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15 dic 2013

¿Fue Ana de Cleves una "yegua de Flandes?

Ana de Cleves ha pasado a la historia con el estereotipo de la esposa fea de Enrique VIII.


Empezaremos con el cuadro pintado por Holbein. No es muy creíble que el pintor se hubiese arriesgado a esbozar un retrato falso. Pero puede ser que debido a la posición de frente de la modelo se haya ocultado involuntariamente un defecto: una prominente nariz. Aunque en aquel entonces las narices largas no eran mal vistas, un ejemplo de ello es Jane Seymour. 

Somos afortunados al tener una descripción imparcial de primera mano, escrita sólo unos pocos días más tarde por el embajador francés, Charles de Marillac, respecto de su belleza o su fealdad. Ana de Cleves parecía tener treinta años, escribió él (en realidad, contaba veinticuatro), era alta y delgada, "de belleza mediana, con un semblante decidido y resuelto". La dama no era tan hermosa como la gente había afirmado, ni tan joven, pero había "una firmeza de propósito en su cara que contrastaba su falta de belleza". -de Las seis esposas de Enrique VIII, Antonia Fraser 

Y hay que tomar en cuenta que el término "belleza mediana", fue el mismo que se empleó con Catalina Howard. Aunque claro que la joven flamenca no poseía la frescura ni las prendas francesas de su sucesora. Otra cosa que cabe destacar es que Enrique VIII era aficionado a la música y estaba acostumbrado a mujeres talentosas (Catalina de Aragón y Ana Bolena eran un claro ejemplo), pero Ana de Cleves no era capaz de hablar en ningún otro idioma más que el propio.

Lo más probable es que Enrique se formará unas expectativas muy altas con respecto a su futura consorte. A diferencia de sus anteriores esposas (y las posteriores a Ana de Cleves), su cuarta esposa era una completa desconocida para el rey en el momento de la boda. Pero después de la anulación de su matrimonio, cuando Enrique ya estaba casado con Catalina, él mismo opino que Ana tenía un grato semblante. Y cuando Catalina Howard fue decapitada, la mujer que se convirtió en la sexta esposa de Enrique, Catalina Parr, era considerada menos bonita que Ana de Cleves. Catalina ni siquiera se le dio el calificativo de "belleza mediana". 





31 jul 2013

La muerte de Jane Seymour

El nacimiento de un príncipe


Jane Seymour y su hijo Eduardo

La reina Jane se retiró a su cámara a fines de septiembre. Luego, la tarde del 9 de octubre, la reina se puso de parto. Estaba tendida en los apartamentos reales recién reacondicionados en Hampton Court,. La agonía de Jane no terminó pronto, como tampoco la del país que esperaba. Al cabo de dos días una solemne procesión recorría la ciudad para "orar por la reina que estaba entonces de parto". Finalmente, a las dos de la mañana del día siguiente, 12 de octubre, nació el niño. 
El niño fue bautizado con el nombre de Eduardo, por su bisabuelo, pero más en particular porque era la víspera de San Eduardo. Antonio de Guaras se enteró de que el rey lloró al tomar al hijo en sus brazos.

A pesar de la duración del parto el bebé no nació por cesárea, como se rumoreó luego. La operación se conoce desde tiempos antiguos; probablemente su nombre deriva de la ley romana, la lex Caesarea, respecto del sepelio de mujeres que morían mientras estaban embarazadas (no por el nacimiento de Julio César, como a veces se sugiere). Pero por entonces era impensable que una mujer sobreviviera a ella.

El futuro Eduardo VI

Entretanto, todo el mundo, o así parecía, se volvió loco de júbilo. Los Te Deum, las fogatas, los barriles que rebosaban vino para los pobres, siempre dispuestos a "beber hasta que quedasen tendidos", las campanas que sonaban de la mañana a la noche en cada iglesia, el ruido de los cañones —2.000 dispararon desde la torre— que las ahogaban, todo eso puede imaginarse.


El bautismo, el 15 de octubre, fue suntuoso. En ausencia de la marquesa de Dorset en Croydon, Gertrude marquesa de Exeter llevó al bebé, asistida con su preciosa carga por su esposo y el duque de Suffolk. La cola de su manto fue levantada por el conde de Arundel, hijo de Norfolk. Entre los caballeros de la cámara privada que sostenían el dosel sobre la cabeza del bebé estaba su tío, Thomas Seymour. María actuó como madrina del niño que al fin ocupaba su lugar como heredero del trono inglés. El 18 de octubre, el bebé fue proclamado príncipe de Gales, duque de Cornualles y conde de Carnavon.


