y el de Santa Teresa la Nueva; los jesuitas, los llamados de la Compañía de María, que fueron el de Nuestra Señora del Pilar o de la Enseñanza y el de Nuestra Señora de Guadalupe o la Enseñanza Nueva. Además hubo monasterios independientes de las órdenes establecidas como el de la Orden concepcionista, el más antiguo de México y seminario de otros muchos y el de la Orden del Salvador o de las Brígidas. 

El primero en fundarse fue el de la Concepción. Cuatro monjas venidas del convento de Santa Isabel de Salamanca: Paula de Santa Ana, Luisa de San Francisco, Francisca de San Juan Evangelista, dirigidas por la superiora Elena Medrano o Mediano, arribaron a México acatando la cédula del Emperador Carlos V de 1540 y la bula de Paulo III y auxiliadas por Fray Antonio de la Cruz. 

El obispo Zumárraga se había empeñado mucho en la fundación de este monasterio. El Papa sólo había otorgado a las monjas los votos simples; pero a partir de 1586 ya se concede a ellas los solemnes y en 1760, adquiere el título de Real Convento de la Concepción y el derecho a usar de las armas reales en la portada. Fueron favorecidas con las limosnas que recogió Fray Juan de Zumárraga y gozaron del patronato de Tomás Aguirre de Suanzabar y de su esposa Isabel Estrada y Alvarado. El patronato para los conventos femeninos fue de singular importancia. Ricos mineros, comerciantes, viudas ricas, encomenderos, hacendados más tarde, acuden en auxilio de los conventos dando el dinero necesario para la construcción de los edificios, celebrando un contrato con la comunidad que se elevaba a escritura pública ante notario eclesiástico, con la autorización del prelado y en el que se estipulaban las multas, obligaciones y derechos. Es curioso este tipo de contrato porque una de las partes se obligaba a la prestación de servicios materiales, como era la de proporcionar el dinero necesario para la construcción del convento y por la otra se especificaban prestaciones de carácter espiritual: rezos por el bienestar del patrono y su familia en vida y por la salvación de sus almas. El entierro de los donantes se hacía en lugar preferente de la iglesia; sus armas se colocaban en lugar visible y los benefactores disponían de lugar de honor en todas las ceremonias. El patronato era, además, hereditario.

¿Cuáles eran las reglas que normaban la vida de las monjas en los conventos mexicanos? Las mismas en realidad que las seguidas en los europeos, levemente modificadas por las condiciones especiales del medio mexicano. Desde luego con excepción del de Corpus Christi y la Enseñanza Nueva, que se destinaron a las indias, los monasterios mexicanos estaban dirigidos para:

  • Españolas y criollas.
  • Hijas legítimas.
  • Gozar de buena salud.
  • Saber leer y escribir.
  • Manifestar su voluntad, libre de toda coacción de profesar.
  • Pronunciar votos de castidad, pobreza y obediencia.

En algunos conventos como los dependientes de la orden franciscana, el voto de pobreza era absoluto; en otros, como el de las concepcionistas, el voto era particular pues el convento podía poseer bienes propios. Las monjas estaban sujetas a la clausura que sólo podía romperse en casos excepcionales, por ejemplo, incendio, terremoto, o salida a otras casas para fundar nuevos conventos. 

Guido Caprotti, Monjas carmelitas ante Ávila, 1937
Óleo sobre lienzo
Foto: BlamaraPhoto

La admisión de las solicitantes al monjío la concedía el consejo del convento mediante votación secreta. La edad mínima para entrar como novicia era la de 12 años. Después de dos años de instrucción cambiaba el velo blanco por el negro de las profesas, siempre que hubiera cumplido los 16 de edad. La joven era confiada a alguna familia honorable conocida del monasterio para que la llevase a lo que entonces se llamaba "el paseo". Casi siempre se encargaba de eso la madrina; la vestía de sus mejores galas, la alhajaba con sus mejores riquezas y después de haberla paseado por la ciudad la presentaba al monasterio en donde se despojaba de sus galas en solemne ceremonia y vestido el hábito de la orden hacía su profesión. La dote que otorgaban las monjas o sus padrinos al entrar al convento generalmente era de 2000 a 4000 pesos. Algunas se les dispensaba, por ejemplo, si demostraban conocimientos matemáticos útiles en la administración o buenas voces aprovechables en el coro. La autoridad dentro del convento era la abadesa, priora o superiora que se elegía dentro de la comunidad de profesas, por voto secreto y ante la autoridad del delegado arzobispal cuando la vigilancia del convento recaía en el ordinario o de la del delegado de la orden masculina cuando correspondía a ella la dirección. La superiora estaba asistida por la vicaria, la maestra de novicias, la portera mayor y la contadora. 

Generalmente los conventos de monjas en México ocuparon amplios solares, ya que al primitivo claustro se le fue agregando casas vecinas hasta constituir pequeñas villas en las que las monjas vivían con cierta independencia. 

Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz,
Miguel Cabrera, ca. 1750 (castillo de Chapultepec).

Famoso fue el convento de San Jerónimo por haber vivido en él una de las más claras inteligencias femeninas que haya producido el mundo de habla española: Sor Juana Inés de la Cruz. Aportaron dinero para la fundación don Diego de Guzmán y su mujer doña Isabel de Barrios. El 29 de septiembre de 1585, cuatro religiosas del convento de la Concepción fundaban solemnemente el convento bajo la advocación de Santa Paula. Estaba sujeto a la vigilancia del ordinario. Podían ingresar a él españolas y criollas, mediante el pago de 3000 pesos de dote. Tenían dormitorios comunes y la regla era menos austera que la de los conventos de capuchinas y carmelitas. Podían poseer libros y el consejo estaba formado por la priora, las vicarias, las correctoras, las procuradoras y las definidoras.

El hábito que usaban es el que muestra el retrato tan conocido de Sor Juana: hábito blanco, doble manga, manto y escapulario de "paño de buriel negro", toca blanca, cinturón de cuero, medias y zapatos lisos, rosario al cuello con la cruz cayendo hacia el hombro derecho, escudo con el santo de la advocación de la religiosa con el marco de carey.

El convento de monjas contribuyó eficazmente en dar a la niñez femenina una educación que tenía que ser, naturalmente, la de la época, religiosa de preferencia; fue centro de actividad social y artística. Contribuyó en buena parte a la exaltación del arte barroco en el adorno de sus retablos, en el primor que alcanzaron las artes del bordado y de la costura y coadyuvó a la creación de una cocina y de una repostería mexicana de la que todavía disfrutamos en sus guisos, sus postres y pasteles. 



Bibliografía:
Jimenez Rueda, Julio. (1960). La Iglesia y el Estado. En Historia de la cultura en México(pp.128-135). México: Cvltvra.