La muerte de una reina
En aquellos tiempos, la fiebre puerperal era la causa mas común de muerte en mujeres embarazadas, ya que el tratamiento y limpieza no eran adecuados. La cantidad de mujeres que morían de fiebre puerperal tras el parto en esa época es imposible de precisar; las estimaciones varían del diez al treinta por ciento. 

Semmelweis fue un personaje del siglo XIX que descubrió un método para prevenir la fiebre puerperal 

El hecho de que un tercio de las esposas del rey murieran de esa manera, sin embargo, destaca el hecho de que el privilegio no significaba protección. Por el contrario, las mujeres de la realeza y aristocráticas tenían más peligro en ese sentido que las mujeres del pueblo. Dar el pecho protegía en parte a estas últimas de los reiterados embarazos, mientras que las mujeres aristocráticas, con sus infantes con casas enteras para cuidarlos además de las amas de cría, debían volver a la tarea de proporcionar otros herederos tan pronto como fuera posible. 

Jane se debatió por un tiempo y la tarde del 23 su chambelán, lord Rutland, anunció que estaba levemente mejor gracias a "una evacuación natural". Pero la mejoría no duró. 

Detalle de Jane Seymour en el mural de Whitehall

Pronto comenzó delirar y a la mañana siguiente mando a llamar a su confesor. La reina Jane murió a medianoche el 24 de octubre, sólo doce días después del nacimiento de su hijo. Tenía veintiocho años y había sido reina de Inglaterra menos de dieciocho meses. Las mismas iglesias que habían celebrado el nacimiento con tal entusiasmo estaban ahora cubiertas de crespones. Misas solemnes por el reposo de "el alma de nuestra muy bondadosa reina" reemplazaron los jubilosos Te Deum. Como el rey Enrique le dijo al rey de Francia, que lo felicitaba por el nacimiento de su hijo: "La divina providencia ha mezclado mi alegría con la amargura de la muerte de la que me trajo esta felicidad".


El sepelio de la reina Jane estaba previsto para el 12 de noviembre. Mucho antes de esa fecha ya que se había discutido la cuestión de una nueva reina. De manera fría, Cromwell procedía a revisar la posibilidad de una princesa francesa, una vez más. 



Enteramente amada
Esto no implica que el pesar del rey no fuera sincero. El rey Enrique quedó con un recuerdo sentimental permanente de una joven mujer pálida y dócil que había sido la esposa perfecta. La recordaría el resto de su vida y continuaría visitando nostálgicamente el hogar familiar de ella en Wolf Hall, donde había comenzado el romance de ambos. En su último testamento, Jane Seymour fue ensalzada como su "verdadera y amante esposa"

 
Enrique VIII, Jane y Eduardo. 

El rey Enrique dejó los arreglos para el sepelio de la reina Jane, según su costumbre, al duque de Norfolk, como conde mariscal, y a sir William Paulet, tesorero de la casa. El rey se "retiró a un lugar solitario para atender sus penas". Los funcionarios mandaron llamar al heraldo de la Jarretera "para estudiar los precedentes", ya que, si bien tenían cierta experiencia en el sepelio de reinas anteriores, una reina "buena y legal" no había sido enterrada desde Isabel de York, hacía casi treinta y cinco años. 


Primero el cerero "hizo su tarea" de embalsamamiento, luego el cuerpo de la reina fue "emplomado, soldado y encajonado" por los plomeros. Después, damas y caballeros de luto, con pañuelos blancos que caían sobre su cabeza y hombros , mantuvieron una guardia perpetua en torno del ataúd real en "una cámara de presencia" iluminada por veintiuna velas hasta el 31 de octubre, vigilia de Todos los Santos, cuando la capilla de Hampton Court y la gran cámara y las galerías que conducían a ella fueron cubiertas por crespones y "decoradas con ricas imágenes". El ataúd, tras ser perfumado con incienso, fue llevado en procesión de antorchas a la capilla, donde el heraldo Lancaster, en voz alta, pidió a los presentes que "por su caridad" rogaran por el alma de la reina Jane.

Tumba de Jane Seymour

Un monumento magnífico se planeó para la tumba que el rey pensaba compartir con la reina Jane en la plenitud del tiempo: debía haber una estatua de la reina reclinada como en el sueño, no en la muerte, y debían haber niños sentados en los ángulos de la tumba, con canastas de las que surgieran rosas rojas y blancas de jaspe, cornelina y ágata, esmaltadas y doradas. 


Las propias joyas de la difunta reina, incluidas cuentas, bolas y "tabletas" fueron distribuidas entre sus hijastras y las damas de la corte (María fue la principal beneficiaria). Cadenas y broches de oro fueron para los hermanos de la reina, Thomas y Henry Seymour. Pero los bienes y la dote de la reina Jane volvieron a ser del rey. 




Bibliografia
Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

16 jul 2013

La muerte de Catalina de Aragón

La agonía



Poco antes del nacimiento de la princesa Isabel, Catalina había sido trasladada al palacio Buckden, en Huntingdonshire. No era un ambiente desagradable. Pero la reina Catalina no se consolaba con su nuevo entorno. Desde Buckden mantenía su furioso rechazo del nuevo título. 

En mayo de 1534, Catalina se había movido por fin a una casa nueva, Kimbolton en Huntingdonshire. Estaba a tan sólo cuatro kilómetros de Buckden, pero, a pesar de su proximidad, su situación era mejor, ya que se encontraba al oeste, en un terreno ligeramente más alto. El castillo de Kimbolton había sido construido sólo sesenta años antes por la viuda del primer duque de Buckingham, pero se hallaba en un estado de gran deterioro. La reina Catalina no había deseado trasladarse allí. 


Kimbolton


No todos los contactos con el exterior había sido eliminados. Los dos médicos españoles de Catalina, primero el doctor Fernando Vittoria y luego el doctor Miguel da Sá no sólo atendían su salud, sino que de vez en cuando podían comunicarse con Chapuys. Los frailes observantes hacían visitas a los distintos lugares de su cautiverio, en apariencia para oír las confesiones de sus damas y caballeros; en realidad estaban en condiciones de transmitir mensajes. Privada de sus anteriores magníficas posesiones, vivía rodeada principalmente de objetos religiosos.

A lo largo de otoño de 1535 el estado de la reina Catalina se fue deteriorando. Para Navidad se informó de que estaba muy grave. Pero en la corte, las tradicionales celebraciones de Año Nuevo fueron alegres, en particular para la reina Ana.

Catalina mejoró a principios de 1536, lo suficiente como para recibir al fiel embajador Chapuys, que se apresuró a viajar a Kimbolton, como hizo también María de Salinas. Esta vez nadie los detuvo. Por supuesto, María, la hija de Catalina, seguía muy lejos: no se podía esperar la merced del rey al respecto. Es dudoso que Catalina aceptara alguna vez esa separación, como tampoco dejó nunca de amar al hombre al que aún consideraba su esposo. Pero instaba a María a evitar las disputas en la medida de lo posible.


La última carta al rey
Catalina no tuvo fuerzas suficientes para escribirle una última carta al rey por su propia mano: le dictó el texto a una de sus damas. Al final seguía preocupada por el bienestar espiritual de él. La carta empezaba con un conmovedor toque de admonición conyugal: 

"Mi más querido señor, rey y esposo, la hora de mi muerte se acerca...no puedo elegir, pero por el amor que siento por vos debo advertiros de vuestra salud del alma, que deberiais preferir a todas las consideraciones del mundo o de la carne. Por las cuales me habéis arrojado a muchas calamidades, y a vos mismo en muchas dificultades". Pero si el tono era el de una esposa, ¿quién puede culparla? Además, era demasiado tarde para las iras del rey, para sus órdenes desaforadas, para que ella no se despidiera...Y en todo caso: "Os perdono todo, y ruego a Dios que haga lo mismo".

La muerte de Catalina de Aragón


Luego le encomendaba a "María nuestra hija" al rey, rogándole que fuera un padre para ella. El destino de sus doncellas restantes —"no son más que tres"— y su necesidad de dotes matrimoniales la inquietaban y deseaba que todos sus servidores tuvieran la paga de un año aparte de lo que les correspondía. Según la ley inglesa, como mujer casada no podía hacer testamento, aunque se le permitía dejar una lista de súplicas a su esposo. Pero son sus palabras finales a Enrique VIII lo más conmovedor: "Finalmente, hago este juramento, que mis ojos os desean por encima de todas las cosas. Adiós".

La mejoría fue breve. Los dolores de la reina eran tan intensos que no podía comer ni beber, pero pudo decirle a Chapuys cuánto significaba para ella su visita: sería un consuelo morir en sus brazos y no "totalmente abandonada como un animal". Cuando Chapuys cabalgó de regreso a Londres en la mañana del 6 de enero, confiaba en que ella se recuperaría, aunque fuera brevemente. 


Muerte inminente 



Pero esa noche la reina tuvo una recaída. María de Salinas se quedó con ella al marcharse Chapuys, y fue la que sostuvo a su señora. Al caer la noche, la reina aún pudo peinarse y atarse el pelo sin la ayuda de sus criadas. Pero cuando pasaron las horas de la noche, le pidió a su médico, don Miguel da Sá, que le dijera la verdad.

Él respondió con franqueza: "Señora, debéis morir" "Lo se", fue la respuesta de la reina. Sin embargo, Catalina insistió en que se obedecieran las normas canónicas negándose a que dijeran misa por ella antes del amanecer. La reina recibió el sacramento al llegar el amanecer. 

Era el 7 de enero de 1536. Catalina de Aragón tenía poco más de cincuenta años. Murió en los brazos de María de Salinas, que podía recordar a la infeliz princesa en poder de Enrique VII. Su cuerpo fue puesto en la capilla de Kimbolton y velado por las tres damas de la casa, Blanche e Isabel de Vargas y Elizabeth Darrell, así como por la propia María de Salinas.


Casi de inmediato empezaron a difundirse rumores de que el rey Enrique había envenenado a la reina Catalina. Y sin embargo, extrañamente, la autopsia realizada por el cerero del castillo reveló una excrecencia redonda, grande y negra en el corazón que era en sí misma "completamente negra y terrible". El hombre halló todos los otros órganos internos perfectamente sanos. De hecho, un especialista de fines del siglo XIX señaló que Catalina murió de una forma de cáncer —sarcoma melanótico— entonces imposible de diagnosticar para su médico; el tumor en el corazón era casi seguramente secundario, y el cerero no habría visto el núcleo principal.


Sepelio


Catedral de Peterborough en la actualidad


La elección del sitio para sepultar a Catalina que hizo al fin el rey, fue la antigua y hermosa catedral de Peterborough, a unos treinta kilómetros del castillo de Kimbolton. El ataúd descasó la noche de su traslado ceremonial en la abadía de Swatrey. Obviamente, la procesión atraería menor atención allí en las tierras del interior, que por ejemplo camino de San Pablo; aun así, la gente del campo se apiñó al borde del camino para ver pasar el ataúd de su buena reina Catalina. 

Eleanor Brandon

La principal persona del duelo nombrada por el rey fue su joven sobrina, Eleanor Brandon. Además, un grupo de pobres de negro con capucha llevaban velas negras para dar a la ocasión la dignidad apropiada a la difunta Catalina de Aragón.


Pero era la dignidad que le correspondía a una princesa viuda, no a una reina. Por esa razón Chapuys se negó a asistir. "Ellos no piensan sepultarla como reina", escribió Chapuys con disgusto. Siguiendo órdenes del rey, las armas de Gales, no las de Inglaterra, se esculpieron junto a las de España. 

Reacción en la corte
La noticia llegó a la Corte dentro de las veinticuatro horas del día 8 de enero. "No se podía concebir", informó Chapuys con disgusto, "la alegría que este rey y los que favorecen el concubinato han demostrado [con la muerte de Catalina]". Enrique exclamó: "¡Alabado sea Dios que somos libres de toda sospecha de guerra!" mientras el padre de Ana y su hermano, Wiltshire y Rochford, se centraron en los problemas internos, diciendo "que era una pena que [María] no le hiciera compañía [a la madre]".

Enrique y Ana después de enterarse de la muerte de Catalina, serie The Tudors. Nota: en esta imagen solo Ana va vestida de amarillo cuando, según el informe de Chapuys, Enrique iba completamente engalanado de amarillo a excepción de la pluma blanca de su gorra.


El día siguiente era domingo, cuando la procesión del rey iba a oír misa en la Capilla Real. Ese domingo se convirtió en un carnaval para la celebración de la muerte de Catalina. El rey vestía ostentosamente: "Enrique estaba vestido todo de amarillo, de pies a cabeza, excepto la pluma blanca que tenía en el sombrero" E Isabel, que estaba con sus padres para las fiestas de Navidad, fue exhibida como un trofeo, siendo "llevada a misa con trompetas y otros grandes triunfos"Entonces, después de haber cenado, Enrique fue a los apartamentos de Ana y "entró en la habitación donde las damas bailaron...". La besó, la abrazó y se echó a reír. "Por fin mando a llamar a Isabel y, llevándola en sus brazos, la mostró primero a uno y luego a otro." 


Al rey Enrique VIII, según la leyenda popular, no le pareció tan dolorosa la noticia de la muerte de Catalina. Aunque en una biografía del siglo XVII, se dice que el rey lloró con la última carta de Catalina: ambas historias pueden haber sido ciertas. 


Casi inmediatamente se impuso la avaricia real. El convento franciscano favorito de Catalina no recibiría sus mantos: el rey decidió que sus miembros ya poseían suficiente; tampoco debían asistir al funeral. En cuanto a su sepultura en San Pablo eso costaría más "de cuanto se requería o era necesario". El rey también se negó a cumplir las otras peticiones de su ex esposa en cuanto a ropa o propiedades hasta que él hubiera visto "cómo eran los mantos y las pieles".


Años después


María I, hija de Enrique VIII y Catalina

El estilo del funeral de Catalina fue poco prometedor y disgusto al fiel embajador Chapuys. Su hija trató de compensar eso al final de su breve reinado. La reina María I dejó instrucciones en su testamento para que el cuerpo de "mi más estimada y bienamada madre de feliz memoria" fuera trasladado de Peterborough tan pronto como fuera posible después de su propio sepelio y puesta a su lado; "tumbas o monumentos honorables" debían proporcionarse "para un recuerdo decente de nosotras". Pero su sucesora, la reina Isabel I, no creyó oportuno alentar tal conjunción de las reinas católicas, como tampoco se ocupó de la memoria de su propia madre.

Estatua de Catalina en Alcalá de Henares


En 1725 la tumba de Catalina necesitaba una restauración; un prebendado de la catedral la pagó de su propio bolsillo, así como una pequeña placa de bronce. La lápida desapareció en el curso del no tan sentimental siglo XVIII y se cree que formó parte de la glorieta del deán. Una vez más, la época victoriana demostró ser más caritativa. Fue la importante restauración de la catedral, que se inició en 1891, lo que condujo a la adecuada instalación de un respetuoso monumento conmemorativo. Cuando se colocó el suelo de mármol del coro, y sus bases fueron aseguradas, se descubrió la bóveda que contenía el ataúd de la reina. 

Luego se colocó una losa de mármol irlandés sobre su tumba, en el pasillo del presbiterio, fuera del santuario, con sus armas, las granadas y una cruz. Las banderas eran las que ella hubiese deseado: las de infanta de Castilla y Aragón y de reina consorte de Inglaterra, obsequio de otra princesa extranjera casada con un hombre que se convertiría en rey de Inglaterra: María de Teck, esposa de Jorge V. En letras doradas sobre su tumba se lee (una vez más como ella hubiese deseado): "Catalina, reina de Inglaterra".


El 29 enero de 1986, cuatrocientos cincuenta años después de su sepelio, los ciudadanos de Peterborough pusieron esta placa: UNA REINA AMADA POR EL PUEBLO INGLÉS POR SU LEALTAD, PIEDAD, CORAJE Y COMPASIÓN. 

Es raro no encontrar en la tumba de la reina flores frescas. Nada se sabe de aquellos que en el curso de los años han realizado ese conmovedor acto de respeto. Pero cabe suponer razonablemente que, sea cual sea su fe religiosa, están de acuerdo con esa estimación del carácter de Catalina de Aragón: leal, pía, valerosa y compasiva.




Bibliografia
Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

Starkey, David: Six Wives, Harper Perennial, Nueva York, 2003.

La muerte de Ana de Cleves



Últimos años
El rey Enrique VIII había muerto, el rey Francisco I murió dos meses más tarde, a fines de marzo de 1547. Carlos V se retiró voluntariamente del gran escenario, cuando renunció a su corona en favor de su hijo Felipe; murió como monje, tres años más tarde. El rey Eduardo murió también, en julio de 1553. María Tudor, la infeliz hija de Enrique y Catalina, lo sucedió en el trono: se casó con su primo Felipe de España, al año siguiente. Mientras se sucedían estos acontecimientos, una reliquia del pasado seguía viviendo, lady Ana de Cleves. Ella fue testigo de los hechos que derribaron cabezas en Inglaterra durante el reinado de Eduardo VI.



El 30 de septiembre de 1553, Ana de Cleves viajaba en un coche con lady Isabel en la coronación de la triunfante reina María. Como muchas viudas (en cierto sentido Ana lo era, ya que la muerte de Enrique la había dejado sin protector) se obsesionó por el dinero y los sirvientes. Sus frecuentes cartas al Consejo durante el reinado del rey Eduardo se convirtieron en una lúgubre letanía.



Una vez que María subió al trono, Ana de Cleves intentó incluso reivindicar su largamente sepultado matrimonio con Enrique VIII para hacerlo declarar "legítimo" y así gozar del trato, en especial en el ámbito económico, de una reina viuda. A lady Ana simplemente se le dijo que el Consejo tenía muchos otros asuntos urgentes que atender. 



Ana solía enviar cartas implorantes, como la que sigue, fechada en agosto de 1554, dirigida a la reina María y a su esposo. Ana describía que deseosa estaba de "cumplir con mi deber y ver a Vuestra Majestad y al rey [Felipe]", mientras les deseaba a ambos "mucha alegría y felicidad, con incremento de hijos para gloria de Dios, y para la preservación de vuestras prósperas posesiones". Firmaba: "Desde mi pobre casa en Hever, a la orden de Vuestra Alteza, Ana, la hija de Cleves".



Para el Consejo inglés, por otra parte, Ana de Cleves era una desagradecida que se quejaba sin cesar de un modo de vida que era bastante pródigo, en opinión de los consejeros. Además, ni siquiera era una inglesa nativa. Cuando lady Ana se quejó de que las pensiones para sus sirvientes no habían sido pagadas en el verano de 1552, el Consejo le comunicó que el rey Eduardo estaba en expedición y había "resuelto que no lo molestaran con pagos" en ese lapso. Cuando se decidió que el rey debía tomar posesión de Bletchingly, que pertenecía a lady Ana, a cambo de Penshurst, el arreglo le fue simplemente comunicado a ésta. 


Hever

Al mismo tiempo, los ingleses tenían razón en que lady Ana vivía en un boato considerable. Se le cedió el palacio de Richmond hasta su muerte. Penshurst, era un palacio envidiable. El de Hever, que era otro castillo con conexiones con los Bolena, en Kent. Otro palacio en Kent, Dartford, le fue otorgado a cambio de tierras en Surrey. 


Richmond


Muerte
Finalmente, a Ana de Cleves se le permitió que usara Chelsea Manor, aquel "palacio" pequeño pero delicioso donde Thomas Seymour había cortejado a Catalina Parr. Fue allí donde cayó enferma en la primavera de 1557 y donde pasó sus últimos meses. Murió el 16 de julio de 1557. Ana, la hija de Cleves, estaba en su cuadragésimo segundo año de vida. No vivió para ver el ascenso de Isabel, la niña a la que había mimado, el 17 de noviembre de 1558.


Dado el curso lento de la enfermedad de lady Ana, se cree que el cáncer pudo ser una causa probable de su muerte. En realidad, había superado la expectativa de vida de su sexo. Ana de Cleves sobrevivió diez años a Enrique VIII, el hombre con el que estuvo casada seis meses. 



Testamento
La última voluntad y testamento de Ana de Cleves justificaba plenamente la reputación que le atribuía Holinshed en sus Chronicles: "Una buena ama de casa y muy generosa con los sirvientes". Primero ella pedía a sus albaceas que fueran "buenos lores y señores" con sus "pobres" empleados. Seguía una lista sumamente larga de solicitudes; todas las gentiles damas de su cámara privada eran recordadas por el nombre, tanto su compatriota Katherine Chayre como las numerosas inglesas, e incluso las lavanderas y la "madre Lovell por su cuidado de nosotros en esta hora de enfermedad". Luego el doctor Symonds era recompensado "por su gran trabajo y sus esfuerzos"; sus caballeros, como sus damas, se enumeraban en detalle, hasta los "hijos de la casa" y los camareros, que recibieron 20 chelines cada uno.


A la reina María se le pedía que se ocupara de que los "pobres sirvientes" recibieran su justa recompensa, mientras que a lady Isabel le dejaba algunas joyas con la esperanza de que tomara a una de sus "propias criadas", llamada Dorothy Curson. Sus personas más queridas, como su hermano el duque Guillermo, su hermana soltera Amelia y Katherine, duquesa de Suffolk, recibieron varios anillos de rubíes y diamantes. 



Sepelio
El funeral tuvo lugar el 4 de agosto, y su cuerpo fue transportado por el río de Chelsea a Charing Cross la noche antes y, luego, a la abadía de Westminster. La procesión, iluminada por cien antorchas, iba totalmente enlutada, desde los heraldos y sus caballos hasta los limosneros con sus trajes negros nuevos para la ocasión.

Abadía de Westminster

En la puerta de la abadía, los que montaban a caballo se apearon y "la buena dama", es decir, el cadáver en su ataúd, fue recibido por el lord abad y el obispo de Londres, que lo perfumaron con incienso. Fue colocado entre el altar y el coro, pintado con sus armas y el lema de la casa de Cleves, "Spes mea in Deo est", debajo de un dosel de terciopelo negro. En cada esquina, los heraldos sostenían banderas: de la Trinidad, de la Virgen María, de san Jorge y de santa Ana. 


Tumba de Ana de Cleves en la abadía de Westminster

Al día siguiente, en la misa de réquiem, el papel de deudo principal estuvo a cargo de otra conexión con el pasado real, Elizabeth Seymour, hermana de la difunta reina Jane. El texto del sermón elegido por el predicador, el abad de Westminster, fue el de Dives y Lázaro: al comentar la gula de Dives, exhortó a los fieles a "enmendar vuestras vidas mientras tengáis tiempo".



Posteriormente se dispuso una bella tumba de mármol negro y blanco para Ana de Cleves en la abadía de Westminster, de estilo griego, "ejecutada con maestría". Un nativo de Cleves, Theodore Haevens, ministro en Caius College, Cambridge, que diseñaba para el doctor Keys, pudo haber sido el autor. Dos hileras de paneles decoraban los lados de la tumba. La hilera superior contenía medallones con las iniciales A.C. rematadas por una corona ducal (por Cleves). La hilera inferior revelaba una serie de calaveras, con huesos cruzados, sobre un fondo negro. De esa manera adecuadamente sombría fue conmemorada la cuarta esposa de Enrique VIII.




Bibliografia
Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

13 ene 2013

Coronación de Catalina de Aragón


                         
La coronación de Enrique VIII y Catalina de Aragon

El viejo rey Enrique VII murió a las 11 de la noche del día 21 de abril de 1509. Pero su muerte se mantuvo en secreto durante dos días. Y su hijo continuó apareciendo en público como el príncipe Enrique y fue tratado como tal. No fue hasta la noche del 23 de cuando la verdad se hizo saber y el 24, el nuevo rey era proclamado en Londres. 

Matrimonio
El cambio más dramático de la política fue la decisión de que el príncipe Enrique, ahora Enrique VIII, debía casarse con Catalina después de todo. Esta decisión también fue tomada probablemente a puerta cerrada en las primeras cuarenta y ocho horas de su reinado. Enrique estaba por cumplir dieciocho años mientras que Catalina tenía veintitrés. 


Catalina de Aragón

El 11 de junio de 1509, el nuevo rey, Enrique VIII, se casó con Catalina de Aragón en el oratorio de la iglesia próxima al castillo de Greenwich. Él estaba a punto de cumplir dieciocho años (el 28 de junio), ella tenía veintitrés. La ceremonia fue breve y privada; Catalina vistió de blanco, con el pelo largo y suelto como correspondía a una novia virgen. Cuando describía la noche de bodas que siguió, al rey Enrique le agradaba jactarse de que en realidad había hallado a su esposa "doncella"; aunque años más tarde trataría de hacer pasar esos comentarios por "bromas", parece poco probable que bromeara. 

Enrique Tudor, el hijo del difunto rey Enrique VII y futuro Enrique VIII


El día de San Juan tuvo lugar una celebración más pública y espléndida de la unión cuando, por órdenes del nuevo rey, su esposa compartió la ceremonia de coronación en la abadía de Westminster. Enrique VIII bien pudo haber apresurado deliberadamente la ceremonia de matrimonio para que Catalina pudiera "acostarse en la Torre la noche previa a la coronación". De esa manera, ella podía acompañarlo a través de la ciudad de Londres en la tradicional procesión a Westminster la víspera de la coronación. 


Procesión
Los londinenses podían observar a su nueva reina cuando pasaba en la litera, "soportada sobre el lomo de dos palafrenes blanco enjaezados con paño blanco de oro, su persona ataviada de raso blanco bordado, su cabello que pendía sobre la espalda, de gran extensión, bello y grato de contemplar, y sobre su cabeza una corona con abundantes y ricas gemas engastadas". Tomás Moro, en un estallido de éxtasis por el prometedor ascenso del nuevo monarca, destacó la contribución particular de Catalina: "Ella desciende de grandes reyes". 

Vitral con retratode la joven reina Catalina, alrededor del año 1512. Capilla de la Vyne. 

Pero según las crónicas, cuando la procesión de la reina paso por una taberna llamada "Cardinal´s Hat" el cielo azul se oscureció y empezó a llover. La lluvia era tan violenta, que el palio que cubría a la reina no pudo evitar que las galas de Catalina se mojaran. Algunos lo vieron como un augurio oscuro. Tal vez, una premonición de lo que ocurriría años después. 


Después de Catalina siguieron las damas de honor y los caballeros de su casa. La mayoría eran ahora ingleses. Ellos estaban encabezados por Lady Elizabeth Stafford, la hermana del Duque de Buckingham. También asistieron a la reina, Margaret Plantagenet y Elizabeth Bolena. Los servidores españoles de Catalina no fueron olvidados: Inés de Venegas, María de Gravara y María de Salinas todas figuraron honrosamente entre sus damas. Pero Catalina estuvo posiblemente más contenta de ver a Fray Diego, que tomaba  su lugar en la procesión como" Canciller y Confesor de la Reina".



Coronación 
En el mismo día 24 de junio la coronación fue llevada a cabo.Se gastaron 1.500 libras en la coronación de la reina solamente: tres veces la suma que habían costado las celebraciones de la boda en 1501 y apenas 200 libras menos de lo gastado para la coronación del propio rey. Fueron necesarios alrededor de 1.830 metros de tela roja y otros 1.500 de tela escarlata de calidad superior. Se hicieron cuidadosas listas de aquellos con derecho a lucir la nueva librea de la reina de terciopelo carmesí. Catalina lucía por su parte una corona de oro, el borde engastado con seis zafiros y perlas y llevaba un cetro de oro rematado con una paloma. 

Coronación de Enrique VIII


En algunos momentos de la ceremonia patinó un poco, como suele pasar cunado se siguen demasiado al pie de la letras las tradiciones. La fórmula empleada fue la de Enrique VII, de un cuarto de siglo antes, de modo que para llevar el cetro y la vara de marfil en la procesión de la reina hubo que nombrar a vizcondes, aunque no había ninguno en Inglaterra. Luego lord Grey de Powis fue puesto a conducir los caballos de la litera de la reina como lo había hecho lord Grey de Powis en 1485, pero resultó que este lord Grey tenía solo seis años. 

Tampoco la muerte de la vieja Margarita de Beaufort, abuela del nuevo rey, ocurrida pocos días después de la coronación, causó demasiada pena. Se juzgaba que, como Simeón, estaba dispuesta a partir tras haber visto el ascenso con éxito del heredero varón de su "queridísimo hijo". Figura fuerte como era, Margarita de Beaufort resultaba una reliquia de la antigua época del disenso. 

Dos tronos fueron colocados en una plataforma frente al altar mayor de la abadía de Westminster: el superior era para Enrique, y el más bajo para Catalina. Primero fue la coronación del Rey. Luego fue el turno de Catalina. El ceremonial de una reina consorte era algo más sencillo que el de un rey. No se le administro ningún juramento, ni tampoco, como mujer, se le invistió con la espada. Pero ella fue ungida en la cabeza y en el pecho, y el anillo de coronación se coloco en el dedo anular de su mano derecha, la corona sobre su cabeza, el cetro en la mano derecha y otro cetro de marfil rematado con una paloma en la izquierda. Catalina era ahora reina, tan sagradamente e inalienable como lo era el rey Enrique.



Bibliografia
Fraser, Antonia: Las Seis Esposas de Enrique VIII, Ediciones B, Barcelona, 2007.

Starkey, David: Six Wives, Harper, New York, 2004